El mercado energético global entra en alerta. El precio del petróleo Brent, referencia en Europa, ha subido más de un 1,6% alcanzando los 107,3 dólares por barril, mientras que el WTI de Estados Unidos aumentó un 1,7% hasta situarse en los 103,1 dólares.
El detonante principal es el cierre temporal del oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudí, tras sufrir ataques con drones perpetrados desde Irak. Esta infraestructura es vital, ya que permite desviar alrededor de cinco millones de barriles diarios para evitar el estrecho de Ormuz, una ruta marítima que actualmente presenta graves dificultades.
La tensión escala precisamente en Ormuz, donde un superpetrolero indio se incendió tras impactar con una mina, según informó la Guardia Revolucionaria iraní, que afirma mantener el control inteligente del estrecho. Sin embargo, el mando estadounidense CENTCOM rechaza esta versión y asegura que el buque fue atacado por un dron iraní.
En este clima de hostilidad y sanciones económicas, el presidente Donald Trump calificó las restricciones al paso de mercancías como un "timo" y afirmó que los países que no han ayudado deberán devolver dinero a Estados Unidos. Incluso esbozó la posibilidad de permanecer en Irán y quedarse con su petróleo, comparando la situación con la de Venezuela.
Las consecuencias financieras son inmediatas. Ante los altos precios de la energía, el Banco Central Europeo ya elevó los tipos de interés en 25 puntos básicos. Esta semana, la atención se centra en las reuniones de política monetaria de la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra y el Banco de Japón.
Finalmente, la incertidumbre ha provocado caídas generalizadas en las bolsas asiáticas. Seúl, Shanghái y Hong Kong registran retrocesos, mientras que el Nikkei japonés es el único índice que logra salvarse con un leve repunte del 0,3%.
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