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DNA de mujer de 30.000 años revela conexiones genéticas inesperadas en la Europa prehistórica

Um osso de cerca de 30 mil anos encontrado em uma caverna no sudoeste da França trouxe uma pista sobre a história dos primeiros humanos modernos na

DNA de mujer de 30.000 años revela conexiones genéticas inesperadas en la Europa prehistórica

Un hallazgo arqueológico en la caverna de Isturitz, ubicada en el sudoeste de Francia, ha proporcionado datos fundamentales para comprender la historia de los primeros humanos modernos en el continente europeo. El análisis de un hueso con una antigüedad aproximada de 30.000 años ha permitido a la comunidad científica identificar vínculos genéticos entre poblaciones que, hasta hace poco, se consideraban aisladas o con escasa interacción durante ese periodo remoto.

Los resultados de esta investigación han sido publicados en la revista Science Advances. El estudio se basó en la comparación del ADN de tres individuos que habitaron la Europa prehistórica, cuyos restos fueron localizados en territorios que hoy corresponden a Francia, España e Italia. Esta comparativa sugiere que las relaciones sociales y biológicas entre estas comunidades eran considerablemente más complejas de lo que indicaban los análisis realizados anteriormente.

La pieza clave de esta investigación fue el material genético recuperado de una mujer que vivió hace unos 30.000 años en la cueva de Isturitz. Al examinar el ADN preservado en su hueso, los investigadores pudieron rastrear el origen de sus ancestros, encontrando una composición genética mixta. Si bien la mayor parte de su carga genética estaba asociada a las poblaciones del oeste europeo, se detectó una contribución significativa vinculada a grupos que habitaron el centro y el este del continente.

De acuerdo con los modelos genéticos presentados en la investigación, este intercambio de ancestralidad habría ocurrido en un lapso comprendido entre los 31.500 y los 32.500 años atrás. Una de las hipótesis principales que manejan los científicos para explicar este fenómeno es el desplazamiento de grupos humanos desde el este hacia el oeste, lo que posteriormente habría derivado en contactos directos y mezcla entre las diversas poblaciones residentes.

Los investigadores han sido cuidadosos en aclarar que este hallazgo no constituye la reconstrucción de un viaje individual ni la identificación de una ruta migratoria seguida por una persona específica. Lo que el estudio ha logrado detectar es una señal de mezcla genética que permite comprender las relaciones establecidas a lo largo de múltiples generaciones, evidenciando que el flujo de personas y genes era más fluido de lo que se pensaba.

En el periodo en que vivió esta mujer, Europa estaba habitada por comunidades vinculadas a la cultura gravetiana, la cual estuvo presente en el continente aproximadamente entre los 34.000 y los 25.000 años atrás. Estos grupos son conocidos por haber dejado diversos vestigios arqueológicos, entre los que destacan herramientas especializadas y pequeñas estatuillas humanas, denominadas Vênus. El hecho de que se hayan encontrado objetos similares en regiones geográficamente distantes ya sugería la existencia de posibles contactos culturales entre comunidades alejadas.

Sin embargo, hasta ahora, la genética ofrecía una perspectiva diferente y más fragmentada. Antes de este nuevo análisis, los expertos basaban sus conclusiones en el ADN obtenido de aproximadamente dos docenas de esqueletos pertenecientes a dicho periodo. Debido a que este conjunto de datos era limitado, la interpretación predominante era que las poblaciones del este y del oeste europeo mantenían muy poca mezcla genética.

La muestra recuperada en la caverna de Isturitz aporta la información que faltaba para completar el rompecabezas, confirmando la existencia de conexiones biológicas entre estos grupos, aun cuando mantenían características genéticas propias según la región de Europa donde se asentaran.

La ubicación geográfica de la cueva de Isturitz también es fundamental para entender el interés de los investigadores. Al situarse en un paso natural entre el interior del continente y la Península Ibérica, el lugar pudo haber funcionado como un punto de encuentro estratégico para diversas comunidades prehistóricas.

Este sitio arqueológico posee un registro de ocupación muy diverso. Mucho antes de la presencia de la mujer estudiada, los neandertales ya habían pasado por el lugar. Asimismo, se han recuperado materiales de épocas posteriores, incluyendo recipientes elaborados a partir de cráneos humanos. Por estas razones, la cueva no representa solo un registro individual, sino un archivo histórico que permite relacionar el ADN analizado con un paisaje que acogió a diferentes grupos humanos durante miles de años.

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