La final disputada en Santiago del Estero, que enfrentó a Rosario Central y Estudiantes, terminó envuelta en un clima de extrema tensión que trascendió lo estrictamente deportivo para convertirse en un escenario bochornoso. Lo que debía ser la culminación de una competencia terminó en una serie de agresiones físicas y verbales que tuvieron lugar en el trayecto hacia los vestuarios del Estadio Madre de Ciudades, transformando una zona de tránsito en un auténtico ring de combate.
El encuentro, que finalizó con un marcador de 3-1 a favor de Rosario Central, fue el detonante de una olla a presión que terminó por estallar una vez finalizado el tiempo reglamentario. La ruta al vestuario, que habitualmente funciona como un espacio de transición, se convirtió en una pasarela transitada a alta velocidad por futbolistas de ambos equipos que, enfurecidos y calzando sus botines, se lanzaron el uno contra el otro. En la zona mixta, el ambiente se volvió irrespirable, dando lugar a un intercambio de trompadas e insultos donde la ira prevaleció sobre cualquier norma de deportividad.
El análisis de los hechos permite identificar varios detonantes que contribuyeron a este cocktail emocional. La chispa final fue un gesto realizado por Agustín Sández tras el tercer gol de Rosario Central, el cual encendió definitivamente el ánimo de los presentes. Sin embargo, este hecho no fue el único factor; el catalizador principal había sido la polémica generada por el penal que derivó en el 2-1 del encuentro. A esto se sumó un clima de hostilidad que ya se percibía desde la previa del partido, reavivado por el denominado "pasillo-gate", lo que generó que la final se disputara bajo una tensión constante y asfixiante.
La escena fue descrita por testigos como impropia, incluso para los estándares de las grescas habituales del fútbol doméstico. Si bien es común registrar incidentes aislados entre uno o dos jugadores de bandos opuestos en partidos calientes, lo ocurrido en el trayecto entre la gramilla y los camarines fue diferente. La violencia que flotaba en el aire y la descarga de tensiones fueron calificadas como completamente objetables, convirtiendo el pasillo en un espacio paradójicamente nada pacífico.
En medio del caos, la intervención de los dirigentes de ambos clubes fue fundamental. A pesar de la tensión latente que existía entre las instituciones, la mediación de los directivos contribuyó a que la situación se calmara tras varios minutos de piñas revoleadas y enojo desbordado. Mientras tanto, en el campo de juego, se vivió una imagen surrealista: el árbitro Darío Herrera quedó prácticamente solo en el terreno, sosteniendo una tarjeta en la mano y rodeado por apenas un puñado de futbolistas, mientras la mayoría de los protagonistas se encontraban envueltos en el conflicto en los pasillos.
El escándalo no terminó con la gresca física. Posteriormente, Juan Sebastián Verón ingresó al campo de juego para increpar a Herrera, acusándolo directamente de ser un "ladrón" y responsabilizándolo por el hervidero emocional que se generó. Este incidente tendrá consecuencias disciplinarias, ya que el cuerpo arbitral informará sobre lo sucedido con los futbolistas de ambos clubes. Cabe destacar que el juez Herrera ya había tenido un altercado previo en el hotel con hinchas de Estudiantes de La Plata, lo que demuestra que el ambiente estaba caldeado mucho antes del pitazo final, independientemente de los 38 grados de sensación térmica registrados en la ciudad.
El cierre del evento mantuvo el tono surrealista. Tras calmarse las aguas, los protagonistas regresaron al terreno de juego para la premiación. Durante la entrega de medallas a los árbitros, los jugadores de Estudiantes aplaudieron con sorna el gesto de Claudio Tapia, quien no había estado presente en la tarima al momento de coronar con la medalla de plata a los subcampeones. Esta secuencia final dejó un sabor amargo y la sensación de que se vivió una jornada que no debería repetirse en el fútbol argentino.






