Masha Moskalyova ha pasado una cuarta parte de su vida marcada por el peligro y la huida. El detonante de este exilio forzado no fue un acto político complejo, sino un dibujo realizado con lápices de colores cuando tenía tan solo 12 años. Actualmente, cuatro años después de aquel suceso, Masha y su padre viven refugiados en un pequeño pueblo ubicado en el este de Francia, donde el temor por su seguridad sigue presente a pesar de la distancia geográfica.
Uno de los pocos vínculos materiales que conservan de su existencia previa en Rusia es, precisamente, aquel dibujo. En la obra infantil, Masha plasmó la imagen de una madre protegiendo a su hijo de las bombas lanzadas desde territorio ruso. El dibujo incluía dos mensajes explícitos: una bandera ucraniana con la inscripción “Gloria a Ucrania” y una bandera rusa que rezaba “Sin Putin, no hay guerra”.
La pieza fue creada pocas semanas después de que Rusia invadiera Ucrania en 2022. En aquel momento, Masha residía en su ciudad natal, Yefremov, situada a unos 300 kilómetros al sur de Moscú. Durante una clase, la maestra solicitó a los alumnos realizar dibujos que expresaran apoyo a las tropas rusas. Mientras la mayoría de sus compañeros optaron por representar tanques o la letra Z —símbolo utilizado por el gobierno ruso para justificar el apoyo a la guerra—, Masha, que hoy tiene 16 años, decidió plasmar su propia percepción de la realidad.
“Dibujé la situación tal como la vi, lo que yo creía que era la verdad”, relata la joven. Sin embargo, la honestidad de su dibujo tuvo consecuencias inmediatas. Masha recuerda que una compañera de clase vio la obra y, presumiblemente, la denunció. El dibujo terminó en manos de la policía, marcando el inicio de una serie de tragedias personales para la familia.
Como resultado directo de este acto, su padre, Alexey Moskalyov, fue acusado del delito de “desacreditar a las fuerzas rusas”. La justicia rusa lo condenó a dos años de prisión en una colonia penal. Masha, quien había sido criada únicamente por su padre, sufrió el trauma adicional de ser enviada a un orfanato mientras su progenitor cumplía la condena.
Tras recuperar su libertad, padre e hija emprendieron un arduo viaje de escape. Cruzaron Armenia hasta llegar a Francia a principios de este año, país que les ha concedido un visado temporal. A pesar de haber logrado trasladar consigo a un perro que Masha recibió durante su estancia en el orfanato, el sentimiento predominante en el hogar es la soledad. Han perdido prácticamente todo lo que poseían en su país de origen y ahora solo cuentan el uno con el otro.
La situación actual de la familia es compleja. La salud de Alexey se ha visto seriamente afectada debido al tiempo pasado en prisión, mientras que Masha enfrenta la dificultad de cursar sus estudios en un idioma que aún no domina. A pesar de los miedos y las carencias, Alexey manifiesta un profundo orgullo por la valentía de su hija. Para él, la pérdida de sus bienes materiales en Rusia se ve compensada por la posibilidad de vivir en un lugar donde las personas no son perseguidas por sus opiniones y donde pueden hablar con libertad.
Masha no ha dejado de utilizar su voz. En su tiempo libre, fuera del horario escolar, utiliza YouTube y las redes sociales para intentar contactar con audiencias tanto dentro como fuera de Rusia. Sus críticas se han extendido recientemente a la política internacional, cuestionando específicamente el apretón de manos entre el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su homólogo ruso. Masha calificó el acto de “terrible”, afirmando que es inaceptable que el presidente de un país libre estreche la mano de quien ella define como un asesino, responsabilizando directamente a Vladimir Putin por las muertes en la guerra de Ucrania.
A pesar de su activismo, la posibilidad de regresar a su hogar es remota. Masha expresa que volvería a Rusia con alegría, pero reconoce que no sabe cuánto tiempo pasará antes de que el régimen actual cambie y el país se convierta en una democracia libre.
El caso de Masha evidencia la naturaleza del autoritarismo, que no tolera la disidencia incluso cuando proviene de una niña. Para la joven, su experiencia es un reflejo de que la verdad tiene poder. Masha sostiene que si ella no es la única que se atreve a hablar, y si miles de adolescentes y millones de adultos hacen lo mismo, Rusia podrá cambiar para mejor.
Lo más sorprendente de esta historia es que Masha aún conserva el dibujo original. Lo encontró por casualidad entre sus cuadernos de la infancia mientras se preparaban para huir. La policía rusa, en su registro, no confiscó la obra, posiblemente porque no consideraron necesario registrar las pertenencias de una niña. Así, el objeto que destruyó su vida en Rusia es hoy el único tesoro que conserva de su pasado.




