La crisis del sistema penitenciario peruano ha vuelto a quedar en evidencia tras revelarse que integrantes de la red criminal ‘La Confederación’, actualmente recluidos en el penal Ancón I, lograron establecer un centro de comunicaciones clandestino en el interior del establecimiento. Según se ha informado, los extorsionadores montaron un ‘locutorio’ donde alquilaban teléfonos celulares con acceso a internet a otros internos, facilitando la comunicación externa desde el recinto carcelario.
Además del sistema de comunicaciones, se descubrió la existencia de un laboratorio de drogas operando dentro del penal. Este escenario ha generado una profunda indignación, pues pone de manifiesto el alto grado de corrupción existente en las cárceles y la vulnerabilidad de la seguridad interna. La capacidad de los reclusos para instalar routers y gestionar servicios de internet plantea una interrogante alarmante sobre la cantidad de asesinatos, secuestros, extorsiones y asaltos que pudieron haber sido ordenados desde el interior del penal mediante estas herramientas tecnológicas.
Ante la gravedad de estos hechos, se ha planteado la necesidad urgente de intervenir los penales y ejecutar cambios drásticos en su administración. Entre las propuestas mencionadas para solucionar este fallido sistema, donde los delincuentes parecen mantener el mando, se encuentra la posibilidad de privatizar los centros penitenciarios o entregarlos bajo control militar.
En el marco de este debate sobre la seguridad penitenciaria, se ha discutido la construcción de más prisiones de máxima seguridad e incluso la reapertura de la isla penal El Frontón. Sin embargo, la historia de este recinto es recordada por ser tenebrosa y sangrienta. La prisión fue edificada en una pequeña isla situada junto a la isla San Lorenzo, a siete kilómetros de la costa del Callao.
Antes de funcionar como cárcel, la isla fue utilizada durante la colonia como refugio para piratas y filibusteros que buscaban saquear el puerto del Callao. Asimismo, junto a la isla San Lorenzo, sirvió como lugar de descanso para la flota española que intentó invadir el Callao en el año 1865, durante el conflicto con España.
La transformación de la isla en centro penitenciario ocurrió en 1917, bajo el segundo gobierno del presidente José Pardo. Allí se construyó una prisión destinada a albergar a los delincuentes más peligrosos y avezados, quienes apodaron al lugar como ‘El Cerro’. La geografía del lugar contribuía a la seguridad del recinto, ya que las traicioneras correntadas que rodeaban el banco de arena conocido como ‘el camotal’ hacían que cualquier intento de fuga terminara, generalmente, con el preso absorbido por las aguas y muerto por ahogamiento.
A lo largo de los años, El Frontón albergó a diversas figuras políticas y sociales. El expresidente Augusto B. Leguía fue enviado allí tras ser derrocado y condenado. Del mismo modo, las dictaduras de Benavides y Odría utilizaron sus mazmorras para encarcelar a militantes comunistas y apristas. Otros prisioneros notables incluyeron a Pedro Beltrán, dueño del diario ‘La Prensa’, y a varios de sus periodistas. Asimismo, el arquitecto Fernando Belaúnde Terry permaneció encerrado doce días a inicios de la década de los sesenta, debido a que encabezó una manifestación en Arequipa contra el segundo régimen de Manuel Prado Ugarteche.
La isla también fue escenario de violentas disputas entre criminales. Luis D’Unián Dulanto, conocido como ‘Tatán’, el hampón más famoso de los años cincuenta, asesinó en la isla al preso ‘La Samba’ mientras este dormía, utilizando kerosene para prenderle fuego. Posteriormente, ‘La China Peralta’, un asesino y ladrón que era amante de ‘La Samba’, mató a ‘Tatán’ a cuchillazos. Este ciclo de venganza culminó cuando el ‘Gavilán’ Cortez, lugarteniente de ‘Tatán’, cometió un asalto deliberadamente para ser enviado a la isla y matar a ‘La China Peralta’ en un duelo a sable.
El suceso más impactante de la historia de El Frontón ocurrió el 18 y 19 de junio de 1986, durante el primer gobierno de Alan García. Terroristas de Sendero Luminoso, ubicados en el Pabellón Azul, iniciaron un motín tomando como rehenes a guardias republicanos y apoderándose de sus armas. Los subversivos aprovecharon túneles, trincheras y fortificaciones que habían construido previamente con impunidad.
Tras el rechazo de los terroristas a rendirse y la muerte de un marino, la Marina de Guerra ejecutó un ataque ordenado por el presidente García. Las fuerzas del orden emplearon bazucas, dinamita, granadas y explosivos de alto poder. El enfrentamiento, que fue recreado en la película ‘Alias La Gringa’ (1987), terminó con la muerte de 118 terroristas y cinco marinos, además de la captura de 34 subversivos. En la actualidad, los muros derruidos de la isla son visitados por turistas, quienes relatan escuchar cánticos fantasmales provenientes del lugar.






