Un nuevo episodio del fenómeno meteorológico El Niño se ha comenzado a desarrollar desde finales de mayo, generando una profunda preocupación entre las autoridades sanitarias debido a su potencial impacto en la salud de las poblaciones de América Latina y el Caribe. Este fenómeno natural, que se origina con el calentamiento anómalo de las aguas del Océano Pacífico ecuatorial, tiene la capacidad de desordenar los patrones de lluvia y temperatura en gran parte del globo, lo que puede derivar en brotes epidémicos de dengue y otras infecciones en decenas de países de la región.
Ante este escenario, expertos de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) han elaborado un informe de inteligencia sanitaria, publicado en la Revista Panamericana de Salud Pública, en el cual advierten que El Niño representa riesgos simultáneos tanto para la salud pública como para la seguridad humanitaria. Según las proyecciones del informe, este fenómeno se mantendrá activo hasta bien entrado el verano austral de 2027, identificando siete riesgos principales asociados a sus alteraciones climáticas.
El mecanismo de El Niño es simple en su origen pero amplio en sus consecuencias: el calentamiento excesivo del Pacífico altera el clima global. En el hemisferio sur, se prevé que los efectos más intensos se manifiesten desde el invierno actual hasta el verano del próximo año. No obstante, el informe destaca que las temperaturas oceánicas y atmosféricas excepcionalmente cálidas podrían amplificar o modificar las anomalías previstas, sugiriendo que el impacto podría ser más intenso de lo que anticipan los patrones históricos.
El impacto varía drásticamente según la geografía. Durante el invierno austral, regiones como Centroamérica, el Caribe, el norte de Sudamérica y la cuenca del Amazonas enfrentan condiciones más secas y calurosas de lo habitual. Esta combinación incrementa significativamente el riesgo de incendios forestales, escasez de agua potable, cuadros de desnutrición y un aumento de enfermedades respiratorias provocadas por el humo de las quemas.
En contraste, otras zonas como Ecuador, el norte de Perú, el oeste de Colombia, el sur de Brasil, Paraguay y Argentina esperan precipitaciones por encima de lo normal. Este exceso de lluvia conlleva riesgos de inundaciones y deslizamientos de tierra que dañan la infraestructura y crean entornos propicios para la propagación de enfermedades transmitidas por insectos y por agua contaminada.
Sobre el caso específico de Argentina, Francisco Chesini, magíster en salud pública y becario doctoral del CONICET, señaló que se esperan precipitaciones más abundantes en el noreste argentino (NEA), lo que podría derivar en inundaciones. Al mismo tiempo, prevé un déficit de lluvias en el norte de La Pampa, San Luis y el sur de Córdoba, situaciones que aumentan el riesgo de incendios. Chesini subrayó la urgencia de prepararse para estos eventos extremos.
La OPS detalló una preocupante relación entre la escasez de agua y la proliferación de enfermedades. En zonas afectadas por la sequía, las personas tienden a almacenar agua en recipientes domésticos, los cuales se transforman en criaderos ideales para el mosquito Aedes aegypti, vector del dengue y el chikungunya. En el caso del chikungunya, la alerta es mayor debido a que algunas poblaciones han perdido inmunidad tras años sin circulación del virus.
Por otro lado, cuando llegan las inundaciones, los sistemas de saneamiento suelen colapsar y las fuentes de agua potable se contaminan. Esto facilita la propagación de infecciones intestinales graves como el cólera y enfermedades parasitarias como la malaria. Además, las lluvias extremas pueden interrumpir las cadenas de vacunación, permitiendo el regreso del sarampión en zonas donde ya existían brechas de inmunización. La organización incluyó también en su lista de riesgos el estrés por calor y los impactos negativos sobre la salud materna e infantil.
La vulnerabilidad es mayor en países con sistemas de salud débiles, altos niveles de pobreza y desplazamientos de población. Por ello, la OPS recomienda a los Estados actuar de inmediato reforzando el acceso al agua potable, intensificando la vigilancia de mosquitos y activando planes de contingencia para incendios y olas de calor. Es fundamental que los sistemas de salud crucen datos climáticos y sanitarios en tiempo real, monitoreando simultáneamente temperaturas, casos de dengue, señales de cólera y tendencias de malaria.
Desde una perspectiva de gestión de riesgos, Alejandra Bonadé, coordinadora en Gestión Integral de Riesgo y Desarrollo Resiliente de la Universidad Nacional del Delta, enfatizó la necesidad de un abordaje integral. Bonadé instó a la población a reflexionar sobre los impactos indirectos, como el posible desabastecimiento de insumos, la dificultad de acceso a centros de salud o el corte de rutas debido a inundaciones.
Finalmente, los especialistas recomiendan a la ciudadanía seguir las fuentes meteorológicas oficiales y elaborar un plan familiar de emergencia. Sugieren resguardar en bolsas plásticas con cierre hermético la documentación personal, los carnets de vacunación y la medicación necesaria. La premisa fundamental es evitar la improvisación, aprovechando el tiempo de alerta que el fenómeno de El Niño ha brindado para la preparación previa.






