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Análisis: Los errores estratégicos que marcan la gestión de Rodrigo Paz

No en uno. En varios. Desde el 8 de noviembre de 2025, el presidente Rodrigo Paz cometió varios errores y desperdició inmejorables oportunidades. De la combinación o superposición de ambos estuvo, lamentablemente, plagado el camino en el primer tramo de su gestión. A estas alturas puede concluirse que uno de sus primeros errores fue encabezar, el mismo día de su posesión y con un entusiasmo inocente, la caravana de cisternas que supuestamente iba a resolver para siempre el dramático problema del desabastecimiento de combustibles. Tal vez por desconocimiento de las razones estructurales que determinaban esa situación, se atrevió a levantar falsas expectativas sobre los tiempos para una solución. Por eso, nueve meses después, las colas persisten y la bronca ciudadana se acumula. De los protagonistas de aquella atrevida puesta en escena, que aparecieron montados en la tolva de una camioneta —Mauricio Medinacelli, exministro de Hidrocarburos; Marcelo Salinas, exministro de Defensa; José Gabriel Espinoza, exministro de Economía; y Yussef Akly, expresidente de YPFB—, queda únicamente el presidente Rodrigo Paz, tal vez más solitario y agobiado que nunca. paz.jpg Si los combustibles fueron el talón de Aquiles en los primeros meses, habrá que subrayar que el prematuro distanciamiento con el vicepresidente Edman Lara marcó también un giro político de consecuencias importantes. La ruptura fue celebrada por sectores de clase media alta y alta que interpretaron ese gesto como una señal de cierre definitivo del ciclo político del MAS y como una reafirmación de una nueva orientación del gobierno. Sin embargo, esa decisión tuvo un costo mayor entre quienes habían respaldado a Paz precisamente por su capacidad de articular sectores distintos y por la expectativa de una reconciliación nacional. En los hechos, el Presidente terminó celebrando con la derecha una victoria que había conseguido con una base electoral mucho más amplia y socialmente diversa, renunciando, de manera difícil de explicar, a una parte sustancial de ese respaldo. Fue un error estratégico porque confundió el entusiasmo de un segmento reducido, pero influyente, con el conjunto de la coalición social que lo llevó al poder y supuso que dos décadas de predominio del MAS podían ser simplemente “borradas”, sin considerar que buena parte de esa cultura política seguía, sin embargo, vigente en amplios sectores de la sociedad y no podía ser simplemente eliminada con un cambio de gobierno. Como probablemente no ocurrió en los 44 años de democracia que Bolivia está a pocos meses de celebrar, Paz contó desde el primer día con una Asamblea política e ideológicamente homogénea y favorable, que estaba más que dispuesta a ayudarlo a avanzar en los cambios de fondo imprescindibles para reemplazar un modelo desgastado y reactivar una economía golpeada y casi moribunda debido a los prejuicios y afinidades mal entendidas. Pero el presidente no solo no apuró las decisiones, sino que permitió que las pequeñas diferencias se impusieran a las grandes coincidencias, hasta llegar al deterioro ya casi irreversible que enfrenta hoy en la relación con las fuerzas políticas que, en su momento, podían haber sido el sólido sostén político de su gobierno. No se trataba de repartir espacios de poder, sino de administrar eficaz y oportunamente las afinidades para empujar las cosas en la misma dirección. Se sabe que en el despacho presidencial se acumularon e incluso trabaron varias decisiones que le pudieron haber dado un perfil distinto a su gobierno. En los primeros días, por ejemplo, fue presentada una auténtica autopsia de las empresas públicas deficitarias. Todo hacía suponer que el cierre de estas entidades era inminente, pero, por alguna razón no del todo clara, las empresas siguen ahí y hay interesados en aplicarles una estrategia de reanimación irresponsable, con la complicidad de algunos ministros y el consentimiento del propio mandatario. Entre la presentación de un decreto de transparencia —concebido para eliminar decenas de decretos aprobados por el MAS, que habían servido para camuflar innumerables y corruptas adjudicaciones directas— y su aprobación definitiva transcurrieron más de dos meses, que habrían sido utilizados para realizar “ajustes” que conspiraron contra la intención original de la norma. Paz tenía todo para lograr que, después de dos décadas de arbitrariedad, finalmente la selección de las autoridades para los cargos en las principales instituciones y empresas públicas —ABC, Impuestos, YPFB, Contraloría, entre otros— pudiera realizarse en la Asamblea y con el voto de dos tercios de los representantes, pero optó nuevamente por los cuestionados y sospechosos interinatos, seguramente más obedientes, pero menos confiables e independientes. La desburocratización del “Estado tranca” se hizo mal y a medias. Se eliminaron las trabas más “inofensivas”, pero se mantuvieron aquellas que permitían la supervivencia del laberinto extorsivo al que se enfrentan quienes rutinariamente realizan pequeñas o grandes gestiones en el sector público. Hubo decretos “chuecos” para facilitar compras discrecionales en YPFB que, afortunadamente, tropezaron con la sensatez de algunas autoridades, lo mismo que otros que tenían como objetivo ejercer control sobre las organizaciones no gubernamentales (ONG). Fueron “errores” camino de convertirse en delitos, que fueron abortados a tiempo. El presidente tuvo la oportunidad de acelerar un acuerdo con el FMI que, posiblemente, hubiera aportado una idea más clara de lo que se podía hacer hacia adelante, pero el acuerdo llegó tarde, con menos recursos de los necesarios y con más dificultades atribuibles a los conflictos y escándalos de la coyuntura. Paz entregó su gobierno a la “imaginación” y las ambiciones de un asesor más acostumbrado a la oscuridad que a la transparencia y hoy está experimentando las consecuencias, graves e irreversibles, de no haber reflexionado a tiempo sobre la pertinencia de permitir que un intruso se involucre en las decisiones de Estado y de no tener la sensatez de admitir lo que para todo mundo era evidente. “¿En qué momento se jodió el Perú?”, se preguntaba Zavalita, el personaje de Vargas Llosa, en su célebre Conversación en La Catedral . “¿En qué momento se jodió Rodrigo Paz?”, se preguntan hoy quienes el año pasado votaron con esperanza y que ahora están atrapados en el desaliento, la rabia y una cada vez más peligrosa impaciencia. No fue un momento. Fueron muchos. Y lo peor es que, por ahora y mientras no se despeje una salida política, jodidos estamos todos. ///

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Análisis: Los errores estratégicos que marcan la gestión de Rodrigo Paz

A casi un año de haber asumido la presidencia el 8 de noviembre de 2025, la gestión de Rodrigo Paz atraviesa un momento crítico caracterizado por una serie de errores estratégicos y oportunidades desperdiciadas. El balance actual revela un camino plagado de decisiones equivocadas que han mermado la capacidad de gobierno y han transformado la esperanza inicial de los votantes en un sentimiento generalizado de desaliento y rabia.

Uno de los primeros fallos significativos ocurrió el mismo día de su posesión. Con un entusiasmo calificado como inocente, el mandatario encabezó una caravana de cisternas con la promesa de resolver definitivamente el desabastecimiento de combustibles. Sin embargo, este acto resultó ser una puesta en escena que levantó falsas expectativas sobre los tiempos de solución, ignorando las razones estructurales del problema. Nueve meses después, las colas de combustible persisten y la indignación ciudadana ha crecido. Aquellos que acompañaron al presidente en aquel evento, como el exministro de Hidrocarburos Mauricio Medinacelli, el exministro de Defensa Marcelo Salinas, el exministro de Economía José Gabriel Espinoza y el expresidente de YPFB Yussef Akly, ya no forman parte de su círculo, dejando a Rodrigo Paz en una posición de creciente soledad y agobio.

En el plano político, el prematuro distanciamiento con el vicepresidente Edman Lara marcó un giro con consecuencias profundas. Si bien esta ruptura fue celebrada por los sectores de clase media alta y alta, quienes vieron en ello el cierre del ciclo político del MAS y una nueva orientación gubernamental, la decisión tuvo un costo elevado. Paz renunció a una parte sustancial del respaldo de quienes confiaban en su capacidad para articular sectores diversos y lograr una reconciliación nacional. Al celebrar una victoria con la derecha, el presidente confundió el entusiasmo de un grupo reducido pero influyente con la coalición social diversa que lo llevó al poder, subestimando la vigencia de la cultura política de las últimas dos décadas en amplios sectores de la sociedad.

A pesar de contar con una Asamblea política e ideológicamente homogénea y favorable, una situación poco común en los 44 años de democracia de Bolivia, el Ejecutivo no logró capitalizar este apoyo para implementar cambios de fondo en el modelo económico. En lugar de acelerar las decisiones para reactivar una economía golpeada, el presidente permitió que pequeñas diferencias se impusieran sobre las grandes coincidencias. Esto provocó un deterioro casi irreversible en la relación con las fuerzas políticas que pudieron ser el sostengo sólido de su mandato.

La ineficiencia también se reflejó en la gestión administrativa del Estado. A pesar de que se presentó una "autopsia" de las empresas públicas deficitarias que sugería cierres inminentes, estas entidades continúan operando bajo estrategias de reanimación calificadas como irresponsables, con el consentimiento del mandatario y algunos ministros. Asimismo, la implementación de un decreto de transparencia para eliminar normativas del MAS que facilitaban adjudicaciones directas corruptas sufrió un retraso de más de dos meses debido a "ajustes" que alteraron la intención original de la norma.

En cuanto a la institucionalidad, Rodrigo Paz optó por mantener cuestionados interinatos en cargos clave de instituciones como la ABC, Impuestos, YPFB y la Contraloría, en lugar de proceder a la selección de autoridades mediante el voto de dos tercios en la Asamblea, lo que habría garantizado mayor independencia y confianza. Paralelamente, la desburocratización del Estado fue insuficiente, eliminando solo trabas inofensivas y manteniendo el "laberinto extorsivo" que afecta a quienes realizan gestiones en el sector público.

Otras fallas incluyen la emisión de decretos cuestionables para facilitar compras discrecionales en YPFB y el intento de ejercer control sobre organizaciones no gubernamentales (ONG), acciones que fueron abortadas antes de convertirse en delitos. A esto se suma un acuerdo con el FMI que llegó tarde, con recursos insuficientes y afectado por escándalos de la coyuntura.

Finalmente, se señala que la gestión fue entregada a la imaginación y ambiciones de un asesor acostumbrado a la opacidad, cuya influencia en las decisiones de Estado ha generado consecuencias graves. El panorama actual es el de un presidente que, tras múltiples errores acumulados, enfrenta a una ciudadanía atrapada en la impaciencia y el desaliento.

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