El 11 de septiembre de 1973, el bombardeo de la residencia oficial del presidente Salvador Allende en la avenida Tomás Moro no solo marcó el inicio de un periodo oscuro para Chile, sino que resultó en la pérdida y el saqueo de un vasto patrimonio artístico y cultural. Entre los objetos desaparecidos destaca una colección de más de un centenar de huacos peruanos que se encontraban en el despacho presidencial, piezas que, según la cosmovisión andina, son consideradas entidades vivas con historias propias por contar.
La residencia de Tomás Moro era descrita por Joan Garcés, asesor del presidente, como una suerte de museo. En sus muros colgaban obras de artistas de la talla de Picasso, Miró, Matta, Guayasamín, Siqueiros y Roberto Matta, además de un mural de mosaico con el Escudo Nacional realizado con piedras preciosas por María Martner. En el despacho, las repisas no estaban ocupadas por libros, sino por más de cien huacos, vasijas cerámicas que en el mundo andino se categorizan como Wak’as, términos referidos a lugares, seres o cosas altamente sacralizados y poderosos.
La afición por la arqueología era compartida por la primera dama, Hortensia Bussi, conocida como “Tencha”, quien participaba en campañas de terreno y mantenía vínculos con coleccionistas como Gonzalo Domínguez Vieytes. Muchas de las piezas de la colección Allende-Bussi fueron regalos de amigos y artistas. Sin embargo, tras el golpe de Estado, la mayor parte de este acervo desapareció.
El testimonio de Moy de Tohá, quien ingresó a la residencia con autorización militar poco después del ataque, describe una escena de devastación. Los cuadros de Matta y Guayasamín habían sido acuchillados y los sillones descuartizados. En el dormitorio presidencial se encontraba un oficial con una botella de whisky, mientras que en el salón, sobre un sillón diseñado por Matta, una perra paría, contrastando la vida con la destrucción del entorno. Hortensia Bussi, que logró escapar del bombardeo con lo puesto, no pudo rescatar sus pertenencias personales más queridas, incluyendo una pulsera hecha con las medallas parlamentarias de Allende y una suma de 100 dólares. Solo pudo recuperar un traje de dos piezas color amarillo ocre antes de partir al exilio en México.
A lo largo de las décadas, la búsqueda de estos objetos ha sido fragmentaria. Recientemente, ha sido reencontrada una vasija de la Cultura Nazca (ca. 100-800 DC) que había estado desaparecida por más de 50 años; la pieza había viajado hasta Berlín antes de regresar al país. No obstante, la mayoría de los bienes siguen sin aparecer. Un inventario realizado el día posterior al golpe por el notario Rafael Zaldívar Díaz, el coronel Jorge Court Moock y el experto Fidel Angulo Montero identificó 394 especies, entre ellas alfombras persas y un crucifijo de madera policromada de origen quiteño al que el presidente tenía especial cariño. El paradero de dicho crucifijo sigue siendo desconocido.
En 1993, el senador Ricardo Núñez informó al Parlamento que solo 40 especies habían sido recuperadas, mientras que las autoridades militares negaban tener los bienes, calificándolos como "oficialmente perdidos". Se registró que 21 huacos y 23 cuadros fueron entregados a Ricardo Alegría, entonces vicerrector de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile.
La colección desaparecida incluía piezas de diversas culturas y épocas: Nazca, Moche, Chancay, Chimú, Arica, Diaguita y del Período Inka. Para quienes comprenden la ontología andina, estas Wak’as no son objetos inertes, sino seres con energía vital (animu) que transitan dimensiones y tiempos, y que deben ser protegidos.
Este vacío material se entrelaza con el dolor de las desapariciones humanas. El informe Rettig señala que, entre el 11 y 15 de septiembre, cerca de 400 personas fueron asesinadas por la Junta Militar. El Plan Nacional de Búsqueda estableció 1.469 víctimas de desaparición forzada y ejecución política entre 1973 y 1990, de las cuales 1.092 fueron detenidos desaparecidos. Hasta la fecha, solo se han encontrado los cuerpos de 307 personas.
La desaparición de los huacos y el arte de la familia Allende-Bussi refleja una pérdida de memoria y patrimonio. Mientras se sigue preguntando por el paradero de las personas, también persiste la interrogante sobre dónde están estas entidades andinas y qué historias revelarán cuando, finalmente, sean recuperadas.





