La localidad de Urda, en la provincia de Toledo, se convirtió este sábado en el epicentro del duelo y la solidaridad tras la celebración de una misa funeral en memoria de las 69 personas fallecidas en el accidente ferroviario ocurrido el pasado 28 de octubre. El acto religioso, desarrollado en la parroquia local, congregó no solo a centenares de vecinos del municipio y de la comarca, sino también a diversas autoridades procedentes de toda la comunidad autónoma de Castilla-La Mancha.
La ceremonia estuvo oficiada por el arzobispo de Toledo y primado de España, Francisco Cerro, y contó con un simbolismo profundamente conmovedor. El acto fue presidido por el Santísimo Cristo de la Vera Cruz, conocido como el Cristo de Urda, cuya imagen fue engalanada con decenas de rosas, colocando una flor por cada una de las víctimas mortales del siniestro ferroviario.
Este gesto adquirió una relevancia especial para la comunidad, ya que el Cristo de Urda solo abandona los muros de su basílica en dos ocasiones anuales: el 28 de septiembre y el Jueves Santo. La decisión de trasladar la imagen fuera de su lugar habitual en esta ocasión fue un acto excepcional destinado a brindar apoyo y consuelo a los familiares y allegados de los fallecidos, así como a los propios habitantes del pueblo.
Durante su homilía, el arzobispo Francisco Cerro dedicó palabras de reconocimiento al arduo trabajo realizado por los servicios de emergencia, el personal sanitario y el conjunto de voluntarios que intervinieron tras la tragedia. Cerro subrayó que, a pesar del dolor y la magnitud del accidente, también ha sido posible contemplar "la grandeza de la solidaridad, de la entrega y del servicio" entre quienes brindaron ayuda.
El primado de España también compartió un vínculo personal con la localidad, afirmando categóricamente que "Urda pertenece a mi vida y a mi corazón". En un tono de súplica, pidió que no vuelvan a ocurrir tragedias de esta naturaleza y, citando al papa Francisco, aseguró que es posible construir "otro mundo" y alcanzar "otra esperanza".
El cierre de la ceremonia estuvo marcado por la lectura de la bendición apostólica enviada por el papa León XIV. El mensaje, leído en voz alta por el obispo auxiliar de Toledo, César García Magán, trasladó el pésame oficial del sumo pontífice a los familiares de las víctimas. Asimismo, el mensaje papal incluyó deseos de un pronto restablecimiento para los heridos y un mensaje de ánimo dirigido a los equipos de rescate, instándoles a "perseverar en los trabajos de socorro y asistencia".
Por su parte, el alcalde de Urda, Manuel Galán, se sumó a las peticiones de sanación, enfocándose especialmente en aquellas personas que aún permanecen ingresadas en los centros hospitalarios. El regidor expresó su deseo de que los heridos puedan recuperarse de la forma más rápida y efectiva posible para regresar junto a sus familias.
En declaraciones recogidas por los medios de comunicación antes del inicio de la misa, Manuel Galán admitió que el pueblo se encuentra "muy dolorido, muy dañado psicológicamente". En este sentido, el alcalde destacó la labor que están desempeñando los medios de comunicación, señalando que, al entrevistar a los vecinos, están ayudando a la población a exteriorizar el dolor interno y a transitar el proceso de duelo día a día.
Este sentimiento de fragilidad emocional fue corroborado por Magdalena Agudo, una de las voluntarias locales que participó en la organización de la misa. Agudo describió que el estado anímico de la localidad, que cuenta con apenas 2.500 habitantes, es "fatal, cada día peor". Según explicó, durante las primeras horas tras el accidente predominó una actitud de acción constante y urgencia, donde "no te paras a pensar lo que está pasando". Sin embargo, señaló que, una vez asimilada la tragedia, el impacto emocional se ha vuelto más profundo, afectando incluso el sueño de los vecinos.
Asimismo, Lola González, otra vecina que actuó como voluntaria, subrayó que la ceremonia religiosa era fundamental para que los residentes pudieran "buscar consuelo" y mostrar su respaldo a las víctimas. González relató su experiencia en el pabellón de atención, donde ayudó a los heridos. Matizó que en ese espacio estuvieron "en contacto con la vida, no con la muerte", ya que su labor consistió en asistir a personas que posteriormente serían trasladadas a hospitales. No obstante, reconoció que otros vecinos, que se desplazaron directamente a la zona del accidente, tuvieron que enfrentar la cruda realidad del fallecimiento.
Finalmente, el servicio de Protección Civil informó que, debido a la intensidad emocional de la jornada, fue necesario atender a dos mujeres que sufrieron mareos durante la celebración religiosa.






