¿Por qué despierta tanta desconfianza la figura del empresario si es indispensable para el progreso económico?
Su función va más allá de aportar capital. Un empresario imagina proyectos que no existen, reúne recursos y anticipa necesidades, comprometiéndose hoy con resultados que solo se conocerán mañana. En este proceso, arriesga no solo capital ajeno, sino también sus bienes personales, su prestigio y años de trabajo, enfrentando cambios tecnológicos y decisiones políticas imprevisibles.
Sin embargo, la opinión pública suele observar solo el éxito y el patrimonio, ignorando los proyectos que fracasaron y las pérdidas absorbidas. El aporte empresarial es enorme: descubren oportunidades, crean empleos, pagan impuestos y producen bienes que mejoran la vida cotidiana. Pero, ¿de dónde viene la mala fama?
En parte, porque los beneficios son muy visibles, mientras que los aportes están dispersos entre trabajadores, consumidores y el Estado. Además, existen quienes han obtenido ganancias mediante abusos, colusión o privilegios concedidos por el poder político. Por ello, es necesario distinguir entre el empresario que compite y crea valor satisfaciendo necesidades, y aquel que busca enriquecerse evitando la competencia mediante favores.
Defender la empresa privada no es justificar cualquier conducta. Los trabajadores también corren riesgos y dependen de la estabilidad empresarial; por eso, son fundamentales los mercados competitivos, las reglas claras y la responsabilidad social.
La utilidad legítima no es un pecado, sino la recompensa por innovar y arriesgar. Un país que sospecha sistemáticamente de sus empresarios desalienta la inversión, pero uno que tolera los abusos destruye la confianza necesaria para crecer. La solución es promover a quien crea valor, exigir responsabilidad y asegurar que nadie reemplace la competencia por el privilegio.
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