¿Futuro o reciclaje político? En Brasil, la reciente elección presidencial puso frente a frente a un hombre que ya había gobernado tres veces y al hijo de otro expresidente. Lula logró una remontada para convertirse en el primer brasileño elegido cuatro veces presidente a los 81 años.
Sin embargo, este fenómeno no es exclusivo de Brasil; es un patrón recurrente en América Latina. En Bolivia, la papeleta electoral parece un catálogo de material reciclado, con candidatos que son hijos de expresidentes o veteranos que gobernaron hace un cuarto de siglo. En Argentina, el poder rotó durante años entre Néstor y Cristina Kirchner, mientras que en Perú, Keiko Fujimori heredó el apellido y el movimiento de su padre.
Este fenómeno no es ideológico, sino hereditario. Las organizaciones políticas han dejado de formar nuevos dirigentes. El líder concentra las decisiones y los recursos, y en lugar de crear sucesores, forma leales. Así se construyen los "imprescindibles": figuras que impiden el surgimiento de relevos para luego justificar su permanencia alegando que nadie más puede sustituirlos.
Los ciudadanos también contribuyen a este ciclo. Aunque se reclama renovación, existe una desconfianza hacia lo desconocido, lo que lleva al votante a elegir el apellido que ya sabe pronunciar, buscando una seguridad familiar, aunque sea para saber por dónde vendrá la próxima decepción.
Una democracia necesita partidos capaces de sobrevivir a sus fundadores y permitir que el talento ascienda sin pedir permiso. Que el PT siga dependiendo de Lula después de veinte años, o que otros partidos dependan de una sola familia, sugiere que pueden ganar elecciones, pero no han logrado construir instituciones. La reelección puede ser la prueba de la grandeza de un líder, pero también el fracaso de su partido para sobrevivir sin él.
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