La Feria de Artesanía de La Rampa, en La Habana, ha pasado de ser una vibrante colmena de actividad a un espacio dominado por el silencio y la desgana. La situación es tan crítica que algunos de sus vendedores sugieren, con urgencia, cambiar el nombre del lugar por el de "Parque del Pescaíto". La razón detrás de esta propuesta es una metáfora amarga: en la actualidad, conseguir un cliente en este bazar al aire libre es una cuestión de suerte y paciencia, similar a un juego de pesca magnética donde solo unos pocos peces tienen el imán necesario para ser capturados.
La ausencia de turistas es dramática, especialmente considerando que el parque se encuentra muy cerca de hoteles emblemáticos como el Habana Libre y el Hotel Nacional, además de numerosas habitaciones de renta que hoy permanecen vacías en su casi totalidad. Para los comerciantes, la realidad es simple: no hay visitantes. Esta situación contrasta profundamente con la realidad de hace seis años, en el periodo prepandémico, cuando el área de 200 metros cuadrados entre el Centro de Animación del ICRT y el Ministerio de Salud Pública era un punto de encuentro masivo para extranjeros y cubanos.
Tony, un vecino y antiguo residente del demolido edificio Alaska, recuerda aquella época como un espacio donde las personas se agolpaban al ritmo de la clave cubana y los vendedores voceaban sus productos. En aquel entonces, el mercado ofrecía una miscelánea de productos que representaban el imaginario cubano: desde tallas de madera y habanos de ébano hasta instrumentos musicales, miniaturas de autos clásicos y artículos de religiosidad popular. Para Tony, quien en los años 90 trabajaba como trombonista, aquel lugar desbordaba vida y energía, una plenitud que hoy ha sido sustituida por la precariedad de su jubilación.
Este desplome no es un hecho aislado, sino el reflejo de un colapso estructural del turismo en la isla. Las estadísticas muestran una caída del 62 % en la llegada de visitantes internacionales entre enero y julio de 2026, pasando de 1,13 millones a apenas 419 mil. El economista Emilio Morales califica este retroceso como un "colapso estructural". A este escenario se suma la presión de las sanciones de Washington, que se intensificaron tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro en Venezuela, lo que provocó un corte en los suministros petroleros y golpeó la ya deteriorada arquitectura del sistema cubano.
La crisis ha provocado el retiro en cascada de importantes cadenas hoteleras internacionales como Meliá, Iberostar y Blue Diamond, reduciendo drásticamente la oferta de alojamiento. Según la analista Lourdes Álvarez, la salida de estas empresas destruye la confianza de los mercados en la viabilidad del destino. Los datos son alarmantes: a finales de agosto, el 73 % de los hoteles permanecía cerrado y más de 25 mil trabajadores se encontraban en disponibilidad. Además, la suspensión de operaciones con tarjetas Visa y Mastercard eliminó una vía esencial de captación de divisas, mientras que la ocupación hotelera cayó al 12,9 % en el primer trimestre.
El impacto llega hasta el corazón de la producción artesanal. Los ebanistas denuncian que la variedad de sus piezas ha mermado debido a que muchos productores han emigrado de Cuba. La escasez de insumos y el alto costo de los materiales han hecho que trabajos primorosos, como los muebles de encastre, desaparezcan del catálogo. Dayron, otro artesano, señala que los pocos extranjeros que visitan la zona suelen ser personas que viven temporadas en la isla con presupuestos muy limitados.
A pesar de la falta de ventas, los artesanos deben seguir pagando impuestos por el área que ocupan y sobre sus ventas, en un contexto donde los insumos están "por las nubes". Esta situación es el resultado inverso del auge vivido durante el segundo mandato de Barack Obama (2013-2017), cuando el deshielo con Cuba impulsó la creación de mercados orientados al visitante extranjero que pagaba en dólares o CUC.
Si bien La Rampa sigue defendiendo su espacio frente a otros centros como la calle Obispo o los Almacenes San José, la crisis es generalizada. Incluso la Feria Internacional de Artesanía de La Habana (FIART), que celebró su edición XXVII en 2025, se vio obligada a trasladarse a la Estación Cultural de Línea y 18 debido a las restricciones de transporte y los colapsos del sistema energético que afectan al recinto de Pabexpo. El turismo, que alguna vez fue considerado la locomotora de la economía insular, parece estar transitando hacia un papel secundario mientras los artesanos esperan un futuro que aún no se vislumbra.





