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Depresión en niños y adolescentes: señales de alerta que los padres no deben ignorar

Depressão em crianças e adolescentes: veja os sinais de alerta que merecem atenção

Depresión en niños y adolescentes: señales de alerta que los padres no deben ignorar

La tristeza, la irritabilidad, el aislamiento social o una caída repentina en el rendimiento escolar suelen ser interpretados por muchos adultos como simples etapas difíciles de la infancia y la adolescencia. Sin embargo, en diversos casos, estos cambios de comportamiento son indicadores de depresión, un trastorno mental que puede afectar tanto a niños como a jóvenes.

Según datos proporcionados por la Organización Mundial de la Salud (OMS), se estima que la depresión ocurre en aproximadamente el 1,3% de los adolescentes entre los 10 y 14 años, y en el 3,4% de los jóvenes de entre 15 y 19 años. A este panorama se suman los trastornos de ansiedad, que frecuentemente coexisten con la enfermedad depresiva y afectan a entre el 4,1% de los menores de 10 a 14 años y el 5,3% de aquellos entre 15 y 19 años.

El origen de esta enfermedad es el resultado de una combinación compleja de factores biológicos, psicológicos y sociales. En el ámbito orgánico, destacan las desregulaciones en los neurotransmissores, específicamente la serotonina, la dopamina y la noradrenalina. Aunque actualmente existen métodos para investigar estas modulaciones químicas, el diagnóstico clínico sigue dependiendo fundamentalmente de la observación detallada de los síntomas, la duración de los mismos y el impacto real que generan en la rutina diaria del paciente.

Es fundamental desmitificar la idea de que la infancia y la juventud son etapas libres de estrés y angustia. Factores como los conflictos familiares, la presión académica, el bullying y los cambios hormonales propios del desarrollo pueden actuar como detonantes de la enfermedad. No obstante, es crucial diferenciar la depresión de una tristeza pasajera. Según la OMS, un episodio depresivo implica un estado de ánimo decaído o la pérdida de interés y placer en las actividades durante la mayor parte del día, casi todos los días, por un periodo mínimo de dos semanas.

La manifestación de la depresión varía significativamente según la edad, y el abatimiento no siempre es evidente. En niños menores de 2 años, la depresión es rara, pero puede presentarse a través de señales poco específicas como llanto constante sin motivo aparente, disturbios en el sueño y una expresión facial abatida. Entre los 2 y 7 años, los signos incluyen irritabilidad intensa, crisis frecuentes, apatía, pérdida de interés en los juegos y cambios notables en el comportamiento.

En el rango de los 7 a los 12 años, la depresión puede manifestarse como una disminución del rendimiento escolar, dificultad para concentrarse, aislamiento, alteraciones en el sueño y el apetito, o el abandono de actividades que antes disfrutaban. Además, es común la aparición de quejas físicas recurrentes, como dolores de cabeza o de estómago. Durante la adolescencia, el cuadro se vuelve más complejo al confundirse con los cambios propios de la edad. Además de la tristeza, se debe observar irritabilidad persistente, sentimientos de vacío, baja autoestima, cansancio y aislamiento.

Existen señales que exigen atención inmediata, tales como pensamientos sobre la muerte o el suicidio, conductas de autolesión, el uso problemático de alcohol o drogas y otros comportamientos de riesgo. Es importante notar que la presencia de momentos de alegría no descarta la depresión, ya que los síntomas pueden oscilar a lo largo del día y según la situación.

Cuando se noten cambios de comportamiento por más de 15 días, es imperativo buscar ayuda profesional. Psicólogos y psiquiatras infantiles son los capacitados para evaluar el cuadro e identificar causas médicas asociadas, como anemia u otros trastornos psiquiátricos.

Para reducir el riesgo de depresión, se recomiendan diversos hábitos protectores. El diálogo abierto y una comunicación franca con los cuidadores es esencial para que el joven exprese sus sentimientos sin sentirse juzgado; incluso preguntar directamente sobre pensamientos suicidas ayuda a reducir el riesgo de que el acto se concrete. Asimismo, la educación emocional desde temprana edad permite que el niño reconozca y nombre sus emociones.

La actividad física es otro pilar fundamental, ya que el sedentarismo está ligado al aumento de síntomas depresivos antes de los 18 años. Un sueño adecuado, con horarios regulares y evitando pantallas al menos una hora antes de dormir, es vital para el funcionamiento cognitivo y emocional. Finalmente, fomentar relaciones sociales de calidad, el acceso al deporte, las artes y limitar el tiempo de uso de dispositivos electrónicos son medidas preventivas eficaces.

Para quienes presenten sufrimiento intenso o pensamientos suicidas, existen recursos de apoyo. En Brasil, el CVV (Centro de Valorização da Vida) ofrece asistencia gratuita y confidencial las 24 horas a través del teléfono 188 o el sitio www.cvv.org.br. También se puede acudir a los CAPS (Centros de Atenção Psicossocial) para recibir soporte psicológico y psiquiátrico sin costo.

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