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Irak, Libia, Afganistán… ¿Repetirá EE.UU. los errores del pasado en Irán?

En repetidas ocasiones, distintos presidentes de EE. UU. han enviado a sus ejércitos para derrocar a gobernantes en el extranjero. El balance de éxitos es desigual y también depende de lo que se considere un éxito.

Irak, Libia, Afganistán… ¿Repetirá EE.UU. los errores del pasado en Irán?

Estados Unidos e Israel han declarado abiertamente su objetivo en la escalada de tensiones con Irán: desmantelar el programa nuclear iraní y, en última instancia, derrocar el actual régimen teocrático. Sin embargo, un análisis exhaustivo de las numerosas intervenciones estadounidenses en el pasado para alterar regímenes en el extranjero revela un historial plagado de consecuencias imprevistas, inestabilidad a largo plazo y, en muchos casos, el fracaso rotundo de los objetivos iniciales. La pregunta que se cierne sobre la actual situación es si Washington ha aprendido algo de sus experiencias previas, o si está a punto de repetir errores costosos y desestabilizadores.

La historia de las operaciones de "cambio de régimen" estadounidenses es extensa y compleja. Desde la Guerra Fría, con 72 intentos documentados de influir en la política interna de otras naciones, hasta las intervenciones más recientes, el historial es mixto en el mejor de los casos. Si bien alrededor del 40% de estas operaciones encubiertas tuvieron algún grado de éxito a corto plazo, las secuelas a menudo fueron problemáticas, generando nuevos desafíos y, en algunos casos, exacerbando las condiciones que se pretendían corregir.

El ejemplo de Irán en 1953 es quizás el más emblemático. La CIA, en colaboración con el MI6 británico, orquestó el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mosaddeq, reinstaurando al Sha Mohammad Reza Pahlavi en el poder. Si bien el Sha era un aliado cercano de Estados Unidos, su régimen autoritario y su dependencia percibida de Occidente alimentaron el resentimiento popular, culminando en la Revolución Islámica de 1979. El régimen teocrático que surgió de la revolución, ahora el objetivo de las tensiones actuales, es una consecuencia directa de la intervención estadounidense de hace décadas.

La intervención en Libia en 2011, bajo la presidencia de Barack Obama, ofrece un ejemplo más reciente de las complejidades y los riesgos inherentes a las operaciones de "cambio de régimen". Apoyando a los rebeldes que se oponían al dictador Muamar el Gadafi, Estados Unidos, junto con Francia y Gran Bretaña, lanzó una campaña de ataques aéreos bajo el paraguas de la OTAN. El derrocamiento y la posterior muerte de Gadafi no condujeron a la estabilidad prometida. En cambio, Libia se sumió en un conflicto civil prolongado, con facciones rivales luchando por el poder y el país fragmentado políticamente. A día de hoy, Libia sigue siendo un estado fallido, un refugio para grupos extremistas y una fuente de inestabilidad regional.

La invasión de Irak en 2003, justificada con la falsa premisa de que Sadam Husein poseía armas de destrucción masiva, es otro caso paradigmático de una intervención mal concebida con consecuencias devastadoras. La proclamación de George W. Bush de "Misión cumplida" resultó ser prematura y engañosa. La ocupación estadounidense desestabilizó Irak, debilitó sus instituciones estatales y creó un vacío de poder que fue aprovechado por grupos extremistas, incluido ISIS. La guerra de Irak no solo costó miles de vidas y billones de dólares, sino que también contribuyó a la proliferación del terrorismo y al aumento de la influencia iraní en la región.

La experiencia en Afganistán, donde los talibanes fueron derrocados rápidamente en 2001, pero luego recuperaron el poder tras la retirada de las fuerzas internacionales en 2021, ilustra la dificultad de construir naciones y establecer democracias estables en países con profundas divisiones étnicas, religiosas y políticas. A pesar de dos décadas de inversión y esfuerzos de reconstrucción, Afganistán volvió a caer en manos de un régimen fundamentalista, demostrando que el simple derrocamiento de un régimen no garantiza un futuro mejor.

Incluso las intervenciones más limitadas, como la operación Causa Justa en Panamá en 1989, que derrocó al dictador Manuel Noriega, no estuvieron exentas de complicaciones. Si bien Noriega fue capturado y juzgado, su régimen había dejado un legado de corrupción, narcotráfico y violencia que tardó años en superar.

El caso de Granada en 1983, donde Estados Unidos invadió para derrocar a un gobierno de tendencia marxista, y la intervención en la República Dominicana en 1965, para evitar el surgimiento de un régimen socialista, demuestran que la Guerra Fría a menudo impulsó intervenciones basadas en consideraciones geopolíticas más que en preocupaciones genuinas por la democracia o los derechos humanos.

La reciente situación en Venezuela, donde el gobierno de Donald Trump intentó derrocar a Nicolás Maduro, ofrece un ejemplo contemporáneo de los riesgos de una política de "cambio de régimen". A pesar de los esfuerzos por apoyar a la oposición y presionar a Maduro, el régimen se mantuvo en el poder, y la situación en Venezuela sigue siendo volátil e incierta.

La lección común que se desprende de estos ejemplos es que las operaciones de "cambio de régimen" son inherentemente complejas, impredecibles y propensas a generar consecuencias no deseadas. El derrocamiento de un régimen no garantiza la estabilidad, la democracia o la mejora de las condiciones de vida de la población. De hecho, a menudo conduce a un vacío de poder, a la proliferación de la violencia y al surgimiento de nuevos actores desestabilizadores.

Ante esta historia, la actual política de Estados Unidos e Israel hacia Irán plantea serias interrogantes. ¿Han aprendido las lecciones del pasado? ¿Están preparados para afrontar las posibles consecuencias de una intervención militar o de un intento de derrocamiento del régimen? ¿Existe una estrategia clara para estabilizar la región después de un posible "cambio de régimen"?

La respuesta a estas preguntas es crucial. Si Estados Unidos e Israel optan por seguir adelante con una política de confrontación y "cambio de régimen", corren el riesgo de repetir los errores del pasado y sumir a la región en un nuevo ciclo de violencia e inestabilidad. Una alternativa más prudente sería centrarse en la diplomacia, el diálogo y la búsqueda de soluciones pacíficas que aborden las preocupaciones legítimas de todas las partes involucradas. La historia ha demostrado que las soluciones militares rara vez son la respuesta, y que las consecuencias de las intervenciones mal concebidas pueden ser devastadoras y duraderas.

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