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El columnista político Jairo Straccia reveló un mes de enero y febrero que lo marcó para siempre, un torbellino de emociones y diagnósticos que lo llevaron a enfrentar la posibilidad real de un cáncer. Su testimonio, compartido en el programa “Perros de la Calle” que conduce Andy Kusnetzoff, conmovió a la audiencia y se viralizó rápidamente en redes sociales, generando una ola de empatía y admiración por su valentía al exponer su vulnerabilidad.
Straccia relató cómo un persistente dolor en las costillas, que inicialmente descartó como algo menor, lo llevó a buscar atención médica en el Sanatorio La Trinidad el 28 de enero. Lo que comenzó como una simple consulta para obtener un diagnóstico rápido e intentar aliviar el malestar, se transformó en una noticia devastadora que cambió su perspectiva sobre la vida y sus prioridades.
El resultado de las placas llegó inesperadamente por WhatsApp, revelando la presencia de un quiste de apariencia maligna en uno de sus riñones. La confirmación del médico fue directa y contundente: “Esto pinta para que vaya a ser un tumor”. El dolor en las costillas, que había sido el motivo inicial de la consulta, quedó relegado a un segundo plano ante la gravedad del diagnóstico.
Straccia describió la sensación de urgencia que lo invadió a partir de ese momento. El médico le explicó que la cirugía sería crucial para determinar si era necesario extirpar el quiste, medio riñón o el riñón completo. Además, la biopsia posterior revelaría si el tumor había metastatizado, es decir, si había enviado células cancerosas a otros órganos. El calendario se llenó rápidamente de fechas: la operación estaba programada para el 10 de febrero, justo antes de su 45º cumpleaños, el 12 de febrero.
La noticia impactó profundamente a su familia. Sus hijas, de diferentes edades, reaccionaron de manera diversa ante la posibilidad de perder a su padre. La mayor, intentando comprender la situación, preguntó qué significaba el diagnóstico. El hijo del medio, con una franqueza desgarradora, le preguntó directamente si se iba a morir. La más pequeña, preocupada por su bienestar, le preguntó por qué no podría seguir haciéndole “upa”.
En medio de la incertidumbre y el temor, Straccia y su pareja se vieron obligados a reacomodar sus rutinas y a enfrentar la posibilidad de un futuro incierto. Las palabras “cáncer”, “muerte” y “tumor” resonaban constantemente en sus mentes, generando una angustia profunda.
El día de la operación, el médico intentó aliviar la tensión con una analogía humorística, comparando la situación con la de Carlos Gardel antes de subir al avión. Straccia, comprendiendo el gesto, pidió que pusieran una canción de la banda de rock argentina “Él mató a un policía motorizado” antes de ser anestesiado.
Al despertar de la cirugía, su primera pregunta fue si habían podido salvar el riñón. La respuesta del equipo médico fue tranquilizadora: habían logrado preservar la mitad del órgano. En ese momento, amparado en el cariño de su familia, Straccia se permitió romper el control emocional que había mantenido durante todo el proceso y llorar. Su hijo del medio, en un intento por aligerar el ambiente, le pidió que le enviara un chiste para comprobar si su sentido del humor se había mantenido intacto. La respuesta de Straccia fue ingeniosa: “¿Sabés por qué me quedó medio riñón? Porque soy riñón fijo”.
La espera del resultado de la biopsia fue una tortura. Cada segundo parecía una eternidad, y la incertidumbre lo consumía. Se preguntaba por qué el médico no le enviaba un mensaje con los resultados, en lugar de llamarlo por teléfono. Finalmente, el 13 de febrero, un día después de su cumpleaños, recibió la llamada que cambiaría su vida.
La voz del médico al otro lado de la línea le transmitió la noticia que tanto anhelaba: “Pudimos sacar todo lo que era malo. Quedó 0,3 milímetros sano en los conductos del riñón. Está libre de lesión. Considerate curado”. La directora médica del sanatorio le sugirió que celebrara su nuevo cumpleaños, ya que había comenzado una nueva vida después de un “renacer”.
El regreso a casa fue un alivio para Straccia y su familia. Recibió el cariño y el apoyo de amigos, colegas y seres queridos. Sin embargo, a pesar del diagnóstico favorable, Straccia admitió que le costaba procesar lo sucedido. “Ni a palos lo he podido procesar. Todavía tengo la faja y por suerte estoy casi diez puntos. Pero en mi mente fue una bomba de realidad”, confesó.
El diagnóstico y la recuperación lo llevaron a replantearse sus prioridades y a cuestionar el sentido de la urgencia y la adicción al trabajo. Se dio cuenta de que, en el periodismo y en la política, se tiende a magnificar los problemas y a sobrevalorar la importancia de las discusiones cotidianas. En comparación con la incertidumbre sobre el futuro de su familia, todas esas preocupaciones le parecían insignificantes.
“Uno en el periodismo sobrevende todo el tiempo, todo es importante. El mismo mecanismo de la pelea política hace que todo parezca grave, lo que te dicen, lo que vos decís, lo que pasa en las redes. Y nada de eso me importaba en lo más mínimo en esos momentos donde no sabía cómo iba a seguir la vida de mi familia si todo venía mal”, reflexionó.
Straccia concluyó su testimonio con una reflexión profunda sobre el valor del tiempo y la importancia de disfrutar de las cosas simples de la vida. “¿Para qué estamos corriendo? ¿Cuál es el sentido de estar persiguiendo qué cosas?”. Su historia es un llamado a la reflexión y un recordatorio de que la salud y el bienestar de nuestros seres queridos son lo más importante.






