El análisis sobre el legado de la Revolución francesa y la influencia del pensamiento de Jean-Jacques Rousseau plantea una lectura crítica sobre la naturaleza de la libertad individual en Occidente. Según se desprende de las reflexiones de Bernardo Tobar Carrión, el proceso revolucionario francés no cumplió con la promesa de brindar libertad al pueblo, sino que, por el contrario, instauró un sistema de totalitarismo basado en una concepción falsa de la soberanía popular.
El punto de partida de esta crítica se centra en la figura del filósofo ginebrino, Jean-Jacques Rousseau, y su defensa del igualitarismo. Esta postura fue cuestionada en su momento por Voltaire, quien, tras analizar los argumentos de Rousseau, afirmó que jamás se había empleado tanto ingenio para convertir a los seres humanos en bestias. Esta visión coincide con la perspectiva del pensador Isaiah Berlin, quien situó a Rousseau como uno de los principales enemigos de la libertad. El motivo residiría en su igualitarismo de corte jacobino, el cual se transformó en uno de los pilares ideológicos de la Revolución francesa, permitiendo que el totalitarismo se ocultara bajo la fórmula de la soberanía popular.
La implementación de estos ideales tuvo consecuencias devastadoras. El periodo iniciado con la toma de la Bastilla se describe como una etapa negra y sanguinaria. Un ejemplo crítico de este proceso fue el exterminio de aproximadamente 250.000 habitantes, mayoritariamente del pueblo de La Vendée. Este hecho es señalado como el primer genocidio en Occidente decretado por la máxima autoridad de un Estado, en este caso, la Asamblea Nacional Constituyente. Dicha asamblea actuaba como depositaria de una soberanía que el padre espiritual de la revolución atribuía al pueblo, aunque el texto califica esta noción de "pueblo" como una entelequia que no posee soberanía real, sino que carga con las facturas y fracturas derivadas de las veleidades del poder.
Asimismo, se cuestiona la existencia misma del contrato social, calificándolo como otra invención de Rousseau. El argumento sostiene que este pacto es una imaginación, ya que no ha sido votado ni consentido por la ciudadanía. Como excepción notable se mencionan los Artículos de la Confederación acordados en Pensilvania en 1777, un caso particular que podría explicar la solidez de la democracia norteamericana a pesar de sus propios defectos.
Desde esta perspectiva, la representación del pueblo a través de una asamblea es vista como una fabulación útil para el juego político. Se denuncia que a los ciudadanos nunca se les consulta si desean convivir bajo un modelo de tribu o formar una república, ni si prefieren gestionar su propio destino o hipotecarlo en manos de unos pocos burócratas iluminados. En la práctica, la consulta popular se limita a detalles operativos, como la elección entre un régimen presidencialista o parlamentario, la designación de jueces, la gestión de servicios públicos o la delimitación entre la policía y las fuerzas armadas, asuntos considerados de segundo o tercer orden.
Este patrón de imposición también se manifestó en el ámbito religioso. Se subraya que al pueblo francés, profundamente religioso en aquella época, no se le preguntó si estaba de acuerdo con el exterminio de los sacerdotes que se opusieron al nuevo orden secularizador y anticatólico. Esta contradicción pone en duda el concepto de "fraternidad" que promovía la revolución.
En conclusión, se plantea que la Revolución francesa, al igual que otros procesos revolucionarios, no representó un avance real en términos de libertades individuales. En lugar de liberar a la sociedad, el resultado fue la sustitución de las élites que controlaban los hilos del totalitarismo, manteniendo intacta la estructura de control sobre el individuo.





