Panamá cuenta con una producción literaria considerable en el ámbito del cuento, consolidándose como el género más cultivado por los escritores nacionales. A pesar de que se han publicado diversas y apreciables antologías de distinto tipo, existe un vacío notable en la documentación académica y editorial: hasta el momento, no se ha realizado una selección rigurosa dedicada específicamente a la literatura fantástica.
El camino de lo fantástico en las letras panameñas tiene un punto de partida claro. El primer cuento propiamente fantástico del país es “La boina roja”, publicado en 1954 y escrito por Rogelio Sinán (1902-1994), un texto que ha sido ampliamente celebrado. A lo largo del tiempo, diversos críticos han trabajado en documentar la existencia de este tipo de narrativa en la nación, destacando las labores de Fredy Villarreal Vergara, Ela Urriola, Danae Brugiati, Melquiades Villarreal Castillo, Rodolfo De Gracia, Enrique Jaramillo Levi y el chileno Fernando Burgos.
En cuanto a la creación actual, se identifica a Giovanna Benedetti y Cheri Lewis como las dos cuentistas nacionales que, por calidad y cantidad, más y mejores relatos fantásticos han publicado hasta la fecha. No obstante, es necesario reconocer que lo fantástico no constituye, por el momento, el sesgo predominante dentro de la cuentística escrita en Panamá.
En este contexto, cobra relevancia la perspectiva del profesor de la Universidad de Panamá, Ricardo Segura. El crítico señaló el carácter precursor de Enrique Jaramillo Levi (1944), quien es reconocido como el primer autor panameño en introducir diversas variantes de la literatura fantástica en el país. Según Segura, la obra de Jaramillo Levi no solo enriqueció el caudal de las letras nacionales, sino que permitió la experimentación con la compleja modalidad denominada “metaficción”.
Para comprender la importancia de este género, es preciso analizar su naturaleza. Lo fantástico se define por ser proteico, poroso e insólito; su función principal es romper lo cotidiano, desquiciándolo sin posibilidad de explicación. El goce estético que produce depende más de la sensibilidad del lector que del conocimiento técnico, ya que los sucesos extraños que presenta no pueden ser explicados como un simple misterio ni comprendidos mediante la razón o la lógica, ya sea dentro o fuera del texto.
Es fundamental diferenciar lo fantástico de otros fenómenos. A menudo se confunde con lo paranormal, que puede tener explicaciones aceptables, o con lo absurdo, lo onírico y lo surreal, que representan formas distintas de realidades extrañas. En la narración fantástica, suele ocurrir un quiebre o una magia imprevista que irrumpe en la realidad sin ser un simple truco, transformando el entorno de manera irreversible. Este proceso se manifiesta frecuentemente a través de la “vuelta de tuerca” o mediante revelaciones insólitas que generan una “epifanía” en el lector. Además, debido a su naturaleza irruptiva y a veces amenazadora, lo fantástico a menudo se adentra en los abismos del horror.
Desde una perspectiva histórica, este tipo de narrativa tiene sus raíces en la literatura gótica de los siglos XVIII y XIX, así como en el surrealismo francés de inicios del siglo XX. También mantiene vínculos tangenciales con la ciencia ficción de autores como Julio Verne, H.G. Wells, Ray Bradbury, Isaac Asimov y Stanislaw Lem. Sin embargo, se reconoce a Edgar Allan Poe como el padre de la literatura moderna fantástica, así como de la de terror y la policíaca, junto a otros autores norteamericanos como Ambrose Bierce y H.P. Lovecraft.
En el contexto latinoamericano, el legado de Poe fue continuado por figuras como los uruguayos Horacio Quiroga y Felisberto Hernández, y los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. Entre las obras referenciales se encuentran “El almohadón de plumas” y “La miel silvestre” de Quiroga; “Las ruinas circulares” y “El jardín de los senderos que se bifurcan” de Borges; y “Axolotl”, “La noche boca arriba” y “Continuidad de los parques” de Cortázar.
Para que un texto sea estrictamente fantástico, debe evitar que lo inverosímil sea justificable mediante pesadillas, alucinaciones, el uso de drogas o estados de delirium tremens. Asimismo, se diferencia del realismo mágico, como el de Gabriel García Márquez en “Cien años de soledad”, o de “lo real maravilloso” propuesto por el cubano Alejo Carpentier en obras como “El reino de este mundo” y “Los pasos perdidos”. En estos últimos, lo sobrenatural es parte intrínseca de la cultura o de la naturaleza de una región, requiriendo solo una percepción aguda del lector para aflorar.
Finalmente, se plantea que la organización de una antología cuidadosa de la mejor literatura fantástica panameña es una tarea pendiente que debe realizarse, siempre y cuando la iniciativa se base en una calidad demostrable de las obras seleccionadas.






