Un 22 de agosto de 1935, la ciudad de Asunción se convirtió en el escenario de una movilización masiva donde aproximadamente 50.000 personas colmaron las calles para rendir homenaje a las tropas que regresaban victoriosas de la Guerra del Chaco. El evento, que marcó el retorno del ejército que salvó al país de la mutilación y la deshonra, es recordado por el senador e historiador Eduardo Nakayama como un acto de “pureza patriótica colectiva” sin precedentes.
Desde las primeras horas de aquella jornada, la ciudadanía se agolpó en diversos puntos estratégicos de la capital. La concentración se centró principalmente en la avenida Colombia, denominada actualmente Mariscal López, extendiéndose también por las calles Brasil, Eligio Ayala, Antequera, 25 de Mayo, México, Palma y la calle 14 de Julio, hoy conocida como Mariscal Estigarribia. Los soldados fueron recibidos entre gritos patrióticos, aplausos y una lluvia de flores, manifestando un sentir común que, según el análisis del historiador, no se volvió a repetir en la historia del país.
Para el senador Nakayama, quien brindó detalles de esta celebración en una entrevista con Última Hora, el evento estuvo marcado por un sello de unidad profunda. El historiador explicó que los ciudadanos se sentían plenamente identificados con los guerreros, ya que estos eran sus propios hijos, padres, hermanos, tíos o amigos. Esta conexión emocional alcanzó su punto máximo cuando el general José Félix Estigarribia ordenó el silencio de las bandas de música para honrar la memoria de los caídos en combate, un momento que hizo vibrar a los asistentes hasta las fibras más íntimas.
La dimensión simbólica de este desfile ha sido comparada por Nakayama con el espíritu de resistencia y sacrificio de la Guerra de la Triple Alianza, aunque con la diferencia fundamental de que aquella terminó en derrota y el desfile de 1935 celebró una victoria. Este hecho fue presenciado y documentado por el poeta uruguayo Fernán Silva Valdéz, quien en un artículo publicado en la prensa de su país destacó la sencillez espartana del acto. El autor uruguayo señaló que Paraguay dio una lección de austeridad y medida perfecta, valores que consideraba aprovechables para su propia región.
A pesar de la gloria del momento, el senador recordó que el reconocimiento material posterior fue insuficiente para el nivel de sacrificio entregado. Si bien los soldados fueron condecorados y recibieron el título de beneméritos, muchos regresaron a sus hogares heridos, enfermos o en estado de empobrecimiento, enfrentando serias dificultades en su vida cotidiana. Nakayama señaló que, aunque hoy se les recuerda con una alta valoración simbólica como los “leones del Chaco”, la memoria práctica a veces se diluye, sugiriendo que no siempre fueron valorados con la generosidad y constancia que merecían.
En este sentido, el estudioso enfatizó la necesidad de continuar enseñando estos hechos en las escuelas para cultivar la memoria colectiva. Subrayó que la victoria en la Guerra del Chaco no fue producto únicamente del uso de machetes, sino de una combinación de inteligencia, materiales, bravura, una logística eficiente, la conducción militar del general Estigarribia y sus comandantes, y un poder civil sólido encabezado por el presidente de la Victoria, el doctor Eusebio Ayala.
El cierre de la guerra a través de este desfile, sin embargo, dio paso a un ciclo de tensiones políticas entre militares y liberales. La desmovilización de las tropas y reservas generó un deseo de mayor protagonismo de los uniformados en la vida social y militar, lo que derivó en la Revolución de Febrero de 1936 y el derrocamiento del gobierno de Eusebio Ayala. Este periodo de inestabilidad continuó hasta que el general Estigarribia asumió la presidencia en 1939, cuya posterior muerte abrió el camino a la dictadura de Higinio Morínigo.
Finalmente, al reflexionar sobre la memoria física de estos hechos, el senador mencionó la existencia de monumentos como el Arco de la Victoria en el Cuartel General. No obstante, sugirió la proyección de un espacio de memoria viva en el corazón de Asunción que no sea solo piedra, sino un lugar que recuerde a las nuevas generaciones el valor y la unidad de la sociedad paraguaya de los años 30. Para Nakayama, el mejor homenaje no se construye con templos, sino honrando las hazañas de los mayores con patriotismo y honestidad diariamente.






