En un análisis sobre la situación actual del país, Carlos Hugo Molina, director de innovación del CEPAD, plantea que la realidad boliviana conduce inevitablemente hacia un escenario donde los acuerdos y los consensos se presentan como la única condición viable para evitar la confrontación. Según el autor, cualquier proceso de solución colectiva requerirá que los diversos actores sociales y políticos cedan en sus posturas para alcanzar una pacificación que traiga alivio a la sociedad.
El camino hacia esta estabilidad implica una agenda extensa que debe abordar las circunstancias que han generado incomodidad durante un tiempo prolongado. Entre los puntos fundamentales para iniciar este proceso se encuentran la reforma constitucional, el establecimiento de las condiciones necesarias para transitar hacia el federalismo y la consolidación de un pacto integral por la economía, el desarrollo sostenible, la producción y el trabajo.
Más allá de los discursos habituales, Molina sugiere cuatro propuestas específicas para superar la desazón social, divididas en dos ejes conceptuales y dos operativos. En el ámbito conceptual, el primer objetivo es la reconstrucción del instrumento de cohesión social. Esta medida busca que los ciudadanos vuelvan a encontrarse y aceptarse bajo un marco de respeto mutuo, adoptando la premisa de "unidad en la diversidad", una propuesta impulsada previamente por el alcalde Julio Mantilla, con el fin de facilitar la resolución de las necesidades comunes.
El segundo eje conceptual consiste en el reconocimiento de que Bolivia es una sociedad violenta. La propuesta sugiere que es imperativo sosegar la energía destructiva y encaminarla hacia procesos de creación. Para lograr este objetivo filosófico, se plantea el trabajo activo de los artistas en todas sus manifestaciones. El resultado material de este cambio de paradigma sería la suspensión del bloqueo como método de solución de conflictos. Si bien el autor señala que no se descalifica la justicia de las demandas que originan estas medidas, enfatiza la urgencia de encontrar modos democráticos para enfrentar y superar las controversias.
Al analizar los obstáculos para implementar estas medidas, Molina menciona la complejidad ligada al "ajayu" o espíritu de la gente, y la creencia arraigada de que solo mediante el "tinku" que derrama sangre a la tierra se puede garantizar una buena cosecha, una noción que el autor cuestiona y rechaza.
En cuanto a las propuestas operativas, el análisis destaca dos estrategias basadas en evidencias de eficacia. La primera es convertir el turismo en una política pública formal que se ejecute de manera efectiva en todo el territorio nacional. La segunda medida operativa consiste en aceptar la realidad de la migración y el abandono de las zonas rurales. Para ello, se propone la construcción de una conciencia urbana que fomente la vecindad y una ocupación planificada del territorio. Este plan debería fortalecer las ciudades intermedias, las regiones metropolitanas y los centros poblados, asegurando que se articulen entre sí de manera eficiente.
Estas acciones operativas son descritas no como simples medidas administrativas, sino como expresiones de la capacidad constructiva de la sociedad boliviana para encarar el futuro. El autor hace un llamado a reconocer la falibilidad humana y a dirigir la energía hacia la superación consciente del "lamento boliviano".
Finalmente, el texto advierte sobre el clima de tensión actual, señalando que mientras algunos expertos advierten sobre el conflicto —metaphoricamente haciendo sonar tambores o desenterrando machetes—, estas propuestas buscan ofrecer una alternativa basada en la decencia y el deseo de trabajar dignamente. El objetivo último es garantizar que las nuevas generaciones no tengan que emigrar despavoridas y crear las condiciones necesarias para que quienes ya se fueron puedan regresar al país.





