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Ébola en el Congo: el drama humano y sanitario del brote más mortífero de su historia

Carolina Nanclares, de Médicos Sin Fronteras, volvió hace dos semanas del epicentro del brote en el país africano. Advirtió que la epidemia, la segunda mayor de la historia, va “un paso adelante” de la respuesta

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Ébola en el Congo: el drama humano y sanitario del brote más mortífero de su historia

La tragedia que atraviesa la República Democrática del Congo no se puede medir únicamente a través de las frías estadísticas. Para la médica argentina Carolina Nanclares, quien se desempeñó como coordinadora médica de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kisangani, la capital de la provincia de Tshopo, el aspecto más devastador de su último mes de misión no fueron las cifras, sino el impacto en la infancia. La doctora relata que lo más difícil de sobrellevar es presenciar a niños pequeños enfrentando una enfermedad tan severa y, en muchos casos, quedando huérfanos debido a que ambos padres resultan afectados por el virus.

Actualmente en Barcelona cumpliendo una cuarentena de 21 días antes de regresar a Argentina, Nanclares mantiene un diagnóstico inquietante sobre la situación sanitaria. Según la especialista, no existe optimismo respecto a que la emergencia esté bajo control. El desafío es tanto humano como práctico, especialmente en el trato con los menores. Debido a los protocolos de aislamiento, los niños con ébola no pueden permanecer en el centro de tratamiento con ningún adulto que no esté enfermo, lo que genera un vacío afectivo crítico. La organización se enfrenta así al reto constante de brindar acompañamiento para evitar que los pacientes infantiles se sientan solos y aterrados.

La naturaleza del virus Bundibugyo, la cepa responsable de este brote, es particularmente agresa y no cuenta con vacunas ni tratamientos aprobados. La enfermedad se transmite por contacto, lo que provoca que quienes cuidan a los enfermos terminen contagiándose, resultando en la aniquilación de familias enteras. Esta situación sumerge a los pacientes en un estado de angustia profunda al estar aislados de sus seres queridos, razón por la cual el apoyo psicosocial se ha convertido en un pilar fundamental del tratamiento médico.

Los datos reflejan la magnitud de la crisis. Con reportes hasta el 21 de septiembre, se han confirmado 7.773 casos y 3.759 fallecimientos, lo que representa una tasa de letalidad cercana al 48%. El virus se ha extendido a siete provincias y ha alcanzado 63 de las 167 zonas sanitarias del país, consolidándose como el brote más mortífero en la historia del Congo, superando incluso la epidemia de 2018-2020 que dejó 2.280 muertes. Nanclares sitúa esta crisis como el segundo brote más grande jamás registrado, solo superado por la epidemia en África Occidental entre 2014 y 2016, aunque advierte que el ritmo actual de contagios es inédito: en sus primeros cuatro meses, el número de casos fue seis veces superior al de aquel periodo en la epidemia precedente. En términos crudos, la médica resume que cada treinta minutos muere una persona a causa del ébola.

El escenario se complica debido al contexto sociopolítico de la región. El brote ocurre en zonas ya castigadas por conflictos armados de larga data y crisis humanitarias, donde conviven otras emergencias sanitarias como el cólera y la malaria. En Ituri y los Kivus, la presencia de grupos armados como el M23, CODECO y las ADF, que se disputan zonas mineras, limita severamente el acceso de la ayuda humanitaria.

A la crisis biológica se suma una "tercera epidemia": la desinformación. El miedo ha alimentado teorías conspirativas que sugieren que el personal sanitario busca aniquilar a la población o robar órganos. Dado que los pacientes ingresan aislados y la mortalidad es alta, se ha extendido la percepción de que entrar al centro de tratamiento es una sentencia de muerte, lo que retrasa la búsqueda de atención médica temprana, momento en el que las posibilidades de supervivencia son mayores. Esta hostilidad ha derivado en violencia física, como ocurrió el 30 de junio, cuando un centro de tratamiento en Nia-Nia, Ituri, fue atacado y destruido.

Para combatir este rechazo, MSF ha implementado estrategias de transparencia, invitando a líderes comunitarios y vecinos a visitar las instalaciones, las cuales se construyen con barreras transparentes para que todo el proceso sea visible. A pesar de una leve desaceleración en los datos recientes, la dispersión geográfica del virus preocupa a las autoridades sanitarias, ya que siguen apareciendo casos en provincias remotas que carecen de estructuras de respuesta, obligando a reiniciar los operativos desde cero.

Uno de los puntos más críticos señalados por Nanclares es la falla en el rastreo de contactos. Muchos pacientes que llegan a los centros no figuran en ninguna lista de seguimiento, lo que indica que están fuera del sistema de control. Además, el personal de salud es uno de los grupos más expuestos; existen estructuras sanitarias que ni siquiera cuentan con agua para el lavado de manos, provocando que muchos trabajadores de la salud contraigan la enfermedad.

Finalmente, la médica reflexiona sobre el desgaste emocional del equipo. El uso de trajes de bioseguridad, que impiden el contacto físico con el enfermo, convierte la labor en algo "bastante inhumano". Ante este panorama, Nanclares hace un llamado a la solidaridad internacional, instando a los lectores, especialmente en Latinoamérica, a recordar la experiencia del covid y a no dar la espalda a una crisis que suele ser ignorada hasta que afecta a países desarrollados.

Esta nota fue producida por la redacción de Noticias.lat: verificamos la información en fuentes públicas y la reescribimos con nuestro criterio editorial. No republicamos textos de terceros.

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