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Fernando Hierro: El hombre detrás de los trofeos y el valor de la humildad

El exjugador del Real Madrid y de la Selección lamenta la pérdida de naturalidad en las reuniones de amigos o familiares y advierte de un retroceso

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Fernando Hierro: El hombre detrás de los trofeos y el valor de la humildad

Fernando Hierro posee un currículum que permitiría presumir durante horas. Sus logros en el terreno de juego son contundentes: cinco Ligas, tres Copas de Europa, cuatro Mundiales y 89 partidos disputados con la selección española. Sin embargo, cuando se le cuestiona sobre lo que verdaderamente cuenta en la vida, el exfutbolista no comienza su relato mencionando los títulos ni los éxitos deportivos, sino que elige empezar por su hogar y sus raíces.

Hierro es el menor de cinco hermanos y creció en un entorno donde el esfuerzo era la norma diaria. Su padre, Antonio, trabajaba arduamente en el campo, mientras que su madre, Remedios, se dedicaba a limpiar en los colegios del pueblo. En una entrevista concedida a Woman Essentia, el exdefensa recordó que ninguno de sus progenitores tuvo una vida fácil, lo que obligó a que todos en la casa colaboraran para salir adelante. Esta dinámica familiar implicaba que, al cumplir los 13 o 14 años, cada uno de los hermanos debía empezar a trabajar para aportar económicamente al hogar. A pesar de esto, Hierro se considera un privilegiado por haber sido el más joven, lo que le permitió vivir una infancia algo más tranquila.

De aquellas vivencias tempranas nacieron los valores que rigen su vida actual: el respeto, el esfuerzo, el trabajo, la protección de la familia y la unión. Esta herencia es precisamente lo que intenta transmitir a sus hijos, Álvaro y Claudia. Hierro ha procurado inculcarles la importancia de no hacer daño gratuitamente a nadie, recordándoles que la vida está para disfrutarla y que siempre es preferible hacer el bien que el mal.

El exfutbolista describe a sus hijos como personalidades distintas. Por un lado, Álvaro es alguien muy abierto que ha logrado convertirse en su propio jefe al emprender como empresario junto a un amigo. Por otro lado, Claudia, quien estudia Diseño de Interiorismo, guarda un parecido sorprendente con su padre, especialmente en su personalidad tímida y reservada, llegando incluso a gesticular de la misma manera que él.

En el ámbito académico, Hierro reconoce sin adornos que no fue un alumno brillante. Sus profesores solían advertir a sus padres que el joven no lograba concentrarse porque su mente estaba totalmente absorbida por el fútbol, una afirmación que el propio Hierro admite que era cierta. A pesar de su desinterés general, su asignatura favorita era la Geografía, donde disfrutaba aprendiendo sobre ríos, afluentes y sistemas montañosos.

El camino hacia la profesionalización del fútbol no estuvo exento de obstáculos. A los 17 años llegó al Málaga, pero la directiva decidió no renovar su contrato al considerar que el fútbol no era lo suyo. Tras este rechazo, a los 19 años regresó a su pueblo, donde trabajó como mecánico de coches mientras continuaba jugando. Fue gracias a la insistencia de su hermano Manolo, quien ya militaba en el Valladolid, que consiguió que el entrenador Vicente Cantatore le hiciera una prueba.

Hierro manifiesta un agradecimiento eterno hacia Cantatore por haberle brindado la confianza necesaria y el último empujón para su carrera. Tras unas pocas semanas, ya entrenaba con el primer equipo, pasando de jugar en campos de tierra a pisar la hierba natural. Para 1989, con 21 años, ya se encontraba en el Santiago Bernabéu, donde recuerda que guardaba su timidez para entregarlo todo una vez que salía al campo.

Debido a estas experiencias, Hierro insiste en dar un consejo fundamental a los jóvenes que sueñan con el fútbol: que no abandonen los estudios. El exfutbolista advierte que el éxito en este deporte es extremadamente difícil y que, posiblemente, de cada diez mil niños, solo uno llega a la cima. Este consejo, añade, debe ser escuchado también por los padres.

Sobre la fama y la popularidad, Hierro sostiene una teoría basada en la edad. Explica que, al principio, cuando se es muy joven, la atención gusta. Sin embargo, a partir de los 25 o 26 años, se entra en una fase en la que se odia y no se comprende. Finalmente, después de los 30, el deportista se relaja, asimila la situación y comprende que todo aquello es normal.

Esta búsqueda de discreción se traslada también a su faceta solidaria. Aunque le gusta ayudar a los demás, prefiere que sus acciones permanezcan en el anonimato. Afirma que ayuda por convencimiento y de corazón, poniendo como única condición que nadie se entere de sus actos.

Esta misma filosofía explica su ausencia en las redes sociales. Aunque entiende a quienes las utilizan, Hierro no siente la necesidad de tenerlas, ya que sus amigos y familia saben dónde está y qué hace sin que él tenga que contárselo al mundo. Prefiere el contacto visual y directo, expresando su preocupación por una sociedad que parece ocultarse detrás de teléfonos, cámaras y plataformas.

Finalmente, Hierro reflexiona sobre la comunicación actual en las reuniones familiares y sociales. Le preocupa que existan temas de conversación prohibidos, como la política, la religión o la igualdad, debido a que generan conflictos. Para él, aunque vivimos en tiempos modernos, en este sentido se está retrocediendo, sugiriendo que la libertad de expresión se ha vuelto relativa.

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