La Superintendencia de Pensiones publicó el pasado 1 de septiembre el nuevo Régimen de Inversión de los Fondos de Pensiones, el cual introduce uno de los cambios más significativos de la reforma previsional: la sustitución de los multifondos por un sistema de fondos generacionales. Este nuevo esquema busca optimizar la inversión mediante una trayectoria de riesgo, conocida como glide path, que se ajusta automáticamente según el año de nacimiento del afiliado, reduciendo la exposición al riesgo a medida que la persona envejece.
El diseño del sistema consiste en diez fondos distintos. Se establece un Fondo Inicial para quienes tienen hasta 35 años, ocho Fondos Intermedios organizados en tramos de cinco años, y un Fondo de Consolidación para quienes alcanzan los 75 años. Bajo esta modalidad, el afiliado es asignado a un fondo según su año de nacimiento y avanza en la trayectoria cada cinco años, sin posibilidad de elegir o modificar su ruta. La lógica detrás de este modelo es que, mientras la jubilación esté distante, se puede asumir más riesgo para obtener mayores retornos, mientras que, al acercarse el retiro, la prioridad debe ser la protección del patrimonio acumulado.
Sin embargo, el economista financiero Cristián Hernández Fuentes advierte que este diseño ignora variables críticas de género, aplicando la misma trayectoria de riesgo para hombres y mujeres de la misma edad, a pesar de que sus realidades previsionales son profundamente distintas. El autor señala que existen diferencias fundamentales en la edad de jubilación, la densidad de cotización, los niveles de remuneración y la expectativa de vida que dejan a las mujeres en una posición de mayor vulnerabilidad frente al riesgo de mercado.
Los datos respaldan esta preocupación. Según el Informe de Género sobre el Sistema de Pensiones y Seguro de Cesantía de la Superintendencia de agosto de 2026, las disparidades en el ahorro son evidentes. De quienes se pensionaron en 2025, las mujeres cotizaron en promedio 16,3 años, mientras que los hombres lo hicieron durante 25,7 años. Esta brecha se refleja en la densidad de cotización, que es del 49,2% para las mujeres frente al 64,3% de los hombres. Como consecuencia, el saldo promedio al momento del retiro fue de 576 UF para las mujeres, una cifra considerablemente menor a las 1.414 UF alcanzadas por los hombres.
Estas diferencias se originan en periodos de acumulación más cortos, remuneraciones menores y lagunas previsionales más frecuentes en el caso femenino. A diciembre de 2025, la remuneración imponible promedio de los hombres cotizantes fue de $1.456.444, mientras que para las mujeres fue de $1.282.550, lo que implica que la cotización mensual promedio de una mujer es un 11,9% inferior a la de un hombre. A esto se suma el factor de la longevidad: una mujer que se jubila a los 60 años tiene una expectativa de vida adicional de 31 años, mientras que un hombre que se jubila a los 65 tiene una expectativa de 21,8 años.
El problema técnico radica en que el glide path chileno se basa en el año de nacimiento y no en la fecha real de retiro. Esto genera lo que se conoce como riesgo de secuencia de retornos, que ocurre cuando una caída del mercado sucede justo antes de retirar los fondos. Debido a que las mujeres jubilan legalmente antes, quedan expuestas a fondos más riesgosos en momentos críticos. Por ejemplo, diez años antes de jubilar, una mujer de 50 años se encuentra en la Etapa 4, mientras que un hombre de 55 años está en la Etapa 5, a pesar de que ambos están a la misma distancia de su retiro. Al momento de jubilar, ella lo hace a los 60 años en la Etapa 6, mientras que él lo hace a los 65 en la Etapa 7.
En el ámbito internacional, existen modelos que evitan este problema. En el Reino Unido, la entidad NEST construye la trayectoria de inversión basándose en la fecha de jubilación declarada por el afiliado. Por su parte, en Australia, la regulación permite que los fondos Lifecycle MySuper incorporen no solo la edad, sino también el saldo acumulado, la tasa de contribución, el salario y el género como criterios legítimos de diseño.
Ante este escenario, Hernández Fuentes sostiene que los fondos generacionales deberían diferenciarse por sexo para asegurar que las mujeres tengan el mismo nivel de exposición al riesgo que los hombres en momentos equivalentes de sus trayectorias. El autor concluye que la reforma permite una precisión técnica que debería aprovecharse para optimizar la pensión esperada según las variables individuales, proponiendo que no se aplique una misma trayectoria para horizontes distintos, sino trayectorias diferenciadas para cada horizonte real de retiro.






