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Del pesimismo al activismo: la receta de Cristina Monge para superar el presente distópico

La socióloga y politóloga española Cristina Monge sostiene que pasar del pesimismo al activismo, que no es lo mismo que el optimismo, es parte de la receta para abordar los tiempos apartemente distópicos que vivimos. Entrevista.

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Del pesimismo al activismo: la receta de Cristina Monge para superar el presente distópico

En un contexto global marcado por el calentamiento global, la polarización, la desinformación y una creciente desconfianza institucional, surge la interrogante sobre el papel que puede desempeñar el individuo frente a lo que muchos perciben como un momento trágico de la historia. Ante este panorama, la socióloga y politóloga española Cristina Monge propone una transición fundamental: pasar del pesimismo al activismo, distinguiendo este último del simple optimismo.

Monge, especialista en movimientos sociales y transición ecológica, desarrolla estas ideas en su reciente ensayo "Contra el descontento". La obra se presenta no solo como una defensa de la esperanza, sino como un manual político y cultural diseñado para abordar los desafíos de un presente aparentemente distópico. Durante su participación en el Hay Festival 2026 en Querétaro, la ensayista analizó las raíces del malestar contemporáneo y los mecanismos necesarios para superarlo, empezando por la recuperación de la confianza en la democracia y la política.

Según la experta, el descontento actual no es un fenómeno nuevo, sino que se gestó a raíz de la hiperglobalización. Este proceso tuvo dos efectos críticos: uno económico, donde las decisiones financieras se desplazaron a centros alejados de la población, y otro político, donde la toma de decisiones se volvió distante y ajena a lo comprensible para el ciudadano, usurpando en cierta medida la capacidad de acción de la ciudadanía. Si bien la hiperglobalización redujo la desigualdad global, aumentó la brecha interna en los países ricos, sentando las bases del malestar.

Este escenario se agravó con la crisis financiera de 2008 y la gestión de la misma, lo que provocó una quiebra de confianza hacia las instituciones y el fin de la idea de progreso. Monge distingue entre el "malestar", que tiene causas objetivas como la precariedad, la vivienda y la desigualdad, y el "descontento", un sentimiento más difuso que afecta incluso a sectores sin carencias materiales, pero que surge al proyectar los desafíos futuros —crisis climática, revolución tecnológica y migraciones— sin confiar en quienes deben gestionarlos.

La politóloga advierte que esta desafección, que anteriormente era capitalizada por sectores que buscaban mejorar la democracia, ahora es aprovechada por la ultraderecha. Esto sucede porque las fuerzas tradicionales no lograron cerrar las brechas del sistema que habían diagnosticado, llevando a la ciudadanía a buscar ofertas disruptivas que, en lugar de mejorar la democracia, pretenden impugnarla.

Uno de los puntos más críticos en el análisis de Monge es la transformación del pesimismo en una "etiqueta intelectual prestigiosa". La autora sostiene que existe una soberbia intelectual derivada del pensamiento posmoderno donde el desencanto se confunde con estar mejor informado. Monge urge a eliminar este prestigio del pesimismo, calificándolo de pose útil para quienes se regodean en la crisis o promueven teorías de conspiración.

Para revertir esta tendencia, la autora propone extirpar el "virus" del TINA (There Is No Alternative o "no hay alternativa"), concepto inoculado por Ronald Reagan y Margaret Thatcher. Para Monge, asumir que no hay alternativas es un ejercicio de antipolítica, ya que la esencia de la política es precisamente la búsqueda de opciones. Según la experta, los principales beneficiarios de esta antipolítica son los "tecnofascistas" que buscan dominar el mundo sin reglas ni organización.

La salida, según Monge, reside en la reivindicación de la política y la imaginación colectiva. Ejemplos concretos como la transición hacia energías renovables democráticas, donde la ciudadanía sea productora y soberana, o la regulación de la inteligencia artificial y las redes sociales para proteger las democracias, demuestran que el futuro no está escrito.

La autora también destaca la importancia de la reacción ciudadana organizada, citando ejemplos como las asociaciones de padres que piden prohibir celulares en escuelas, los movimientos contra la instalación de centros de datos para IA y la creación de comunidades energéticas. Estos procesos locales y la articulación entre una sociedad civil organizada y un Estado eficaz son, a su juicio, la única vía para recuperar la confianza.

Finalmente, Cristina Monge rechaza el optimismo ingenuo y apuesta por la esperanza como motor constructivo. Para ella, la pregunta fundamental no es qué pasará, sino qué vamos a hacer. La construcción de un futuro habitable depende de reconocer la agencia política individual y colectiva, empezando por lo local y lo inmediato, para evitar delegar el destino del planeta en unas pocas manos.

Esta nota fue producida por la redacción de Noticias.lat: verificamos la información en fuentes públicas y la reescribimos con nuestro criterio editorial. No republicamos textos de terceros.

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