A finales de 1926, el gobierno de Estados Unidos planteó una alternativa poco convencional para resolver la disputa territorial entre Chile y Perú derivada de la Guerra del Pacífico. La iniciativa, impulsada por el entonces secretario de Estado estadounidense, Frank B. Kellogg, proponía que los territorios de Tacna y Arica pasaran a la administración de Bolivia, buscando así poner fin a las diferencias persistentes entre las dos naciones sudamericanas.
De acuerdo con reportes históricos del Departamento de Estado de Estados Unidos y lo expuesto por el historiador chileno Sergio González Miranda, Premio Nacional de Historia 2014, esta propuesta fue una de varias opciones que Washington puso sobre la mesa. Según González Miranda, docente de la Universidad de Tarapacá, la lógica de la propuesta estadounidense era simple: ante la incapacidad de Chile y Perú para llegar a un acuerdo bilateral, se sugería la transferencia del territorio a un tercer actor, en este caso, Bolivia.
Sin embargo, la iniciativa no prosperó. La respuesta de la diplomacia peruana fue tajante. El 12 de enero de 1927, el ministro de Relaciones Exteriores de Perú, Pedro José Rada y Gamio, manifestó formalmente que su gobierno no aceptaba la propuesta. Por otro lado, la postura de Chile fue más ambigua. El 4 de diciembre de 1926, el canciller Jorge Matte respondió que la idea superaba las concesiones que el gobierno chileno estaba dispuesto a realizar, aunque no llegó a rechazarla de forma absoluta.
El historiador Sergio González explica que, si bien Chile no dijo que sí, encontró la idea "plausible" y manifestó que debía ser consultada, mientras que Perú la rechazó "de plano". Esta situación dejó la propuesta de Kellogg sin el consenso necesario para su implementación.
Para comprender el trasfondo de este episodio, es necesario remitirse al Tratado de Ancón de 1883. Este documento, firmado al concluir la Guerra del Pacífico, establecía en su tercer artículo que, transcurridos diez años, se debería realizar un plebiscito para determinar si las provincias de Tacna y Arica permanecerían bajo dominio chileno o retornarían a Perú. No obstante, este plebiscito nunca se llevó a cabo debido a que ambos países no lograron acordar las condiciones ni la forma en que debía realizarse la votación.
Ante el fracaso de la comisión plebiscitaria en 1927, las negociaciones regresaron al punto de partida. Esto dio paso a tratativas directas entre el embajador chileno en Lima, Emiliano Figueroa Larraín, y el presidente peruano, Augusto B. Leguía, quien tenía como objetivo principal terminar con los litigios fronterizos durante su mandato.
Finalmente, en 1929, se firmó el Tratado de Lima, el cual definió la división de los territorios en disputa. Según relata González Miranda, este acuerdo fue recibido positivamente por las sociedades civiles de ambos países, quienes, en palabras del académico, "le dieron la espalda a Bolivia". Durante este proceso, el gobierno boliviano había intentado intervenir en las conversaciones, una acción conocida como la "tercería boliviana", apoyada en el hecho de que el secretario Kellogg escuchaba sus planteamientos.
Un punto crítico del Tratado de Lima fue su protocolo complementario. Este documento estableció que, si en el futuro Perú o Chile desearan ceder a Bolivia una salida soberana al mar a través de Tacna o Arica, sería indispensable contar con el consentimiento del otro país. De esta manera, el acuerdo cerró la posibilidad de cualquier negociación bilateral, obligando a que cualquier futura solución sea necesariamente trilateral.
Respecto al papel de Estados Unidos, el historiador señala que el país norteamericano ya veía a Sudamérica como un área de influencia estratégica para sus intereses geopolíticos. Frank B. Kellogg, quien ganó el Premio Nobel de la Paz por promover tratados para renunciar a la guerra como política nacional, actuó en este caso como un árbitro que buscaba estabilidad en la región.
González Miranda sostiene que el involucramiento de Estados Unidos en el destino de Sudamérica ha sido constante a lo largo del tiempo. Según el docente, durante el siglo XX, esta influencia fue fundamental para contener el avance de la Unión Soviética y, en el siglo XXI, el objetivo ha sido contener la influencia de China en la región.





