Un nuevo consenso internacional, respaldado por 20 sociedades científicas de diversos países, propone un cambio fundamental en la estrategia de detección de la diabetes tipo 1. El objetivo es aprovechar una ventana de oportunidad para identificar la enfermedad en sus etapas iniciales, mucho antes de que se manifiesten los síntomas clínicos y surja la necesidad inmediata de administrar insulina. El documento, publicado en la revista especializada Diabetology, recomienda que, en aquellos lugares que cuenten con los recursos y la infraestructura adecuados, se ofrezca el rastreo de autoanticuerpos a la población general.
Este planteamiento representa una evolución significativa respecto al enfoque tradicional, que se limitaba a buscar la enfermedad en personas consideradas de alto riesgo. La razón técnica detrás de este cambio es contundente: más del 85 por ciento de las personas que desarrollan diabetes tipo 1 clínica no presentan antecedentes familiares de la patología. Por lo tanto, restringir el tamizaje únicamente a los familiares directos deja fuera a la gran mayoría de los futuros pacientes.
Para comprender la importancia de este rastreo, es necesario analizar la naturaleza de la diabetes tipo 1. Se trata de una enfermedad autoinmune en la que el sistema inmunitario del organismo ataca progresivamente las células beta del páncreas, que son las encargadas de producir la insulina. El consenso científico identifica tres etapas claras en este proceso. En la etapa 1, ya existe autoinmunidad, detectable mediante la presencia de dos o más autoanticuerpos, aunque los niveles de glucosa en sangre permanecen normales. En la etapa 2, se suman alteraciones en la glucemia, pero el paciente puede seguir sin presentar síntomas. Finalmente, la etapa 3 es la diabetes clínica, caracterizada por hiperglucemia y síntomas manifiestos.
El proceso de detección se centra en la búsqueda de cuatro tipos de autoanticuerpos: contra la insulina (IAA), contra GAD65 (GADA), contra IA-2 (IA-2A) y contra ZnT8 (ZnT8A). Según el consenso, los programas de rastreo deben implementar pruebas con la sensibilidad suficiente para detectar al menos tres de estos cuatro marcadores. No obstante, los expertos advierten que un resultado positivo no implica un diagnóstico inmediato de diabetes clínica. Por ello, se recomienda que cualquier hallazgo sea confirmado mediante una segunda muestra de sangre y, preferiblemente, utilizando un método de análisis diferente, todo ello acompañado de un programa de seguimiento riguroso.
Uno de los argumentos más fuertes para implementar este rastreo es la prevención de la cetoacidosis diabética (CAD). Esta complicación grave ocurre cuando el cuerpo descompone grasas con tanta rapidez que el hígado produce ácidos tóxicos llamados cetonas, volviendo la sangre peligrosamente ácida. Esta condición puede ser mortal y es frecuente al momento del primer diagnóstico. Se estima que entre el 2 y el 8 por ciento de los niños fallecen por diabetes tipo 1 debido a la falta de un diagnóstico oportuno. Además, entre el 20 y el 67 por ciento de los niños y adolescentes son diagnosticados ya en estado de cetoacidosis, y un tercio de estos casos requiere cuidados intensivos. Esta situación se ha vuelto más preocupante tras el incremento de casos infantiles reportado luego de la pandemia de Covid.
Los datos globales subrayan la magnitud del problema. Según el Atlas de la Diabetes, existen 9,5 millones de personas viviendo con diabetes tipo 1 en el mundo, lo que supone un aumento del 13 por ciento respecto a 2021. De este total, un millón de personas tienen entre 0 y 14 años, y 800 mil se encuentran en el rango de 15 a 19 años. El crecimiento es especialmente notable en países de bajos ingresos, donde los casos subieron un 20 por ciento, pasando de 1,8 millones en 2021 a 2,1 millones proyectados para 2025.
La eficacia de estos programas ya ha sido observada en estudios concretos. En Alemania, el estudio Fr1da analizó a más de 200.000 personas, detectando diabetes tipo 1 temprana en el 0,30 por ciento de los participantes; en este grupo, la tasa de cetoacidosis al diagnóstico clínico fue muy inferior a la de la población general. De manera similar, el programa ASK en Colorado, Estados Unidos, mostró que solo el 4,5 por ciento de los niños detectados mediante rastreo presentaron cetoacidosis, comparado con el 58 por ciento de aquellos que no formaron parte del programa.
Para la población infantil, el consenso propone un esquema de detección en tres etapas: un primer rastreo entre los 2 y 4 años, una repetición entre los 6 y 8 años si el resultado fue negativo, y una tercera oportunidad entre los 10 y 15 años. Esta programación se basa en que la autoinmunidad contra las células beta es más frecuente durante los primeros años de vida.
Más allá de evitar hospitalizaciones, la detección anticipada permite educar a las familias y lograr un inicio metabólico más controlado. Además, abre la puerta a terapias como el teplizumab, un tratamiento inmunológico capaz de retrasar la progresión de la etapa 2 a la diabetes clínica en un promedio de 2,7 años.
Finalmente, los expertos subrayan que la implementación de estas políticas sanitarias requiere una estructura sólida. Es indispensable contar con laboratorios capaces de procesar grandes volúmenes de muestras y equipos preparados para brindar apoyo psicológico, ya que conocer el riesgo futuro de la enfermedad puede generar ansiedad o temor a la discriminación laboral y educativa. El consenso concluye que se deben resolver los desafíos de costos y equidad para evitar que la situación socioeconómica o el lugar de residencia determinen el acceso a este rastreo vital.





