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La seguridad ciudadana: un derecho que no debe justificar la expansión del poder gubernamental

La seguridad pertenece a la ciudadanía y no puede convertirse en la excusa de un gobierno para ampliar su autoridad y eludir sus responsabilidades

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La seguridad ciudadana: un derecho que no debe justificar la expansión del poder gubernamental

Bajo la premisa de un cambio en la dinámica del poder, se plantea una reflexión profunda sobre la naturaleza de la seguridad y su relación con el ejercicio de la autoridad estatal. El planteamiento central sostiene que la seguridad es una propiedad intrínseca de la ciudadanía y no un atributo que el Estado pueda utilizar a su conveniencia para alterar el equilibrio de poder o evadir sus obligaciones fundamentales.

El análisis comienza reconociendo que la seguridad pertenece a la ciudadanía. Esta perspectiva desplaza la noción tradicional donde el Estado es el único proveedor y dueño de la seguridad, sugiriendo que el derecho a vivir seguro es una condición inherente al ciudadano. Al establecer que la seguridad es un bien ciudadano, se redefine el rol del gobierno, que pasa de ser el administrador absoluto de este recurso a ser el garante de un derecho que ya pertenece a las personas.

Uno de los puntos más críticos señalados es la tendencia de ciertos gobiernos a utilizar la seguridad como una excusa. Se advierte que la búsqueda de la estabilidad y la protección ciudadana puede ser instrumentalizada para ampliar la autoridad gubernamental. Este fenómeno ocurre cuando el discurso de la emergencia o la necesidad de control se emplea para justificar la adquisición de facultades extraordinarias que, en condiciones normales, no serían aceptables en un sistema democrático. El riesgo radica en que el aumento de la autoridad, justificado por la seguridad, termine por erosionar las libertades individuales y el control ciudadano sobre el poder.

Aunado a la expansión de la autoridad, el texto advierte sobre el peligro de que los gobiernos utilicen la narrativa de la seguridad para eludir sus responsabilidades. Existe una distinción clara entre ejercer la autoridad y cumplir con la responsabilidad. Mientras que la autoridad se refiere a la capacidad de mando y control, la responsabilidad implica la obligación de resolver los problemas de fondo que generan la inseguridad. Cuando un gobierno se enfoca únicamente en ampliar su autoridad, corre el riesgo de ignorar las causas estructurales de la violencia o la inestabilidad, centrando sus esfuerzos en el control superficial en lugar de en la gestión efectiva de las responsabilidades estatales.

La expresión "Cambió la mano" sugiere una transformación en la percepción o en la aplicación de estos conceptos. Indica que el enfoque tradicional, donde la autoridad se expandía sin cuestionamientos en nombre de la seguridad, está siendo desafiado. Esta nueva perspectiva exige que la seguridad sea vista como un derecho ciudadano inalienable y que cualquier acción gubernamental sea evaluada no por cuánta autoridad otorga al gobernante, sino por cuánta seguridad real y efectiva devuelve al ciudadano.

En conclusión, el planteamiento insta a una vigilancia constante sobre cómo se gestiona la seguridad pública. Se subraya que no puede existir una justificación válida para que el Estado incremente su poder a costa de la autonomía ciudadana, ni mucho menos que utilice el pretexto de la protección para desentenderse de sus deberes básicos. La seguridad, entendida como un bien que pertenece a la ciudadanía, debe servir como el límite al cual la autoridad gubernamental debe ajustarse, asegurando que la responsabilidad del Estado se traduzca en bienestar real y no en un crecimiento desmedido del aparato de control.

El equilibrio entre la autoridad y la responsabilidad es, por tanto, el eje central de esta discusión. La seguridad no debe ser el vehículo para el expansionismo político, sino la meta final de una gestión gubernamental responsable que respete la propiedad de la ciudadanía sobre su propia tranquilidad y seguridad.

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