En la ciudad de Guayaquil, Ecuador, un caso de asesoría legal ha puesto de relieve la importancia de la ética profesional y el impacto humano que tiene la honestidad en el ejercicio del Derecho. Lo que inició como una consulta sobre presuntos conflictos patrimoniales complejos terminó siendo la revelación de un engaño perpetrado por una profesional del Derecho, quien presuntamente exageró problemas inexistentes para obtener un beneficio económico indebido.
El caso llegó a manos de Emilio H. Morocho Abad, un estudiante de Derecho en su último ciclo y empleado de una firma legal, quien fue contactado por Teresa, una mujer de aproximadamente 68 años y madre de un amigo cercano del joven. Teresa se presentaba profundamente angustiada por una situación que le había sido descrita como un caos legal. Según el relato de la afectada, el problema involucraba la gestión de haciendas, herencias, distribuciones de bienes y el pago de tributos excesivos.
Tras una primera escucha, Morocho Abad identificó que el diagnóstico recibido por la cliente provenía de una abogada irresponsable. Según el análisis del estudiante, la profesional anterior había optado por exagerar las circunstancias para crear fallas donde no las había, vendiendo así soluciones innecesarias y cobrando honorarios por servicios que no correspondían a la realidad jurídica del caso.
Debido a que el estudiante se especializa en el área del derecho tributario, consideró necesario que la documentación fuera revisada por un especialista en derecho civil. Para ello, coordinó una reunión con un abogado asociado de la firma en la que trabaja, con el fin de brindar un análisis exhaustivo y preciso de la situación patrimonial de la cliente.
El día de la cita, Teresa asistió acompañada de su hermana, quien posee formación en finanzas. La hermana de Teresa había elaborado un cuadro profesional y detallado de todos los activos y la situación financiera de la familia, lo que permitió que la historia y los datos fueran presentados con total claridad ante los abogados.
Durante el desarrollo de la reunión, mientras las hermanas describían el patrimonio, los impuestos y las herencias, tanto el abogado asociado como Morocho Abad comenzaron a notar una inconsistencia fundamental: no existía ningún problema legal. A pesar de que los profesionales permitieron que las hermanas terminaran su explicación para asegurar que no se escapara ningún detalle, la conclusión fue unánime: no había conflicto alguno que resolver.
Al indagar sobre las instrucciones previas que habían recibido, las hermanas confesaron que la abogada anterior les había indicado que los terrenos debían regularizarse, que la herencia no se había perfeccionado y que los impuestos no estaban en orden. Incluso, se les había sugerido iniciar un juicio por asuntos que, tras la revisión técnica, resultaron ser inexistentes.
La realidad técnica era mucho más sencilla: solo era necesario realizar una declaración patrimonial, un trámite administrativo cotidiano para los abogados tributarios que no representaba ningún riesgo ni complejidad legal.
Al exponer estas razones y aclarar que todo estaba en orden, los abogados fueron testigos de una transformación emocional en las clientes. El alivio y la paz se convirtieron rápidamente en felicidad. Al finalizar la reunión, las hermanas se fundieron en un abrazo, reconociendo que la verdad las había librado de una preocupación constante y de un gasto económico injustificado.
Este suceso ha llevado a Morocho Abad a reflexionar sobre la naturaleza de su profesión. El joven abogado en formación señaló que, aunque muchos ingresan a la carrera de Derecho por diversas razones —desde la indecisión hasta la búsqueda de estabilidad económica—, el verdadero valor de la profesión reside en la capacidad de brindar alivio y justicia a los ciudadanos.
El caso deja una crítica abierta hacia aquellos profesionales que, con una visión meramente mercantilista, utilizan la desgracia o la ignorancia ajena para lucrarse. Morocho Abad enfatizó que las profesiones no deben ser mancilladas por quienes ven al cliente como una fuente de ingresos basada en el engaño.
Para el estudiante, este episodio significó un punto de inflexión en su vocación, confirmando que la satisfacción profesional no proviene necesariamente de ganar un caso en un tribunal, sino de ofrecer una asesoría sincera y real que devuelva la calma a las personas.






