La premisa es aparentemente sencilla, pero sus implicaciones sociales son profundas: "Lo que no se nombra, no existe". Esta sentencia abre el telón de una discusión que sigue vigente en la sociedad actual y que plantea una interrogante fundamental sobre nuestra comunicación cotidiana: ¿incluye realmente el lenguaje que utilizamos cada día a todas las personas o estamos excluyendo a sectores enteros de la población sin darnos cuenta?
Este debate no es nuevo. Ya en el año 2003, Mercedes Bengoechea Bartolomé, catedrática de Filología Inglesa en la Universidad de Alcalá y referente en los estudios sobre lenguaje y género, sostenía que la mujer tiene el derecho legítimo a existir como tal en la lengua y a ser nombrada en condiciones de igualdad respecto al hombre. Para Bengoechea, esta no es una demanda menor, sino un paso esencial hacia la liberación femenina.
Dos décadas después, la controversia persiste. Testimonios de mujeres profesionales de diversas áreas revelan una realidad fragmentada. Mientras que algunas se sienten representadas por el uso del masculino genérico, otras experimentan una sensación de invisibilidad persistente en su propio idioma.
Sara Rodríguez Jaular, licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad de Burgos, ejemplifica esta situación a través de una experiencia reciente en una reunión escolar. A pesar de que en el grupo había más madres que padres, los tutores se referían constantemente a "los alumnos" y "los profesores", omitiendo cualquier mención explícita a las alumnas. Ante la habitual respuesta de que el masculino incluye a todos por "economía del lenguaje", Rodríguez Jaular propone alternativas concretas: "Pues di estudiante o alumnado. No digas alumnos. Si no te nombran... lo que no se nombra, no existe".
En una línea similar, Sara Aparicio, graduada en Pedagogía y especialista en Necesidades Educativas Especiales y Orientación Educativa, reflexiona sobre la carga cognitiva que esto supone para las mujeres desde la infancia. Aparicio cuestiona por qué debe ser la mujer quien realice el esfuerzo mental de interpretar si está incluida en un discurso, mientras que el hombre no se enfrenta a esa duda.
Sin embargo, el problema trasciende la gramática y alcanza esferas críticas como la medicina. Sara Aparicio señala un punto demoledor: el uso del masculino genérico en estudios médicos a menudo oculta que dichas investigaciones se realizaron exclusivamente con hombres. Como ejemplo, menciona el caso de la apendicitis, donde se ha descubierto posteriormente que el dolor no se manifiesta igual en hombres que en mujeres. "Entonces, ¿me tenía que sentir incluida? No lo estaba", sentencia, evidenciando que el lenguaje refleja una exclusión real en la práctica científica.
Andrea Zanoguera, fisioterapeuta y docente, refuerza esta idea afirmando que la ciencia ha sido narrada desde una perspectiva masculina porque ha sido contada por hombres. Zanoguera relata un caso reciente donde, para informar sobre nutrición y menopausia, se optó por entrevistar a hombres, calificando la situación como un "completo disparate".
Frente a este escenario, existen enfoques pragmáticos. Ruth Herrero, licenciada en Economía por la Universidad de Salamanca y docente, aplica soluciones prácticas en su labor educativa. Herrero opta por términos colectivos y neutros como "personas", "estudiantes", "alumnado" o "personal", evitando la necesidad de especificar géneros cuando el contexto lo permite. Asimismo, defiende el uso del femenino cuando el grupo es mayoritariamente femenino, argumentando que es legítimo cuestionar si siempre debe prevalecer el masculino.
No obstante, Herrero marca una línea roja clara respecto a las modificaciones morfológicas del lenguaje. No está de acuerdo con el uso de "todes", "algunes", la arroba (@) o la "x", argumentando que estas fórmulas pueden hacer el lenguaje menos comprensible y generan problemas de accesibilidad para personas que utilizan lectores de pantalla. Para ella, el lenguaje no sexista no consiste en imponer letras nuevas, sino en ser consciente de la comunicación y buscar alternativas naturales dentro del propio idioma.
Por otro lado, no existe un consenso unánime entre las mujeres. Begoña Marcos, con estudios en Relaciones Laborales, afirma sentirse "perfectamente incluida" con el lenguaje genérico y considera que una diferenciación excesiva podría generar más distancia entre los géneros. Sin embargo, Marcos identifica un problema real en las palabras que adquieren un sentido peyorativo solo en femenino, citando la diferencia semántica entre "zorro" y "zorra", o la connotación de "ser un cualquiera" frente a "ser una cualquiera".
Este análisis sugiere que el núcleo del problema no es meramente gramatical, sino que el lenguaje es un espejo de las desigualdades históricas. El Manual de lenguaje no sexista de la Universidad Politécnica de Madrid explica que, si bien el lenguaje como herramienta dispone de múltiples recursos para nombrar a todos (masculinos, femeninos, abstractos y genéricos), son las personas quienes, mediante su uso, lo convierten en sexista o no.
Como concluye Andrea Zanoguera, la tendencia a generalizar en masculino persiste incluso en grupos compuestos mayoritariamente por mujeres. La solución, según el debate planteado, no reside necesariamente en imponer una norma única, sino en desarrollar la sensibilidad necesaria para utilizar los recursos que el idioma ya ofrece, permitiendo que todas las personas sientan que existen y que merecen ser nombradas.






