La pregunta central que domina la agenda política en Washington esta semana gira en torno a la vehemente oposición del presidente Donald Trump a cualquier desaceleración en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), incluso frente a las advertencias apocalípticas emitidas por algunos de los ejecutivos más prominentes del sector tecnológico. La respuesta del mandatario se resume en una sola palabra: "farsa".
Trump utiliza este término para ridiculizar el temor a que los agentes informáticos puedan, en un futuro, intentar destruir a la humanidad. Para los analistas, el uso de esta palabra es un patrón recurrente: ocurre generalmente cuando el presidente se enfrenta a una controversia que amenaza sus prioridades personales o políticas, o cuando siente que ha perdido el control de la situación política.
Este enfoque no es nuevo. Trump ha definido previamente el cambio climático como una "farsa", una postura que le permitió liberar su administración de la obligación de actuar, traduciéndose en el lema “perfora, cariño, perfora” y en recortes drásticos de regulaciones para favorecer a los donantes de la industria petrolera. Del mismo modo, ha calificado como "farsa demócrata" el caso de Jeffrey Epstein y las investigaciones sobre los disturbios en el Capitolio del 6 de enero de 2021, buscando cerrar polémicas que complican su gestión o que recuerdan su intento de anular las elecciones de 2020.
En el caso de la IA, el presidente parece confiar en que, al tachar los temores de "farsa", logrará disiparlos. Sin embargo, esta actitud contrasta con la función tradicional de un comandante en jefe, que suele aconsejar a la nación ante amenazas y determinar la necesidad de un esfuerzo nacional, como lo hicieron Franklin Roosevelt durante la Gran Depresión o George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre.
Desde una perspectiva política, la indiferencia de Trump podría resultar contraproducente. Mientras que los líderes del sector hablan de riesgos existenciales, los ciudadanos estadounidenses están preocupados por la posibilidad de que la IA elimine sus empleos. Al rechazar estas inquietudes, el presidente se posiciona en el lado opuesto de una preocupación electoral clave justo antes de unas reñidas elecciones de mitad de mandato.
Existen razones económicas detrás de esta postura. Cualquier señal de freno en el desarrollo de la IA podría provocar una reacción negativa en los mercados. En un contexto donde la guerra con Irán ya encarece la gasolina y el diésel, Trump no puede permitirse turbulencias en Wall Street que afecten los planes de jubilación 401k o frenen el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Además, su filosofía presidencial se ha centrado en impulsar la actividad empresarial para generar beneficios, no en limitarla.
Por otro lado, David Sacks, exresponsable de IA de la Casa Blanca, ha sugerido que las advertencias de los titanes del sector son en realidad una estrategia para presionar a los políticos y establecer un sistema regulatorio que les favorezca. Trump coincide con esta visión, cuestionando el lunes a través de sus redes sociales por qué los líderes de una industria exigirían regulaciones que podrían llevarlos a la bancarrota.
A pesar de afirmar que es usuario de la IA, no está claro si el uso del presidente va más allá de la creación de memes donde aparece como superhéroe. Además, se ha informado que se apoya en la impresora portátil de su asesora, Natalie Harp.
No obstante, algunos sugieren que Trump podría tener razón en ciertos puntos. Históricamente, nuevas tecnologías han generado advertencias catastrofistas que no se cumplieron. Además, existe el riesgo geopolítico: si Estados Unidos ralentiza su desarrollo, China podría obtener una ventaja estratégica. Esta preocupación es compartida por algunos demócratas, como el exasesor de seguridad nacional Jake Sullivan, quien advirtió que Washington debe mejorar la integración de la IA en sus fuerzas armadas para no perder influencia.
A pesar de esto, el presidente insiste en que el país estará bien porque tiene un “PRESIDENTE FUERTE E INTELIGENTE (¡de alto coeficiente intelectual!)”. Esta postura ha levantado cuestionamientos éticos, ya que informes financieros recientes revelan que Trump posee participaciones accionarias en empresas de IA, aunque la Casa Blanca sostiene que sus cuentas son administradas de forma independiente.
En contraste, el expresidente Barack Obama ha instado a entablar un diálogo nacional, advirtiendo que el impacto de la IA —ya sea en avances médicos o en trastornos económicos y catástrofes— dependerá de las decisiones colectivas tomadas ahora. Mientras Obama aboga por una coalición internacional, Trump mantiene su enfoque de “Estados Unidos primero”, rechazando el altruismo multinacional.
Finalmente, el futuro de la regulación de la IA podría recaer en el Congreso. Si el tema se vuelve central en la campaña, marcará la agenda legislativa del próximo año, y una posible derrota republicana podría obligar al partido a romper con la visión del presidente. Mientras tanto, Trump se mantiene firme en su posición, autodenominándose en Truth Social como el “Cazador de Farsas” y desmintiendo que los robots vayan a apoderarse del mundo.





