El pasado sábado 31 de octubre, la ciudad de Buenos Aires fue escenario de una celebración que priorizó la privacidad por sobre la exposición mediática. Lali y Pedro contrajeron matrimonio en una casona ubicada en el emblemático barrio de San Telmo, en un evento donde la intimidad fue la regla fundamental y el control de la información estuvo estrictamente supervisado desde el primer momento.
La boda se destacó por implementar una modalidad poco habitual en los eventos de figuras públicas: la prohibición total de teléfonos móviles a la vista. Para garantizar que la jornada se desarrollara sin la interferencia de pantallas, la organización dispuso un protocolo de ingreso donde cada invitado, al cruzar la puerta, debía entregar su dispositivo móvil. Los celulares fueron resguardados dentro de sobres o fundas diseñadas específicamente para tal fin, evitando así que circularan imágenes, videos o mensajes en tiempo real desde el interior de la casona.
Esta determinación buscaba que tanto los novios como sus allegados pudieran disfrutar de la jornada sin la presión de las redes sociales. El objetivo central era evitar la inmediatez de las historias de Instagram, las transmisiones en vivo y los clips breves que suelen inundar la web antes incluso de que el evento haya finalizado. De este modo, la boda quedó reservada exclusivamente para quienes formaban parte de la lista de invitados.
La medida no pasó inadvertida entre los asistentes y generó diversos comentarios. Agustín “Cachete” Sierra, uno de los presentes, describió el procedimiento de seguridad al ingresar, señalando: “Llegabas y te metían el teléfono en la bolsita”. En la misma línea, Pauli Vetrano confirmó el alcance de la restricción y subrayó la ausencia de registros personales al afirmar: “Apenas llegabas te daban una funda porque no podías usar el celular. Chicos, yo no tengo una sola foto del casamiento”.
A pesar de la restricción tecnológica, la pareja no quiso prescindir de los registros visuales, pero optó por un camino analógico. En lugar de smartphones, se distribuyeron cámaras fotográficas descartables entre los invitados seleccionados. Este recurso permitió que los asistentes capturaran escenas espontáneas de la fiesta sin que el material circulara de inmediato por las plataformas digitales.
Según explicó Pauli Vetrano, cada asistente recibió una de estas cámaras con la consigna de retratar lo que desearan durante la noche, aclarando que posteriormente los dispositivos serían entregados a los novios. Estas cámaras contaban con un rollo limitado a 27 fotografías, lo que obligaba a los invitados a ser selectivos con sus tomas.
Para asegurar la calidad de las imágenes, especialmente para quienes no están familiarizados con la fotografía analógica, cada cámara venía acompañada de una tarjeta personalizada con instrucciones sencillas. El texto indicaba la necesidad de activar el flash antes de cada disparo y advertía sobre la cantidad limitada de capturas disponibles. El espíritu de la propuesta quedó resumido en el mensaje de la tarjeta: “¡Una cámara para vos! Te elegimos para que nos ayudes a capturar todos los momentos divertidos de esta fiesta”.
El proceso culminaba en el guardarropas, donde los invitados debían depositar las cámaras una vez finalizado el rollo para su posterior revelado. Esta decisión convierte el registro de la boda en un archivo colectivo, donde abrazos, bailes y charlas quedarán documentados desde diversas perspectivas, pero sujetos a los tiempos del revelado tradicional y no a la instantaneidad digital. La última instrucción brindada a los invitados fue simple y directa: “A darlo todo”, invitándolos a sumergirse en la experiencia sin la preocupación de documentarla a través de una pantalla.
El control de acceso fue otro de los puntos fuertes de la organización. El ingreso a la casona de San Telmo se gestionó mediante un sistema de códigos QR, herramienta que permitió optimizar la entrada y reforzar la privacidad del evento, asegurando que solo las personas invitadas pudieran acceder al recinto.
La presencia de figuras destacadas del espectáculo también marcó la jornada. Entre los asistentes se encontraban Peter Lanzani, Cande Vetrano, Justina Bustos, Mery del Cerro, Dillom y Juliana Gattas. Aunque sus elecciones de vestuario y su llegada capturaron la atención de los seguidores en las inmediaciones de la casona, la política de "cero pantallas" impidió que se filtraran imágenes del interior de la fiesta.
En cuanto a los detalles gastronómicos, la celebración contó con la participación de Damián Betular, quien estuvo a cargo de la mesa dulce y la torta nupcial, sumando un elemento de alta cocina a una organización que equilibró el rigor de la privacidad con detalles personalizados.
En definitiva, la boda de Lali y Pedro fue diseñada como un refugio contra la hiperconectividad. Entre códigos QR, fundas para celulares y rollos de película analógica, la pareja logró que los recuerdos de su unión se procesen lejos de la mirada pública, quedando a la espera de que el revelado de las fotos permita compartir, en el momento oportuno, los instantes más significativos de la noche.




