Cada generación tiene su banda sonora, su ídolo incomprendido y su adulto escandalizado. La historia, como una canción pegadiza, se repite con altavoz, demostrando que el ciclo de la aceptación y el rechazo musical es tan predecible como la llegada de una nueva tendencia. Desde el tango "pecaminoso" hasta el reguetón omnipresente, la música siempre ha sido un espejo de la sociedad, reflejando sus cambios, sus contradicciones y sus ansias de libertad.
Mi propia experiencia, marcada por una fallida carrera pianística y una devoción por el karaoke desafinado, ilustra esta dinámica. Crecí en un hogar donde la música era una pasión, pero también un campo de batalla generacional. Mis abuelos, defensores del tango como "poesía pura", se horrorizaban ante la invasión de The Beatles y sus "caderas moviéndose". Mis padres, a su vez, encontraron consuelo en José José y Camilo Sesto, solo para ver sus gustos musicales cuestionados por mi afición a Guns N' Roses y Hombres G.
Esta confrontación no era simplemente una cuestión de preferencias estéticas. Era una lucha por la identidad, por la definición de lo que era aceptable y lo que no lo era. Cada generación se aferra a su música como un símbolo de su propia época, como una forma de diferenciarse de sus predecesores. Y, al mismo tiempo, cada generación mira con desconfianza la música de la siguiente, temiendo que represente una amenaza para sus valores y tradiciones.
Los noventa trajeron consigo una explosión de coreografías sincronizadas y pantalones anchos, con grupos como Backstreet Boys y Spice Girls dominando las listas de éxitos. Luego, el pop latino de Shakira y Ricky Martin conquistó el mundo, desafiando las convenciones y celebrando la sensualidad. Pero fue la llegada del reguetón lo que realmente desató la polémica.
Inicialmente relegado a los márgenes de la sociedad, el reguetón emergió como una fuerza cultural imparable, llenando estadios y acumulando premios internacionales. Su ritmo contagioso y sus letras explícitas generaron controversia, pero también atrajeron a millones de seguidores, especialmente entre los jóvenes. Hoy en día, el "conejo" es un fenómeno global, una versión moderna del flautista de Hamelín que convoca a multitudes con su música.
Lo curioso es que la historia se repite una y otra vez. Lo que ayer era considerado vulgar, hoy es un clásico. Lo que hoy parece ruido, mañana será nostalgia. Cada generación cree poseer la banda sonora definitiva, pero inevitablemente es reemplazada por la siguiente, que trae consigo nuevos sonidos y nuevas sensaciones.
Es fácil culpar a las conspiraciones o a los algoritmos por los cambios en los gustos musicales. Pero es más incómodo admitir que lo que suena en casa educa tanto como lo que se enseña en la escuela. Si no transmitimos cortesía y respeto, no podemos esperar que los jóvenes se comporten de manera adecuada. Si no compartimos un buen repertorio musical, no debemos sorprendernos cuando el ídolo del momento maltrate el idioma y convierta la grosería en un estribillo.
La música es un reflejo de la sociedad, y la sociedad es responsable de la música que produce. Si queremos una música más respetuosa y creativa, debemos fomentar una cultura que valore la diversidad, la educación y el buen gusto.
Pero no debemos caer en la desesperación. La humanidad sobrevivió al tango pecaminoso, a los pantalones de cuero y al rock satánico. También sobrevivirá al perreo. La música, como el arte en general, es una forma de expresión que siempre encontrará una manera de adaptarse y evolucionar.
En última instancia, el secreto no está en discutir el ritmo, sino en elegir bien la canción para brindar. Yo, por mi parte, me retiro con un Bloody Mary bien cargado y "Sunday Bloody Sunday" sonando a todo volumen. Porque si algo he aprendido en esta guerra musical es que la música es una experiencia personal y subjetiva, y que cada uno tiene derecho a disfrutar de la música que le gusta, siempre y cuando no dañe a los demás. La clave está en la tolerancia, el respeto y la apertura mental. Y, sobre todo, en la capacidad de reconocer que la música, en todas sus formas, es una parte esencial de la experiencia humana.






