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Jorge Amado Méndez plantea que la eficiencia debe primar sobre la ideología en el gobierno

Afortunadamente, la República Dominicana cuenta con una sólida escuela de realismo político.

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Jorge Amado Méndez plantea que la eficiencia debe primar sobre la ideología en el gobierno

El análisis político contemporáneo en la República Dominicana ha puesto sobre la mesa un debate fundamental sobre la naturaleza del ejercicio del poder. Jorge Amado Méndez ha reflexionado sobre la importancia del pragmatismo político, sosteniendo que, si bien las ideologías poseen un valor innegable para la formación del carácter ciudadano y el sentido ético personal, estas deben quedar en segundo plano una vez que se asume la responsabilidad de dirigir el Estado desde el Palacio Nacional.

Según el planteamiento de Méndez, la gestión pública no debe ser evaluada a través de la pureza doctrinal de quien gobierna, sino mediante la contundencia de los resultados obtenidos. En este sentido, el autor afirma que el pragmatismo no representa una opción discrecional para un mandatario, sino una imposición derivada de los hechos reales. La premisa central es que un gestor público es juzgado por su capacidad de ejecución y no por la retórica que sostenga.

Para sustentar esta tesis, se recurre a ejemplos de la historia universal, específicamente a la Europa de la década de los ochenta. En aquel periodo, coexistieron figuras con visiones opuestas, como la rigidez liberal de Margaret Thatcher en el Reino Unido y el socialismo de François Mitterrand en Francia. A pesar de sus diferencias ideológicas extremas, ambos líderes lograron conducir sus naciones en una etapa de dinamismo porque priorizaron la estabilidad y el crecimiento económico sobre los dogmas partidarios, adaptando sus agendas a las crisis y necesidades materiales de sus contextos.

Esta necesidad de un enfoque pragmático se vuelve aún más crítica en los países en vías de desarrollo. Jorge Amado Méndez argumenta que aplicar "recetas ideológicas de laboratorio" resulta casi imposible en realidades como la dominicana, donde existen urgencias estructurales que no permiten dilaciones. El autor señala que un presidente no puede permitirse el lujo de teorizar cuando se trata de garantizar la paz social o de mantener el funcionamiento del sistema eléctrico nacional, el cual requiere subsidios estatales para evitar un colapso que arrastraría a toda la economía. En consecuencia, los problemas de seguridad, infraestructura y servicios públicos demandan gerencia técnica en lugar de manifiestos ideológicos.

De cara a los próximos procesos electorales, esta reflexión adquiere una urgencia particular. Méndez advierte sobre el riesgo de importar disputas culturales e ideológicas ajenas que generan una polarización estéril entre izquierda y derecha. Para el autor, este tipo de debates solo sirven para desviar la atención de los aspectos verdaderamente críticos: la sostenibilidad fiscal, la eficiencia administrativa y la capacidad de ejecución de quienes aspiran a dirigir el Estado.

En cuanto al contexto nacional, se destaca que la República Dominicana posee una sólida escuela de realismo político. Desde el año 1966, los gobernantes y partidos que han administrado el país han seguido un hilo conductor basado en el pragmatismo. Como ejemplo memorable, se cita la gestión de Antonio Guzmán en 1978. A pesar de que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) mantenía vínculos de solidaridad internacional con el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), una vez que Guzmán asumió la presidencia, priorizó los intereses estratégicos y la política exterior del país, respetando el statu quo y las relaciones diplomáticas con Puerto Rico. Este hecho es presentado como una clara distinción entre la simpatía partidaria y la responsabilidad de Estado.

Finalmente, el análisis concluye que gobernar consiste en la asignación de recursos escasos para resolver problemas complejos. Por ello, se hace un llamado a que el votante del futuro aprenda a distinguir entre los "ilusionistas de la retórica" y los verdaderos gerentes públicos.

Méndez cierra su reflexión aclarando su propia posición: se define como un ciudadano y político conservador, provida y defensor de la familia y los valores tradicionales. Sin embargo, enfatiza que tener principios firmes no impide comprender que el Estado no es un templo para la pureza ideológica, sino una maquinaria sofisticada. Según el autor, mientras que la fe y los valores sostienen el alma de una nación, son la eficiencia y el orden técnico los que sustentan su viabilidad diaria.

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