La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha hecho públicos los resultados de las pruebas PISA, revelando un escenario alarmante para la educación a nivel global. El informe indica que el rendimiento en las áreas de lectura, ciencias y matemáticas ha alcanzado los niveles más bajos de toda su historia. Este estudio, en el que participaron 91 países, pone de manifiesto un deterioro cognitivo en estudiantes de 15 años que preocupa profundamente a los expertos en educación.
En el contexto local, Panamá no participó en esta evaluación. Esta ausencia deja al país sin indicadores precisos que permitan obtener una radiografía real de su situación educativa actual. La falta de referentes convierte cualquier decisión gubernamental o pedagógica frente a esta problemática en una acción potencialmente temeraria, ya que no existen datos objetivos que orienten las políticas públicas. A pesar de no haber sido evaluada, se advierte que Panamá no es ajena a la realidad de declive académico que atraviesa el mundo.
Para los especialistas, estos hallazgos no representan una sorpresa, sino el relato de una "muerte anunciada". Ya desde el periodo previo a la pandemia y durante la etapa de pospandemia, se habían emitido advertencias sobre un empobrecimiento del aprendizaje. Sin embargo, estas alertas, emitidas por antropólogos de la educación, fueron ignoradas, de manera similar a como ocurrió inicialmente con las advertencias de los científicos sobre el calentamiento global.
El informe de la OCDE atribuye esta caída en el rendimiento académico a dos factores principales: el uso excesivo de las redes sociales y una menor participación de los padres en el proceso educativo. La distracción constante generada por el entorno digital ha restringido la capacidad de concentración de los jóvenes. Asimismo, se señala que la falta de proactividad de los progenitores podría ser consecuencia de una "sociedad del rendimiento, la productividad y el cansancio", concepto señalado por el filósofo Byung-Chul Han, lo que ha provocado una desconexión en el núcleo familiar.
No obstante, el análisis sugiere que no se puede atribuir la responsabilidad exclusivamente a las redes sociales. En el caso de Panamá, el país se encuentra atrapado en un estancamiento derivado de la ausencia de planes estratégicos y políticas claras, la falta de un apoyo real al cuerpo docente, la incapacidad de trabajar de forma articulada y el descuido general del rol familiar. Es importante destacar que este fenómeno no se limita a los sectores más pobres; los resultados de PISA demuestran que existen problemas de aprendizaje severos incluso en los niveles socioeconómicos más altos.
El debate actual se ha centrado significativamente en el impacto de lo digital y las pantallas. Aunque se requieren más estudios para probarlo plenamente, existe una sospecha fundada de que la Inteligencia Artificial (IA) y la sobreestimulación digital provocada por celulares, tabletas y videojuegos han afectado la atención y la concentración profunda. Esto ha impactado directamente en las competencias de lenguaje y lectura, siendo esta última la base fundamental de todas las esferas del conocimiento.
Desde la neurociencia, el doctor Michel Desmurget sostiene que los cerebros de los niños son mucho más vulnerables a los efectos de las pantallas que los adultos, debido a que se encuentran en pleno desarrollo. Aunque las pruebas PISA se aplican a jóvenes de 15 años, estos pertenecen a la generación de "nativos digitales" definida por Marc Prensky en 2001, aunque se aclara que haber nacido en la era digital no garantiza poseer competencias digitales reales.
Ante esta crisis, se plantea que la solución no radica en la satanización de la tecnología, sino en una regulación inteligente de su uso y en el empoderamiento de los padres para establecer normas claras y acuerdos familiares. Se enfatiza que, en la primera infancia, el desarrollo requiere el uso de las manos, la escucha de cuentos y el dibujo, más que una pantalla.
Finalmente, se hace un llamado a la acción conjunta. A las autoridades se les insta a mejorar el sistema educativo mediante políticas culturales de lectura coherentes e inversión en bibliotecas, museos y centros culturales. A las familias se les pide recuperar la conversación sin dispositivos en la mesa, y a las escuelas se les exhorta a transformarse en espacios poéticos en lugar de centros de reclusión, con el fin de revertir el decrecimiento educativo antes de que sea irreversible.






