El sector apícola en Galicia se encuentra en una encrucijada económica y productiva. A los desafíos ya conocidos, como la lucha contra la avispa velutina y los efectos del cambio climático, se ha sumado una presión competitiva insostenible derivada de las importaciones de bajo coste. Actualmente, muchos supermercados ofrecen mieles importadas a precios que pueden llegar a ser la mitad de los de la miel local, lo que coloca a los productores gallegos en una posición de extrema vulnerabilidad.
La gravedad de la situación se refleja en las cifras. Según las referencias recientes del sector, el precio de la miel en origen oscila entre los 3,30 y 3,50 euros por kilo. Sin embargo, los costes reales de producción se han elevado hasta situarse en un rango de entre 5,30 y 5,50 euros. Esta brecha financiera hace que la actividad sea deficitaria si se depende exclusivamente de la venta de miel. En una comunidad que cuenta con unas 4.500 explotaciones apícolas, la fragilidad es evidente: solo unas 300 de ellas viven exclusivamente de la producción de miel, lo que obliga al resto a buscar alternativas para sobrevivir.
En este contexto, la diversificación ha dejado de ser una opción deseable para convertirse en una necesidad imperativa. Eva Seijo, gestora de Mieles JS, es un ejemplo tangible de esta transformación. Con 265 colmenas y una producción anual de unos 6.000 kilos, Seijo ha profesionalizado una actividad que comenzó como un complemento de renta impulsado por su padre. Aunque en una etapa la apicultura fue su principal fuente de ingresos, hoy defiende que es sumamente complicado para los pequeños productores vivir únicamente de la miel debido a la dependencia de la climatología, las bajas cosechas y el aumento constante de los costes operativos.
La Agrupación Apícola de Galicia coincide en este diagnóstico y sostiene que el futuro del sector pasa por obtener un mayor valor de cada colmena. La estrategia consiste en aprovechar todo el potencial de los productos apícolas. Además de la miel, han cobrado una relevancia crucial el polen, el propóleo, la cera y la jalea real, así como la elaboración de especialidades basadas en estos componentes. Asimismo, la venta de enjambres y colmenas se ha vuelto fundamental para ayudar a otros productores a reponer las pérdidas causadas por la varroa y la avispa velutina.
Para Eva Seijo, la diversificación debe adaptarse a la realidad de cada explotación. En su caso, la producción de polen no es viable debido a que sus colmenares están alejados de la envasadora y requieren una atención diaria. Por ello, estudia la incorporación del propóleo, un producto con una demanda creciente tanto en el sector cosmético como en otras industrias. Según Seijo, cuanto más diversificada esté la producción, mejor será la resiliencia de la explotación.
Una de las salidas más innovadoras ha sido la incursión en la cosmética apícola. Desde la pandemia, la Agrupación Apícola de Galicia impulsa Belacolmea, un proyecto que utiliza miel gallega, productos de la colmena y aceites esenciales para crear cremas, bálsamos y labiales. El objetivo de esta iniciativa es profesionalizar una actividad que muchos apicultores ya realizaban de forma artesanal, pero que carecía de registros sanitarios y formulaciones normalizadas. Seijo, una de las primeras en sumarse al proyecto, destaca que esto permite llevar productos con un mayor valor añadido al mercado, aumentando la rentabilidad global.
La acogida de estos productos cosméticos, especialmente los bálsamos reparadores y las cremas faciales, ha sido muy positiva en tiendas de proximidad y establecimientos de productos naturales. La Agrupación Apícola de Galicia subraya que el polen y el propóleo tienen un potencial enorme gracias a la calidad de las materias primas obtenidas en los entornos naturales del monte gallego.
No obstante, los retos externos siguen siendo severos. La llegada de la avispa velutina marcó un punto de inflexión negativo, obligando a los apicultores a incrementar las visitas a los colmenares y, por ende, a elevar el gasto en combustible y tiempo. A esto se suma el desajuste en los ciclos naturales provocado por el cambio climático. Seijo advierte que, desde hace siete u ocho años, las abejas ya no aprovechan las floraciones como antes, ya que las lluvias o el calor fuera de plazo provocan que los árboles florezcan desacoplados de la actividad máxima de las abejas. Esto genera incertidumbre y obliga, en muchos casos, a recurrir a la alimentación suplementaria de las colmenas para que sobrevivan al otoño y al invierno, mermando aún más la rentabilidad.
Finalmente, el sector reclama una mayor transparencia en el etiquetado de las mieles importadas de países como China, Turquía o Argentina. Los productores defienden la Indicación Geográfica Protegida (IGP) Miel de Galicia como la única garantía real de origen y calidad para el consumidor. Ante la proliferación de productos excesivamente baratos, el sector insta a los consumidores a desconfiar y a valorar el producto local, entendiendo que la miel seguirá siendo el corazón de la apicultura, pero que la supervivencia del oficio dependerá de su capacidad para diversificar sus ingresos.





