generalEl embalse El Peñol-Guatapé: un espejo de agua que oculta tragedias recurrentes
Llegar a El Peñol y Guatapé es como asomarse a un pedacito de mar tierra adentro. El horizonte se abre entre pequeñas islas y el azul se divide limpiamente entre el cielo y el agua. Lo que muchos no saben cuando llegan con neveras, flotadores y ánimo de fiesta es que ese espejo de agua se traga, año a año, múltiples vidas. El embalse fue construido entre 1970 y 1978 por EPM. Inundó el casco urbano del antiguo Peñol, creó una represa de más de 2.262 hectáreas con profundidades que superan los 45 metros y hoy aporta el 10 % de la energía del Sistema Interconectado Nacional. También recibe cerca de 20.000 turistas cada fin de semana —el triple de la población de Guatapé— con 250 embarcaciones, fincas de alquiler, planchones con licor, motos acuáticas y colchones inflables. Y hay muertos. Le puede interesar: Caso Alexander Avendaño: operador del planchón asegura que hubo agresiones contra su personal Según los registros del Cuerpo de Bomberos de Guatapé, entre 2016 y 2025 murieron ahogadas 36 personas solo en ese municipio. En 2020 —el único año de cierre turístico por la pandemia— la cifra fue cero. En todos los demás años hubo víctimas, sin excepción. El año más letal fue 2017, con nueve muertes. Esos números no incluyen los casos en jurisdicción de El Peñol. Bomberos, alcaldías y EPM no han entregado una cifra consolidada para el embalse completo. Lo que sí existe es un hilo de tragedias que se repite con una regularidad perturbadora, y que esta reconstrucción de archivo intenta unir. El 25 de junio de 2017, la embarcación El Almirante zarpó del malecón con cerca de 170 personas a bordo, sin permiso de salida y sin cumplir normas técnicas. Cinco minutos después comenzó a hundirse. Tardó 15 minutos en desaparecer. Nueve personas murieron. Las investigaciones revelaron que ese día no había inspector fluvial de turno. Meses antes, El Almirante ya había tenido otro accidente. Aun así, siguió operando. Antes de esa tragedia, Guatapé ya acumulaba víctimas. En enero de 2016, Juan Carlos Castrillón Londoño, vendedor ambulante de 43 años, se metió a nadar solo en la zona del puente La Ceja. Las autoridades explicaron que esas aguas parecen tranquilas en la superficie, pero en el fondo el fango atrapa y no suelta. No volvió a salir. Los registros de Bomberos confirman cinco muertes en su jurisdicción solo ese año. En marzo de 2017, los hermanos Jhonatan y Leiner Carvajal —de 19 y 31 años— pescaban en el embalse cuando uno cayó al agua. El otro saltó a rescatarlo. Ninguno salió sino hasta que los cuerpos fueron hallados. Esa secuencia —alguien cae, alguien salta a ayudar, los dos se ahogan— se repetiría en otras tragedias. Habla de aguas que engañan y de un frío que paraliza antes de que el pánico pueda razonar. 2020 fue el único año que pasó sin muertes. Cuando las restricciones de la pandemia se levantaron, los ahogamientos volvieron: tres en 2021, cuatro en 2022. En abril de 2022 cayeron al agua Saray Narváez, de 23 años, y Estefany Garzón, de 27, cuando su moto acuática se volcó después de que una intentara alcanzar una gorra que se había caído. Ninguna llevaba chaleco. Estefany fue rescatada ese día sin signos vitales. El cuerpo de Saray apareció seis días después, a 35 metros de profundidad. Lea además: Caso del joven ahogado en embalse de Guatapé: la familia le dio el último adiós y hablaron los primeros testigos En agosto, Santiago Areiza Henao, de 19 años, se lanzó a seguir a unos amigos que flotaban en un colchón inflable a diez metros de la orilla. Empezó a pedir auxilio casi de inmediato. Lo hallaron a cinco metros de profundidad. Veinte minutos habían pasado. Al cerrar 2022, los bomberos reportaban 18 muertos en cinco años, todos sin chaleco, y un diagnóstico funesto: no existe en Colombia otro destino turístico cuyo principal atractivo haya cobrado tantas vidas en ese lapso. En 2024, el pescador Emil Giovany Vargas López, de 20 años, desapareció tras un accidente de embarcación en El Peñol. Diecinueve días después, un menor venezolano de 15 años tomó sin permiso un kayak en una finca de la vereda El Morro, remó hacia el otro lado del embalse y se lanzó a nadar con ropa y sin chaleco. Su cuerpo fue hallado al día siguiente, a ocho metros, tras un operativo con diez buzos. En julio de 2025 murió Pablo Muñoz, conocido en el malecón por bucear en busca de objetos que los turistas dejaban caer desde los planchones. Siga leyendo: Video | Giro en caso de Alexánder Avendaño, el joven hallado muerto en embalse El Peñol-Guatapé Pablo entró al agua con careta y aletas, pero sin tanque de oxígeno. A los veinte minutos no había vuelto a la superficie. Bomberos Guatapé cerró 2025 con cuatro muertes por inmersión. Ese mismo año, en noviembre, murió Marlene Anatalia Canaan de Lora, turista dominicana de 45 años, electrocutada al tocar cables de energía desde una embarcación. El 24 de mayo de 2026, Alexander Avendaño Varela, de 22 años, cayó desde un planchón en el sector El Marial. Un video mostró a varios jóvenes agrediéndolo mientras voces gritaban “¡ahóguenlo!”. Nadie tenía chaleco. Nadie saltó a rescatarlo y los hechos que rodean esta tragedia, si fue accidental o un homicidio, siguen siendo investigados. Después de una búsqueda de cinco días, hallaron su cuerpo. El Ministerio de Transporte, por su parte, anunció posibles sanciones contra el operador de la embarcación. Las muertes en el embalse no tienen base de datos centralizada ni responsable claro. La Policía patrulla 76.000 hectáreas con una sola embarcación y, durante tres años, el embalse estuvo sin inspector fluvial en propiedad —nombrado recién en 2021, cuatro años después de la tragedia de El Almirante—. Los registros oficiales de Bomberos Guatapé suman 36 muertes entre 2016 y 2025 en su sola jurisdicción. Sumando los casos de El Peñol y el de 2026, la cifra de la última década supera los 40 y se aproximaría a los 50. La diferencia no es un error de cálculo: es el tamaño del silencio frente a una tragedia que se repite, puntual, cada año con un patrón común: la falta de controles de seguridad. Al cierre de esta edición, EPM y Bomberos El Peñol no han confirmado cifras oficiales de la última década.
martes, 9 de junio de 2026, 03:49
CO
elcolombiano
El paisaje que ofrece el embalse El Peñol-Guatapé se presenta ante el visitante como un fragmento de océano trasladado al interior del continente. Para quien llega a este destino, la experiencia visual es impactante: el horizonte se despliega entre la formación de pequeñas islas y el azul del agua se fusiona con el del cielo en una división limpia y atractiva. Sin embargo, esta apariencia de paraíso tropical esconde una realidad mucho más sombría y peligrosa para quienes lo frecuentan.
Detrás de la belleza escénica, el embalse se ha convertido en un escenario de tragedias constantes. La historia reciente del lugar está marcada por la pérdida de vidas humanas que se repite año tras año. Entre los eventos más destacados que evidencian esta problemática se encuentra el naufragio de la embarcación El Almirante, ocurrido en el año 2017, y el caso más reciente de la muerte del joven Alexánder Avendaño, registrada en mayo de 2026. Estos sucesos subrayan una tendencia alarmante donde el espejo de agua, lejos de ser solo un sitio de recreación, se traga múltiples vidas de manera recurrente.
El flujo de personas hacia El Peñol y Guatapé es masivo, especialmente durante los fines de semana. Se estima que el embalse recibe cerca de 20.000 turistas en cada uno de estos periodos, una cifra que resulta impactante al compararla con la demografía local, ya que representa el triple de la población total del municipio de Guatapé. Esta afluencia masiva de visitantes llega acompañada de una cultura de esparcimiento que, en ocasiones, ignora los riesgos inherentes al entorno. Muchos de estos turistas llegan al lugar equipados con neveras, flotadores y un ánimo festivo, sin plena conciencia de la peligrosidad de las aguas en las que se sumergen.
La infraestructura recreativa que sostiene este turismo es amplia y diversificada. En el embalse operan aproximadamente 250 embarcaciones, complementadas por una oferta de fincas de alquiler, motos acuáticas y los denominados planchones con licor. Esta combinación de actividades recreativas, el consumo de alcohol y el uso de embarcaciones en un cuerpo de agua de grandes dimensiones crea un entorno donde el peligro acecha constantemente a los bañistas y navegantes.
Para comprender la magnitud del riesgo, es necesario analizar la naturaleza técnica y la historia de la represa. El embalse fue construido por EPM en el periodo comprendido entre 1970 y 1978. El proceso de creación de este cuerpo de agua implicó la inundación del casco urbano del antiguo Peñol, transformando la geografía de la zona para dar paso a una represa que hoy abarca más de 2.262 hectáreas. Uno de los datos más críticos para la seguridad de los turistas es la profundidad del agua, la cual supera los 45 metros en diversas zonas, convirtiéndolo en un entorno hostil para quienes no cuentan con el equipo o la preparación adecuada.
Más allá de su función como destino turístico, el embalse El Peñol-Guatapé posee una importancia estratégica fundamental para la infraestructura del país. Actualmente, esta obra de ingeniería aporta el 10 % de la energía total del Sistema Interconectado Nacional, consolidándose como un pilar energético esencial.
En conclusión, el embalse representa una dualidad constante: por un lado, es una fuente vital de energía y un motor económico impulsado por miles de visitantes cada semana; por el otro, es un lugar donde la profundidad y la falta de precaución han dejado un rastro de víctimas mortales. Desde el naufragio de 2017 hasta las pérdidas más recientes en 2026, el cuerpo de agua sigue siendo un recordatorio de que la belleza del paisaje no exime la existencia de peligros letales.