El conflicto bélico entre Rusia y Ucrania ha comenzado a cobrar un costo humano directo para Panamá, manifestándose en una tragedia que atraviesa fronteras y divide ideologías. En los últimos días, dos familias de la provincia de Colón han sido notificadas sobre el presunto fallecimiento de sus seres queridos en el frente de batalla. Lo que hace más dolorosa la situación es que ambos jóvenes, movidos por circunstancias distintas, terminaron vistiendo uniformes contrarios y luchando por banderas ajenas.
Uno de los casos es el de Michael Navas. Su madre, Erminia Mariota, recibió la noticia mientras se encontraba en la iglesia. A través de una llamada, se le informó que su hijo figuraba como un “soldado caído” en territorio ucraniano. Según la versión recibida desde Ucrania, Navas habría perdido la vida mientras intentaba evacuar a siete personas heridas en el frente de batalla, un acto que le valió ser calificado como un héroe. No obstante, el desenlace fue trágico: un dron lo habría matado durante su regreso. A pesar de la notificación, el cuerpo de Michael no ha sido localizado debido a que se encuentra en una zona de guerra activa.
La historia de Michael está marcada por el engaño. Meses atrás, el joven se despidió de su madre en Calidonia, asegurándole que viajaría a Turquía para trabajar y concretar la compra de un automóvil. Erminia solo descubrió la verdad semanas después, al ver un video en TikTok donde su hijo aparecía con uniforme militar. Al ser cuestionado, Michael confesó que estaba en Ucrania como soldado y que no podía abandonar el ejército porque, de hacerlo, sería encarcelado. Su madre sostiene que fue llevado con engaños y promesas de dinero que resultaron ser falsas. Actualmente, Mariota ha acudido a la Cancillería y a la Fiscalía, exigiendo que el Gobierno panameño gestione la localización y repatriación de los restos de su hijo.
Simultáneamente, otra familia colonense atraviesa el duelo por Abimael Becerra Ortiz, un joven de 19 años que combatía en el ejército ruso. A diferencia del caso anterior, Becerra Ortiz sabía que se incorporaba a las fuerzas rusas, una decisión impulsada por la falta de oportunidades laborales en Panamá. El contacto se dio a través de un conocido que ya se encontraba en el conflicto. Tras viajar a Moscú en junio y firmar su contrato, el joven mantuvo comunicación diaria con sus padres y su hermana, Joscelyn Ortiz, asegurando que su propósito era ayudar económicamente a su familia.
El último contacto con Abimael ocurrió el 2 de agosto. Dos días después, un combatiente colombiano que sobrevivió a una misión informó a la novia del joven que el panameño había muerto tras la explosión de una mina en territorio ucraniano. Al igual que en el caso de Navas, la familia de Becerra Ortiz no ha recibido respuestas concretas sobre el paradero del cuerpo por parte de la representación diplomática rusa ni de la Cancillería panameña. Para Joscelyn Ortiz, su hermano es el reflejo de decenas de latinoamericanos que, empujados por la necesidad económica, terminan peleando en una guerra que no les pertenece.
Este fenómeno, que hasta hace poco era invisible en la agenda pública panameña, ha comenzado a emerger con fuerza. Hasta la fecha, el único fallecimiento confirmado oficialmente por las autoridades es el de Luis Alberto Villarreal Prado. De confirmarse las muertes de Navas y Becerra, la cifra ascendería a tres víctimas panameñas. Según datos de la Cancillería, se tiene conocimiento de aproximadamente 30 ciudadanos panameños vinculados al conflicto.
Otro caso emblemático es el de Osvaldo Guillén, quien salió del país en mayo bajo la promesa de operar maquinaria pesada para remover escombros en Ucrania. Sin embargo, terminó recibiendo entrenamiento militar y firmando documentos en un idioma desconocido. Guillén dejó de comunicarse con su familia y, aunque existen reportes extraoficiales de su muerte, oficialmente figura como desaparecido. Su familia ha sido informada de que debe esperar un tiempo prudencial para la búsqueda y que, de no recuperarse el cuerpo, deberán solicitar una declaración judicial de fallecimiento ante un juez ucraniano tras seis meses de espera.
Estas historias revelan un patrón de vulnerabilidad donde la desinformación y la precariedad económica conducen a jóvenes panameños hacia uno de los conflictos más sangrientos de la era moderna, dejando tras de sí familias que claman por respuestas y la repatriación de sus seres queridos.






