Después de un prolongado periodo de incertidumbre que se extendió por casi 17 meses, se ha confirmado el trágico destino de María Angélica Romero, una docente jubilada de 65 años de edad. La mujer, cuya desaparición había conmocionado a la localidad de La Silleta, en la provincia de Salta, fue identificada formalmente mediante una prueba de ADN, cerrando así una etapa de búsqueda desesperada pero dejando abiertas interrogantes fundamentales sobre el final de su vida.
El proceso de identificación fue el resultado de una serie de procedimientos periciales y genéticos realizados sobre restos óseos que habían sido hallados tiempo atrás. Estos restos fueron localizados en una finca situada en la zona de El Encón Grande. El descubrimiento ocurrió de manera fortuita cuando dos hombres, que se encontraban realizando diversas tareas laborales en dicha zona rural, encontraron un cráneo humano. Ante la gravedad del hallazgo, los trabajadores procedieron a dar aviso inmediato a las autoridades policiales, iniciando así una cadena de investigaciones técnicas.
Una vez reportado el hallazgo, la División de Personas Desaparecidas de la Policía de Salta tomó el control de la situación. Esta unidad especializada se encargó de avanzar con las tareas investigativas pertinentes en el terreno y de recolectar la evidencia necesaria para determinar la procedencia de los restos. Todo el progreso de estas diligencias fue comunicado de manera sistemática al Ministerio Público Fiscal (MPF), organismo encargado de coordinar la acción judicial y legal del caso.
La confirmación definitiva de que los restos pertenecían a María Angélica Romero no fue inmediata, sino que requirió la intervención de estudios genéticos avanzados. Fue la prueba de ADN la herramienta definitiva que permitió a los investigadores y a la familia obtener la certeza sobre la identidad de la mujer, poniendo fin a la búsqueda activa que se había mantenido desde el momento de su desaparición.
Para comprender el contexto de este caso, es necesario remontarse al 12 de marzo de 2025, fecha en la que Romero desapareció. Según los registros del caso, la docente salió de su vivienda durante las primeras horas de la mañana y, desde ese momento, no regresó ni volvió a tener contacto con sus allegados. A partir de entonces, se inició un despliegue de búsqueda para intentar determinar su paradero.
Uno de los factores que complicó significativamente el avance de las primeras investigaciones fue un detalle crítico: al momento de salir de su hogar, María Angélica Romero no llevaba consigo ninguna documentación personal. Esta ausencia de identificaciones dificultó la tarea de las autoridades en los primeros rastreos y en la posibilidad de identificarla rápidamente en caso de haber sido encontrada en algún centro asistencial o lugar público durante los primeros días.
A pesar de los obstáculos, durante los meses posteriores a su desaparición, las autoridades mantuvieron una búsqueda intensa. Mientras tanto, el entorno familiar y los allegados de la docente permanecieron en una espera angustiante, aguardando cualquier dato que permitiera localizarla o comprender qué había sucedido aquella mañana de marzo.
María Angélica Romero no era una desconocida en su comunidad. La mujer se encontraba jubilada, pero era ampliamente reconocida y respetada por su trayectoria profesional. Se había destacado como profesora de Historia y también en la enseñanza de catequesis, labores que dejaron una huella en quienes fueron sus alumnos y colegas. Debido a su perfil y a su rol en la sociedad local, su desaparición había generado una profunda preocupación y un sentimiento de solidaridad en toda la comunidad de La Silleta.
Actualmente, aunque la identificación de los restos ha brindado una respuesta sobre el paradero de la docente, la causa judicial sigue abierta y activa. El foco de la investigación se ha desplazado ahora hacia el análisis forense y judicial para determinar exactamente qué ocurrió en los últimos momentos de la mujer. Los investigadores se concentran en establecer las causas de su muerte y las circunstancias exactas que llevaron a que sus restos fueran depositados en una finca de El Encón Grande, aspectos que, hasta la fecha, no han podido ser esclarecidos por las autoridades competentes.






