El análisis del panorama político actual en América Latina sugiere que la región no inventó el populismo, sino que lo transformó en una vocación de poder y en una fe orientada a la promesa de distribuir a través del Estado aquellos recursos que la sociedad no ha logrado producir. Durante un periodo prolongado, se mantuvo la percepción de que esta corriente política era impuesta desde las cúpulas, donde caudillos y grupos cerrados inoculaban un credo de redención al pueblo.
Sin embargo, el escenario colombiano presenta una mutación distinta y más compleja. En este país, el populismo ya no se manifiesta como una prédica descendente de profetas ocasionales, sino como una fiebre popular que emerge desde las bases. Se trata de una multitud que tiende a interpretar cualquier límite como una traición y toda crítica como una conjura orquestada por un enemigo interno. En este contexto, los escándalos dejan de ser factores de desgaste para convertirse en elementos de convocatoria, y al líder ya no se le exige rectificación o verdad, sino furor y la encarnación de las promesas y agravios de sus seguidores.
Este mecanismo interno es el que explica las posibilidades de triunfo en primera vuelta del candidato de izquierda radical, Iván Cepeda, en las elecciones colombianas programadas para el 31 de mayo. En caso de no lograrlo en la primera instancia, el análisis apunta a una victoria muy probable en el balotaje del 21 de junio. Un resultado de este tipo operaría como el primer cortafuegos frente a la ola de derecha que comenzó a recorrer América Latina tras la reelección de Daniel Noboa en Ecuador en abril de 2025, impulsada en parte por la influencia de Donald Trump.
Frente a esta realidad, persiste un sector compuesto por los antiguos detentores del poder y los representantes del establecimiento que continúan refugiándose en encuestas y ejercicios demoscópicos. Estos sectores ignoran el pulso real de los sectores populares y el clima de las calles, olvidando que la derecha colombiana converge con dificultad y principalmente a través de su aversión a Gustavo Petro y al socialismo del siglo XXI.
La naturaleza del petrismo es descrita como una rareza clínica. A diferencia de otros movimientos regionales, el mandatario colombiano no cuenta con una maquinaria compacta similar al chavismo, ni con una liturgia obrera como la del peronismo original, ni ha gobernado bajo el amparo de una bonanza económica notable. Por el contrario, su gestión se ha caracterizado por una acumulación de torpezas metódicas que, sorprendentemente, no han roto el hechizo de su popularidad.
Tras su primer año de gobierno, el volumen de errores era tal que se preveía una revuelta popular o el fin electoral de la izquierda por décadas. No obstante, el colapso no ocurrió y se generaron espejismos. La permanencia del país en pie fue interpretada por algunos como fortaleza institucional, mientras que el regreso de capitales y las marcas históricas de la bolsa hicieron creer que la gestión de Petro sería solo un trago amargo y pasajero.
Bajo esta superficie, operaron fuerzas no previstas. Primero, una fiebre social que impulsó al líder a mantener sus excesos, absolviendo sus extravíos y viendo en sus abusos una prueba de autenticidad. Esto es el resultado de una sociedad agotada que, en las elecciones de 2022, eligió entre dos desmesuras, optando por Petro por la ilusión de los atajos y la promesa de eliminar la hipocresía solemne de la figura presidencial.
En segundo lugar, se destaca la penuria política de la alternativa. La fatiga del adversario no significó una catarsis para las élites que cultivaron la soberbia y se sintieron predestinadas al mando, ni implicó el nacimiento de un proyecto político sólido que pudiera devolverles el poder.
Finalmente, el contexto de violencia, inseguridad y corrupción desbordada en Colombia ha generado una indiferencia socarrona en ciertos sectores. No se trata de una simple anestesia cívica, sino de un consentimiento político soterrado. El populismo que surge desde abajo encuentra recompensa en la revancha de ver desplazados a quienes se consideraban los guías naturales del pueblo. Esta dinámica alimenta el temor de quienes prevén la deriva que abriría un triunfo de Cepeda, aunque el país no presente aún la agitación típica de los cambios de rumbo.






