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Lealtad más allá de la muerte: las mascotas que custodian los museos de Uruguay

Coquimbo, Martín, Foque y la gallina de Diego Lamas conservan el afecto que los unió a sus dueños.

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Lealtad más allá de la muerte: las mascotas que custodian los museos de Uruguay

En los pasillos y salas de los museos de Uruguay, existen piezas que capturan la atención de los visitantes no por su valor bélico o político, sino por el vínculo afectivo que representan. Desde perros que acompañaron campañas militares hasta canarios y gallinas, diversas mascotas de figuras destacadas de los siglos XIX y XX han sido preservadas mediante la taxidermia, convirtiéndose en testimonios silenciosos de lealtad y compañía.

Uno de los casos más emblemáticos es el de Coquimbo, un perro criollo que hoy se encuentra en el Museo de la Casa de Gobierno. Según explica Fernando Rodríguez Sanguinetti, director de dicha institución, el animal no era un perro cimarrón, sino un compañero fiel que acompañó al general Venancio Flores. La historia cuenta que Coquimbo apareció el 2 de junio de 1863, durante una batalla a orillas del arroyo Coquimbo, en Soriano. El perro, que andaba suelto, se acercó a Flores y permaneció a su lado, lo que llevó al general a adoptarlo.

Desde ese momento, Coquimbo se convirtió en "un soldado más", acompañando a Flores en sus campañas militares, incluida la Guerra de la Triple Alianza. El vínculo se mantuvo intacto hasta el final de la vida del general. El 19 de febrero de 1868, día en que Flores fue asesinado, Coquimbo estaba presente e intentó alertar a su dueño sobre el peligro, tratando de impedir que saliera de la casa. Tras la muerte del general, el perro fue heredado por Julio Herrera y Obes, secretario de Flores y futuro presidente de la República.

Coquimbo falleció cuatro años después y fue embalsamado. A pesar de que Herrera y Obes atravesó posteriormente una situación económica precaria, se negó a vender o rematar al animal. Al morir el perro, se le colocó un collar fechado en 1872 que luce el escudo nacional y una figura de la República, junto a una inscripción escrita en primera persona: “Coquimbo me llamé: del héroe el sueño / mil veces he velado en la campaña. / Siempre fiel le seguí, y hoy mi recuerdo / la memoria del mártir acompaña”. Tras la muerte de Herrera y Obes en 1912, el perro fue colocado a sus pies durante la capilla ardiente, antes de pasar al Museo Histórico Nacional y, finalmente, al Museo de la Casa de Gobierno.

La preservación de mascotas no fue un hecho aislado. Juan Zorrilla de San Martín, el reconocido poeta, mantenía en su hogar una variedad de animales, entre los que destacaba Martín, un canario que tenía una relación muy cercana con su dueño. Según relata el artista Ramón Cuadra, el ave solía posarse en los dedos del poeta y le arreglaba los bigotes. El vínculo era tan estrecho que, tras la muerte de Zorrilla el 3 de setiembre de 1931, el canario dejó de cantar y murió pocos días después. La familia decidió embalsamarlo y conservarlo en el museo ubicado en la antigua casa de veraneo del poeta.

Otro ejemplo insólito se encuentra en una de las sedes del Museo Histórico Nacional: una gallina que perteneció al coronel Diego Lamas. El animal era tratado como un miembro más de la familia, habiendo sido apartada del gallinero. Tras la muerte de Lamas en un accidente hípico en 1898, la gallina adquirió un valor casi sagrado para la colectividad política blanca, llegando incluso a inspirar una receta denominada “huevos a la Diego Lamas”. El animal fue fotografiado en vida junto a sus huevos y, tras morir en 1900, fue taxidermizada por Sabas Canosa, quien envió la pieza a la familia describiéndola como la "verdadera gallina histórica".

Finalmente, el Museo Naval conserva la memoria de Foque, un perro mestizo que se integró a la tripulación del velero escuela Capitán Miranda en 1987. Foque navegó durante 12 años, recorriendo 222.761 millas náuticas y visitando decenas de puertos. Debido a su costumbre de permanecer cerca de la primera vela a proa, recibió su nombre. Su integración fue tal que en 1994 fue ascendido a Cabo de Primera Clase, contando incluso con su propio uniforme basado en el ceremonial naval.

Foque murió en Grecia en 1999. Aunque hubo intenciones de despedirlo en el mar envuelto en la bandera, la tripulación se opuso y recolectó fondos para trasladar su cuerpo refrigerado a Uruguay y embalsamarlo. Actualmente, Foque es una de las atracciones más destacadas para las visitas escolares, superando en impacto a objetos vinculados a la batalla de Trafalgar o al Graf Spee, consolidándose como el recuerdo más vívido para los niños que visitan el museo.

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