El concepto de poder blando o "soft power" se ha consolidado como una herramienta fundamental para que las naciones proyecten su influencia en el escenario global, adquiriendo una relevancia comparable a la del poder duro. Mientras que potencias como Argentina y Brasil utilizan el fútbol para mostrar su identidad al mundo, y Corea del Sur ha implementado el k-pop y el k-drama como una política de Estado, para países que no poseen un peso económico o militar dominante, como es el caso de Costa Rica, la diplomacia y el poder blando representan la vía más viable para mantener una presencia real en el concierto de las naciones. Esta presencia se construye a través del rescate de los valores y las tradiciones propias, evitando la importación de referentes ajenos.
En este contexto, Costa Rica se encuentra ante una oportunidad concreta para reforzar su imagen internacional: la postulación del swing criollo ante la Unesco para ser reconocido como patrimonio cultural inmaterial de la humanidad. El resultado de este proceso se dará a conocer en el próximo mes de diciembre, marcando un momento decisivo para la cultura nacional.
El swing criollo tiene sus raíces en los salones populares de San José durante la década de los 60. Surgió cuando bailarines de sectores urbanos con escasos recursos comenzaron a conocer el swing estadounidense a través de las pantallas de cine. Estos artistas locales fusionaron dicha influencia con la cumbia, que era el género más popular de aquel entonces. El resultado de este proceso no fue una simple copia del estilo extranjero, sino la creación de un lenguaje corporal propio que adaptó los desplazamientos y el trabajo de pareja del swing al ritmo característico de la cumbia.
Sin embargo, el camino hacia la aceptación social no fue sencillo. Durante muchos años, el swing criollo fue marginado y considerado un baile vulgar, estrechamente asociado a la denominada “canalla”. La exclusión era tan marcada que en diversos salones se podían encontrar rótulos donde se prohibía explícitamente bailar "suin". Incluso, algunos de los bailarines pioneros fueron detenidos por las autoridades policiales y catalogados como “vagos” bajo la legislación vigente contra la vagancia en aquel periodo. Lejos de extinguir la práctica, esta exclusión fortaleció la identidad del grupo, convirtiendo al baile en una herramienta de resistencia.
La transformación de la percepción pública llegó gracias a la televisión. A partir de 1987, el programa "Fantástico" de canal 7, a través de su sección “Los piratas del ritmo”, llevó este baile a las pantallas de todo el país. Fue el conductor Leonardo Perucci quien popularizó el término “swing criollo”, otorgándole una identidad propia y diferenciada del swing estadounidense. Para la década de los 90, el baile ya había sido incorporado en la enseñanza de las academias formales, y aquellos salones que anteriormente lo prohibían terminaron aceptándolo debido a la creciente demanda del público.
El reconocimiento oficial por parte del Estado llegó en el año 2012, mediante el decreto ejecutivo N.° 37086-C, que lo declaró patrimonio cultural inmaterial de Costa Rica. A partir de ahí, el esfuerzo comunitario continuó creciendo. En 2019 se fundó la Red Costarricense de Gestores, Promotores y Artistas Embajadores del Swing Criollo, y en 2024 se estableció la Comisión Nacional para la Salvaguarda del Swing y el Bolero Criollos (Conasbol). Esta comisión es la encargada de coordinar la Estrategia Nacional 2026-2030 y de impulsar la actual candidatura ante la Unesco.
Para entender la magnitud de esta postulación, es necesario analizarla con perspectiva. Costa Rica ya cuenta con un elemento inscrito en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad: la tradición del boyeo y las carretas, reconocida en 2008. Si el swing criollo es aprobado en diciembre, se convertiría en el segundo patrimonio inmaterial costarricense con reconocimiento mundial. Este esfuerzo se suma a los cuatro sitios naturales y culturales que el país ya posee en la Lista del Patrimonio Mundial.
La inscripción ante la Unesco trasciende el honor simbólico. Este proceso exige demostrar la existencia de una comunidad organizada y comprometida con la transmisión de su patrimonio a las futuras generaciones. Asimismo, abre oportunidades reales de cooperación internacional e intercambio cultural. El swing criollo tiene el potencial de convertirse en un embajador cultural capaz de dialogar con expresiones como el tango argentino o la samba brasileña, complementando la imagen del “pura vida” que Costa Rica proyecta al exterior.
Más allá del resultado final que se espere para diciembre, el proceso de postulación ya ha logrado un objetivo fundamental: obligar a los costarricenses a mirar hacia adentro y reconocer que poseen elementos propios de los cuales sentirse orgullosos, sin depender exclusivamente de referentes extranjeros.






