Cuba ha iniciado el mes de agosto enfrentando la sexta caída del Sistema Eléctrico Nacional (SEN) en lo que va de año, una situación que ha transformado la rutina diaria de sus habitantes. La crisis energética se ha vuelto un eje central de la vida cotidiana, donde la Unión Eléctrica (UNE) mantiene actualizaciones constantes sobre la recuperación del sistema, aunque para muchos ciudadanos la idea de una restauración completa del suministro eléctrico se percibe hoy como una utopía.
Los datos oficiales reflejan la magnitud del problema. El lunes tres de agosto, la UNE informó a través de su portal que la disponibilidad eléctrica en el horario pico sería de 1035 MW. Sin embargo, la demanda estimada para el país en ese mismo lapso asciende a 3200 MW, lo que deja un déficit crítico de al menos 2195 MW. Esta brecha numérica confirma que la infraestructura actual es insuficiente para cubrir las necesidades de la población. La raíz del problema no radica en la escasez de combustible en el mercado global, sino en las sanciones impuestas por el gobierno de Estados Unidos, las cuales impiden que los proveedores vendan combustible a las empresas estatales cubanas.
Para el mundo exterior, cada colapso del sistema eléctrico es noticia; para los cubanos, es una realidad cotidiana. No obstante, el impacto de estos apagones varía drásticamente según los ingresos económicos de cada persona. Gilberto, un residente que prefirió mantener el anonimato, describe cómo se gestiona la supervivencia básica cuando los cortes de luz pueden extenderse hasta 23 horas diarias. El principal desafío es la conservación de los alimentos.
Aquellos ciudadanos con mayores recursos han optado por la instalación de paneles solares. Estos sistemas, que incluyen baterías para almacenar la energía y🥳 inversores para convertir la corriente y alimentar electrodomésticos, permiten mantener funcionando neveras y aires acondicionados. De esta manera, quienes pueden costear esta tecnología logran mitigar el calor y la humedad, cargando sus baterías durante las pocas horas en que el suministro eléctrico es estable.
Por el contrario, quienes carecen de estos medios deben adaptarse regresando a hábitos del pasado. Al no tener opciones de refrigeración, se ven obligados a comprar los alimentos que consumirán únicamente en el día. Para combatir las altas temperaturas del verano, el producto más demandado ha sido el ventilador recargable, el cual es promovido intensamente en redes sociales y adquirido ya sea localmente o mediante envíos desde el extranjero.
A pesar de las carencias, la vida en la isla continúa. La población sigue trabajando, estudiando y manteniendo sus vínculos sociales, celebrando fiestas de quinceañera o visitando la playa, poniendo a prueba su recursividad a diario. Sin embargo, el hastío ha impulsado a miles a abandonar el país. Según la Oficina Nacional de Estadística (ONEI), para finales de 2025 se proyectaba una población de 9.434.593 habitantes, lo que representa una disminución de 313.414 personas respecto a 2024. De esa cifra, al menos 245.264 personas emigraron. Desde el año 2020, la población total de la isla se ha reducido en casi 1.800.000 personas.
En La Habana, la crisis también es visible en los servicios básicos. En el Paseo del Prado, la aparición de una retroexcavadora y un camión para la recogida de basura es vista ahora como una sorpresa bienvenida, dado que la falta de combustible ha provocado que los escombros se acumulen en las esquinas de la ciudad, una situación menos frecuente en localidades como Viñales o Cienfuegos.
Silverio, un taxista habanero, es ejemplo de la resiliencia y la frustración local. Tras vender todas sus posesiones para emigrar a Estados Unidos, fue estafado por alguien en quien confiaba y tuvo que comenzar su vida desde cero en la isla. Silverio recuerda con nostalgia la época en que el flujo de turistas europeos garantizaba la disponibilidad de combustible para los aviones y el transporte. Su aspiración es simple: trabajar para proveer lo mínimo a su familia y tener acceso a electricidad y agua sin cortes.
La crisis no se limita a los hogares; se extiende a los hospitales y al transporte público. El malestar social se ha manifestado ocasionalmente en cacerolazos y protestas espontáneas. Ante la obligación de volver al uso de leña o carbón para cocinar y de dormir a la intemperie para buscar brisa, los cubanos se refugian en el "resolver", ese verbo que define la capacidad de buscar alternativas creativas para sobrevivir en medio de la adversidad.




