El gobierno de Cuba ha tomado la decisión de no realizar el habitual cambio de horario este año, rompiendo con una larga costumbre nacional. Esta medida, impulsada por la severa crisis energética que atraviesa el país, implica la conservación del horario de verano durante el invierno boreal, extendiéndose esta disposición hasta el próximo cambio programado para el 7 de noviembre de 2027.
La decisión fue comunicada a través de una nota conjunta emitida el sábado 24 por el Ministerio de Energía y Minas y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Bajo la norma anual, el país solía adelantar una hora el reloj el segundo domingo de marzo para establecer el horario de verano (GMT-4) y atrasarlo el primer domingo de noviembre para volver al horario internacional (GMT-5).
Esta resolución no está exenta de debate técnico y social. Elier Pila, investigador del Centro de Pronósticos del Instituto de Meteorología de Cuba, señaló que los cambios de horario suelen generar opiniones divididas debido a que alteran el ritmo circadiano, afectando principalmente los ciclos de descanso y alimentación de la población. No obstante, Pila advierte que, al no realizar el cambio esta vez, los ciudadanos notarán el efecto en la salida del sol, que se irá retrasando progresivamente. En La Habana, por ejemplo, el sol saldrá después de las ocho de la mañana desde el 10 de diciembre hasta el 17 de febrero de 2027.
Para mitigar el impacto de este amanecer tardío, el gobierno ha reajustado la dinámica laboral y estudiantil. Entre el 1 de noviembre y el 14 de marzo, la entrada a las escuelas y centros de trabajo se retrasará 30 minutos. Según el Artículo 223.2 del Código de Trabajo, esta medida no afectará el salario de los empleados, aunque el beneficio se aplica principalmente al sector estatal, que emplea a la mayoría de la población.
La medida genera reacciones mixtas entre los ciudadanos. Laura Molina, una residente de La Habana de 34 años, expresó que los cambios anuales de hora suelen descompensarla, pero manifestó su preocupación por el hecho de salir del trabajo con las calles a oscuras debido a los frecuentes apagones que afectan la isla. Por otro lado, Raiko Toledo, un camarero de 29 años que trabaja en un bar privado, señaló que su situación se complica, ya que suele esperar al amanecer para regresar a casa y evitar los peligros de la oscuridad y el alto costo del transporte nocturno.
Desde una perspectiva económica y técnica, la decisión busca un ahorro energético crítico. El gobierno estima que mantener el horario de verano ahorrará 126 megavatios (MW) en el horario vespertino de máxima demanda. De esta cifra, 76 MW provendrían del ahorro por la no utilización de iluminación artificial y 50 MW se derivarían de la generación de energía solar fotovoltaica. Este ahorro es vital en un contexto donde el déficit diario de generación ronda los 2000 MW frente a una demanda de 2900 MW.
La crisis energética se ha visto agravada por la imposibilidad de importar petróleo para las termoeléctricas debido al bloqueo energético impuesto por Estados Unidos. Bajo la administración de Donald Trump, se estableció un bloqueo al acceso de petróleo que ha provocado cortes programados y apagones imprevistos. En respuesta, Cuba ha intentado incrementar su dependencia de fuentes renovables, que ya representan el 21,4 % de la electricidad generada, con 144 parques fotovoltaicos instalados.
Cuba no es el único país que ha cuestionado la utilidad del cambio de hora. En América Latina, naciones como Paraguay (2024), México (2022) y Brasil (2019) han abolido el sistema. A nivel mundial, solo 68 países mantienen este sistema. Incluso en Estados Unidos, la Cámara de Representantes votó a favor de instaurar el horario de verano durante todo el año, una propuesta apoyada por Donald Trump.
La situación eléctrica en la isla ha forzado a la población a adaptar su vida cotidiana. En 2026, se han registrado ocho apagones generales. Esto ha llevado a la implementación de planes de contingencia que incluyen el racionamiento de combustible, la promoción del teletrabajo y la reducción de la semana laboral a cuatro días para gran parte del sector estatal. Los ciudadanos han tenido que cambiar sus hábitos, como comprar alimentos diariamente al no poder conservarlos en neveras, o recurrir a aplicaciones como “¿Hay luz?” para monitorear el suministro eléctrico en sus barrios.




