La historia de una innovación que ha transformado la vida de miles de niños comenzó en 2007, en las calles de Nairobi, Kenia. Kenton Lee, quien en aquel entonces era un joven recién egresado de la universidad, caminaba junto a un grupo de niños de un orfanato local cuando una imagen lo marcó profundamente: una niña vestía un vestido blanco y calzaba unos zapatos tan pequeños que sus dedos sobresalían. Para poder utilizarlos, la menor había tenido que cortar el calzado. Este encuentro fue el detonante para la creación de "The Shoe That Grows" (el zapato que crece), un calzado expansible diseñado para adaptarse al crecimiento del pie infantil.
El camino hacia la materialización de esta idea no fue sencillo. Lee, quien no poseía experiencia previa en diseño ni en procesos de fabricación, se planteó el desafío de crear un zapato que pudiera crecer junto con el niño. Sin embargo, la respuesta técnica y productiva tardó más de seis años en llegar. Inicialmente, el fundador intentó que alguna empresa u organización especializada se hiciera cargo de la producción. Según declaraciones brindadas a la emisora New Hampshire Public Radio, Lee y su equipo intentaron incluso regalar la idea, pues su único interés era que el producto existiera, sin importar quién lo fabricara. A pesar de los esfuerzos, ninguna empresa del sector aceptó el proyecto.
Ante la falta de interés industrial, Lee regresó a su ciudad natal en Idaho, donde, junto a un equipo de amigos, decidió desarrollar el zapato por cuenta propia. El resultado final fue una pieza de ingeniería sencilla pero resistente, compuesta por una suela de goma comprimida, similar a la de los neumáticos, correas de cuero sintético y un sistema de cierre basado en hebillas, remaches y ganchos metálicos. Este diseño permite que el zapato se ajuste en tres puntos diferentes y se expanda hasta cinco tallas, garantizando una vida útil de varios años por cada par entregado.
Para escalar el proyecto y asegurar su distribución global, el emprendedor fundó la organización sin fines de lucro Because International. Desde su lanzamiento, el programa ha mantenido un crecimiento sostenido, logrando entregar más de 500.000 pares de zapatos en más de 100 países. Un aspecto fundamental de este modelo es que el calzado se produce en Kenia, lo que permite generar empleo local en uno de los países con mayor distribución del producto. Lee ha destacado que la iniciativa no solo provee calzado a la infancia, sino que también brinda oportunidades laborales a las familias kenianas.
La necesidad de este calzado radica en los graves riesgos sanitarios que enfrentan los niños que caminan descalzos. A nivel mundial, más de 1.500 millones de personas sufren enfermedades transmitidas a través del suelo, siendo los niños el grupo más vulnerable. El contacto directo con suelos contaminados provoca la contracción de parásitos e infecciones que afectan el desarrollo físico y derivan en ausencias escolares frecuentes. Un problema recurrente son los "jiggers", pulgas de arena que se alojan bajo la piel del pie y causan infecciones dolorosas. En las comunidades donde The Shoe That Grows se distribuye regularmente, los docentes han reportado una disminución visible en estos casos.
El impacto del proyecto trasciende la salud física, incidiendo en la educación y la dignidad personal. El caso de Patrick, un niño de Uganda que nunca había tenido zapatos, ejemplifica este impacto: tras recibir su par, el menor trabajó al día siguiente para reunir unas monedas y llamar al voluntario que se los entregó para agradecerle. Para Kenton Lee, el calzado representa una puerta abierta a la educación, el crecimiento y la oportunidad.
Desde 2018, la organización misionera Mission Partners for Christ (MPFC), conformada por profesionales de la salud, ha integrado la entrega de estos zapatos en sus misiones médicas en comunidades sin acceso al sistema sanitario. Esta alianza comenzó en Liberia y se extendió a otros ocho países africanos: Etiopía, Chad, Costa de Marfil, Burkina Faso, Benín, Togo, Sierra Leona y Burundi, donde MPFC ha distribuido más de 3.000 pares.
El modelo de intervención de MPFC es estratégico: el zapato se entrega inmediatamente después de brindar la atención médica. Esta acción preventiva busca eliminar los factores de riesgo que podrían exponer nuevamente a los niños a enfermedades justo después de haber sido tratados, prolongando así el efecto del cuidado clínico.
En cuanto al financiamiento, cada zapato tiene un costo de 20 dólares. MPFC se propone llevar 180 unidades por misión, lo que implica una inversión de 3.600 dólares en calzado por viaje. Por otro lado, a través de Because International, una donación de 100 dólares permite entregar diez pares en Kenia, mientras que la misma suma dirigida a MPFC financia la distribución en los diversos puntos del continente donde operan sus equipos médicos.






