La experiencia de la maternidad es frecuentemente descrita como el momento más especial en la vida de una persona. Sin embargo, para quienes atraviesan este proceso conviviendo con la neurodivergencia, específicamente el Trastorno del Espectro Autista (TEA) y el Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH), el camino puede transformarse en una experiencia traumática debido a la incomprensión sensorial y las deficiencias del entorno hospitalario.
Para una persona gestante con TEA y TDAH, el proceso físico y mental del embarazo no es lineal ni sencillo. La sensación se describe como intentar sintonizar una radio en medio de un huracán, donde el cuerpo experimenta cambios diarios a una velocidad que el cerebro tiene dificultades para procesar. A esto se suma una intensidad sensorial multiplicada, donde los estímulos externos y internos son captados con una fuerza abrumadora. En este contexto, aspectos que para otros podrían resultar naturales, como los movimientos fetales en el vientre o la frecuencia de las citas médicas, representan desafíos de adaptación significativos.
El punto más crítico de esta travesía no reside necesariamente en la gestación, sino en la transición hacia el entorno clínico, específicamente la sala de parto. Para las personas neurodivergentes, la previsibilidad no es un lujo ni un capricho, sino la estructura básica necesaria para evitar la desregulación emocional y sensorial. No obstante, el diseño actual del sistema de salud parece ignorar estas necesidades, presentando entornos hostiles compuestos por luces de neón encandilantes, monitores con pitidos constantes, puertas que se abren sin aviso y una sucesión de intervenciones físicas por parte de médicos y matronas.
Mientras que para un cerebro neurotípico estas condiciones pueden resultar simplemente incómodas, para una persona con TEA y TDAH constituyen una receta directa hacia el colapso sensorial, conocido como "meltdown", o hacia la disociación, denominada "shutdown". Esta vulnerabilidad se convierte en un terreno fértil para una forma invisible de violencia obstétrica: aquella que ocurre cuando la parálisis sensorial ante el dolor o la sobreestimulación es malinterpretada por el personal sanitario.
En lugar de recibir comprensión, la respuesta del sistema suele ser calificar la reacción de la paciente como "exageración", "falta de voluntad", "rebeldía" o una negativa a cooperar. Cuando el miedo y la sobrecarga sensorial anulan la capacidad de hablar de la gestante, la respuesta médica suele derivar en prisa, juicios o frialdad, invalidando la experiencia de la mujer.
Un caso emblemático de esta problemática se presentó durante una hospitalización por Síndrome de Parto Prematuro a las 32 semanas de embarazo. En dicha situación, la paciente tuvo que soportar múltiples tactos vaginales realizados por diversos médicos y matronas para verificar la dilatación, procedimientos que resultaron dolorosos e incómodos. A pesar de haber comunicado su Condición del Espectro Autista, la situación empeoró; la sensación percibida fue que, por el hecho de estar gestando, debía anular su condición y tolerar los malos tratos. Esta secuencia de eventos culminó en un colapso sensorial y una disociación respecto al personal de salud, lo que obligó a la paciente a solicitar el alta voluntaria al sentirse incómoda y fuera de sí.
Ante este panorama, surge una demanda clara que no busca privilegios ni trato preferencial, sino respeto fundamental por la manera en que una mente neurodivergente percibe el mundo. Las necesidades son sencillas pero vitales: contacto visual, explicaciones claras y simples sobre cada paso antes de realizar cualquier procedimiento físico, y el respeto al tiempo necesario para procesar la información y tomar decisiones sobre el propio cuerpo.
La frontera entre un parto seguro y respetado y una experiencia traumática que marque la vida de una persona reside en estos gestos básicos. La salud gineco-obstétrica tiene la urgencia de dejar de ignorar a las personas cuyas mentes funcionan de manera distinta, garantizando que el derecho a parir en paz y con respeto sea una realidad para todas, independientemente de su configuración neurológica.






