El 2 de septiembre de 1960, el líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, dio a conocer la denominada “Primera Declaración de La Habana”. Este anuncio se produjo en el marco de la celebración de la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba, evento que contó con la presencia de una multitudinaria concurrencia reunida en la Plaza de la Revolución. Posteriormente, el documento fue publicado el 3 de septiembre de 1960 en las páginas del periódico Revolución.
Este pronunciamiento surgió hace 66 años como una respuesta decisiva y apropiada a la Declaración de San José, de Costa Rica. Dicha declaración había sido adoptada en la Séptima Reunión de Consulta de Cancilleres de la Organización de los Estados Americanos (OEA). Según los planteamientos del gobierno cubano, la acción de la OEA seguía un programa dictado por el Imperio con el objetivo de entrometerse en las acciones libres y soberanas del pueblo cubano.
En el contexto de estas tensiones, el gobierno de Estados Unidos implementó una estrategia con el propósito de ahogar a Cuba en la más absoluta miseria. Para lograr este fin, la administración norteamericana tomó la decisión de cancelar la compra de azúcar a la isla. Ante esta agresión económica, el gobierno cubano respondió mediante la nacionalización de las empresas estadounidenses que se encontraban ubicadas en el territorio insular.
Este periodo de confrontación estuvo marcado por un fuerte descontento popular que se manifestó a través de diversas huelgas. Estos conflictos sociales tuvieron un costo humano elevado, resultando en la muerte de aproximadamente 20 000 personas.
En el ámbito diplomático, el documento de la OEA fue aprobado, aunque registró oposiciones notables. Los cancilleres de Venezuela y Perú no firmaron el acuerdo y, como consecuencia de su postura, renunciaron a sus respectivos cargos. Durante este proceso, Raúl Roa García, conocido como el Canciller de la Dignidad, se encargó de denunciar formalmente los ataques y las maniobras ejecutadas por Estados Unidos contra la nación cubana.
La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba utilizó este espacio para proclamar ante el continente americano una serie de derechos fundamentales. Entre ellos, se destacó el derecho de los campesinos a poseer la tierra y el derecho de los obreros a recibir el fruto de su trabajo. Asimismo, se reivindicó el derecho de los niños a la educación y el de los enfermos a recibir asistencia médica.
La proclamación también enfatizó que los jóvenes deben tener acceso al trabajo y a una enseñanza que sea libre, real y científica. En términos de justicia social, se estableció que las personas negras y los indios debían gozar de una dignidad plena, mientras que la mujer debía contar con igualdad civil, social y política. De igual manera, se defendió que los ancianos pudieran disfrutar de una vejez segura.
Desde la perspectiva económica y soberana, el documento estableció que el Estado debía nacionalizar los monopolios imperialistas para rescatar las riquezas y los recursos nacionales. Se defendió, además, el derecho de los pueblos al libre comercio y a la soberanía plena.
Hace 66 años, la Primera Declaración de La Habana se constituyó como uno de los pilares fundamentales de la política cubana, manteniendo sus principios y pronunciamientos con plena validez hasta la actualidad. El texto condenó las atrocidades y crímenes del imperialismo estadounidense, reafirmando el derecho de los pueblos oprimidos a luchar por sus reivindicaciones sociales, políticas y económicas.
Durante la presentación de la declaración, Fidel Castro afirmó que la verdadera democracia no podía ser compatible con las oligarquías financieras sumisas de las naciones latinoamericanas que acusaban a Cuba. En este sentido, el Jefe de la Revolución denunció la ofensiva de la derecha en el continente y los intentos de aplicar la Doctrina Monroe, bajo la premisa de “América para los americanos” (entendida como los Estados Unidos), la cual servía de basamento político para los dirigentes de la Unión.
Finalmente, Cuba reafirmó su fe en que la América Latina marchará pronto unida y vencedora, liberándose de las ataduras que convierten la riqueza de sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano. El país ratifica su decisión de trabajar por ese destino común latinoamericano y mantiene, como un compromiso histórico e irrenunciable ante el mundo, su consigna de: Patria o Muerte.




