La idea de que la falta de actividad física es simplemente una cuestión de pereza o falta de voluntad está siendo cuestionada por la evidencia científica. Según el biólogo evolutivo Daniel Lieberman, el ser humano no evolucionó para realizar ejercicio en el sentido moderno de la palabra —como una actividad planificada y estructurada para mejorar la forma física—, sino que evolucionó para ser físicamente activo por necesidades básicas de supervivencia, tales como cazar, recolectar y explorar.
En la actualidad, la tecnología ha reducido drásticamente la necesidad de movimiento, pero el cuerpo humano sigue requiriendo actividad física para mantener la salud mental y física. A pesar de esto, las estadísticas globales son preocupantes: la Organización Mundial de la Salud señala que uno de cada tres adultos y ocho de cada diez adolescentes no alcanzan los niveles mínimos de actividad física recomendados. Esta tendencia se refleja en conductas cotidianas, como la preferencia del 90 % de las personas por utilizar el ascensor en lugar de las escaleras, y en el hecho de que solo la mitad de quienes se proponen hacer ejercicio logran cumplir sus objetivos.
La ciencia sugiere que la diferencia entre quienes disfrutan de actividades extremas y quienes evitan el movimiento no radica únicamente en la fuerza de voluntad. Estudios realizados con gemelos han revelado que aproximadamente el 60 % de la capacidad de autocontrol está condicionada genéticamente. Esto implica que las decisiones sobre realizar ejercicio están influenciadas por procesos inconscientes y predisposiciones biológicas que afectan la percepción del placer, la incomodidad y el esfuerzo.
Para comprender este conflicto, se puede recurrir al modelo propuesto por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky, quienes dividieron el comportamiento en dos sistemas. El "sistema 1" es rápido, intuitivo y automático, mientras que el "sistema 2" es lento, analítico y deliberado. El hábito del ejercicio depende del sistema 2, pero este se ve constantemente influenciado por los mecanismos inconscientes del sistema 1. Como indica el psicólogo Steven Pinker, los seres humanos no son hojas en blanco, sino organismos diseñados para responder al entorno; elegir la opción de menor esfuerzo, como las escaleras mecánicas, es una respuesta a mecanismos ancestrales destinados a ahorrar energía en entornos de escasez.
En la sociedad contemporánea, donde impera la búsqueda del placer inmediato y el uso de pantallas, obligar al cuerpo a realizar esfuerzos innecesarios representa un desafío a la programación biológica primitiva. El cerebro tiende a favorecer conductas de menor coste energético a menos que exista una recompensa muy valiosa. En este proceso intervienen factores biológicos fuera del control del individuo, como el sistema dopaminérgico —que regula la tolerancia al esfuerzo—, la composición de la microbiota intestinal e incluso la actividad física que la madre haya realizado durante el embarazo.
Sin embargo, la biología no es el único factor. El contexto social y las experiencias personales también moldean la motivación. Gemelos idénticos pueden tener respuestas opuestas al ejercicio debido a inseguridades corporales o malas experiencias previas, lo que altera su relación emocional con el movimiento.
Asimismo, el diseño urbano juega un papel crucial en la amplificación de estas desigualdades. El estudio PASOS, que analizó a más de 4 000 menores, determinó que quienes viven en barrios con bajo estatus socioeconómico y escasa accesibilidad peatonal tienen menos oportunidades de jugar al aire libre y participar en deportes.
Ante este panorama, las políticas públicas están comenzando a enfocarse en la promoción del ejercicio desde el embarazo, la educación física y el acceso universal a espacios recreativos para compensar las desventajas biológicas y contextuales. Un ejemplo de éxito se encuentra en Cluj-Napoca, Rumanía, donde se implementó un sistema que permite obtener billetes de autobús a cambio de realizar 20 sentadillas, transformando un esfuerzo biológicamente costoso en un juego de recompensa inmediata.
En conclusión, comprender que el esfuerzo físico no tiene el mismo coste para todas las personas permite eliminar el juicio moral sobre la inactividad. Como señaló el filósofo Arthur Schopenhauer, el hombre puede hacer lo que quiere, pero no puede elegir qué querer. Por ello, la solución no reside en exigir un esfuerzo individual aislado, sino en diseñar entornos colectivos que inviten y faciliten el movimiento.





