El término de las vacaciones de invierno marca el inicio de una etapa de transición fundamental para miles de estudiantes que regresan a sus aulas. Este proceso no se limita únicamente a la organización de los útiles escolares o el cumplimiento de los horarios, sino que implica un ajuste profundo en las rutinas, los niveles de energía y la disposición general hacia el aprendizaje. En este contexto, el bienestar emocional y cognitivo se posiciona como el pilar fundamental para garantizar que este retorno sea exitoso y sostenible en el tiempo.
Según explica Nicole Vargas, académica de la carrera de Fonoaudiología de la UDLA Sede Viña del Mar, este periodo de transición requiere una atención especial y coordinada, involucrando tanto a los establecimientos educacionales como a las familias. La clave reside en comprender que el estudiante no regresa en el mismo estado en que dejó la escuela antes del receso, sino que trae consigo una serie de cambios que deben ser gestionados con cuidado.
Desde una perspectiva del desarrollo infantil, es importante reconocer que los periodos de descanso cumplen funciones esenciales. Estos espacios permiten que el cerebro recupere capacidades críticas como la atención, la memoria y el control de impulsos, que suelen desgastarse durante el ritmo intenso del semestre. Sin embargo, esta misma desconexión puede generar efectos secundarios temporales, tales como desajustes en los hábitos de sueño, dificultades en la autorregulación emocional y una disminución inicial de la motivación.
Por esta razón, se recomienda que los primeros días de clases no se centren exclusivamente en la entrega de contenidos académicos o la presión por el rendimiento. En su lugar, el objetivo primordial debe ser acompañar a los niños y adolescentes en su proceso de reconexión con el entorno escolar, permitiendo que se adapten nuevamente al ritmo y a las interacciones sociales del aula.
Desde el ámbito del hogar, existen diversas acciones concretas que pueden marcar una diferencia significativa en el estado anímico del estudiante. Una de las estrategias más efectivas es el restablecimiento gradual de los horarios de sueño. Al ajustar el reloj biológico unos días antes del regreso formal a clases, se produce un impacto positivo directo en la capacidad de concentración y en el estado de ánimo del alumno, evitando el agotamiento prematuro durante la primera semana.
Asimismo, la comunicación abierta dentro del núcleo familiar es vital. Generar instancias de conversación donde los estudiantes puedan expresar cómo se sienten respecto a la vuelta a clases permite a los adultos identificar temores, ansiedades o resistencias que, en muchas ocasiones, los niños y jóvenes no expresan de manera espontánea. Validar estas emociones es el primer paso para reducir la tensión asociada al retorno.
Otra herramienta simple pero poderosa consiste en motivar a los estudiantes a relatar sus experiencias vividas durante las vacaciones. Conversar sobre sus expectativas para el nuevo semestre o recordar aquellas actividades escolares que realmente disfrutan no solo es un ejercicio afectivo, sino también cognitivo. Estas interacciones reactivan las habilidades de lenguaje, estimulan la memoria y fortalecen los vínculos afectivos, proporcionando la confianza necesaria para retomar el aprendizaje.
Finalmente, es fundamental que el entorno familiar y escolar evite la exigencia de resultados inmediatos. El acompañamiento debe basarse en la paciencia y la contención. Al validar las emociones, mantener una actitud positiva y, sobre todo, reforzar el esfuerzo realizado por encima del rendimiento académico, se contribuye a crear un clima que potencia el desarrollo integral del estudiante.
La escuela y la familia constituyen los dos entornos principales de crecimiento. Cuando ambos trabajan en conjunto, con objetivos compartidos y una comunicación fluida, se garantiza que el regreso a clases deje de ser percibido como un simple trámite administrativo y se transforme en una oportunidad real para aprender, crecer y sentirse bien.






