La vida de Winston Ortiz Romero es un testimonio de resiliencia, adaptación y vocación. Su historia comienza con un desplazamiento forzado marcado por la inestabilidad política de su país de origen. A la edad de 10 años, en 1986, Winston y sus padres tomaron la decisión crítica de abandonar Nicaragua para trasladarse a Costa Rica, huyendo de un entorno dominado por el conflicto bélico y la constante presencia del ejército.
En aquel periodo, la guerra entre el gobierno nicaragüense y la Contra era una realidad cotidiana que afectaba a todas las familias. El temor principal de sus padres era el reclutamiento forzado de jóvenes, una amenaza que ya acechaba a Winston a pesar de su corta edad. Para salvaguardar su futuro y evitar que fuera incorporado a las filas militares, la familia buscó refugio en tierras costarricenses.
Este traslado no representó un salto al vacío absoluto, ya que el vínculo de la familia Ortiz con Costa Rica era profundo y antiguo. Winston ya había visitado el país a los tres años, durante la guerra contra el régimen de Somoza en 1979. Además, contaba con tíos y otros parientes que residían en el país desde hacía décadas. De hecho, la historia familiar en Costa Rica se remonta a principios del siglo XX; se recuerda que un tío de apellido Traña fue traído a Liberia aproximadamente en el año 1910, consolidando una presencia generacional en el territorio.
Con el paso del tiempo, Costa Rica se convirtió en su hogar definitivo y el lugar donde pudo desarrollar su vocación profesional. Winston decidió estudiar medicina, una carrera que le reveló rápidamente la magnitud del sacrificio requerido. El médico recuerda que el camino académico estuvo marcado por una carga de información abrumadora que exigía lectura, estudio y memorización constantes. Esta intensidad impactó directamente en su vida personal, reduciendo su círculo social únicamente a un grupo reducido de compañeros de estudio.
La presión alcanzó su punto máximo durante el último año de la carrera con el internado. En esta etapa, Winston comenzó a aplicar los conocimientos teóricos en la práctica clínica real, enfrentándose a un nivel de estrés y responsabilidad significativamente mayor. Según relata, aunque el inicio fue sumamente estresante, la tensión comenzó a disminuir a medida que adquiría mayor experiencia y práctica profesional.
Actualmente, el doctor Ortiz Romero se desempeña en el servicio de urgencias, donde atiende diariamente casos críticos, incluyendo infartos, problemas cardíacos, quemaduras y heridas graves. Sin embargo, fue en la unidad de cuidados paliativos donde encontró una conexión emocional más profunda. Hace aproximadamente 20 años, comenzó a sustituir a médicos en dicha área, experiencia que lo motivó a cursar una maestría especializada en cuidados paliativos.
En esta rama de la medicina, Winston descubrió que el dolor del paciente trasciende lo físico y lo que puede ser detectado en un examen clínico. A través de su práctica, se enfrentó a realidades sociales complejas, atendiendo a personas humildes con historias de drogadicción, alcoholismo y abuso. Esta labor no solo requirió conocimientos médicos, sino también una capacidad de acompañamiento emocional para facilitar procesos de perdón entre los pacientes y sus familiares.
Estas vivencias en los hospitales, cargadas de drama humano y misterio, terminaron por despertar su faceta literaria. Hace dos años, Winston inició la escritura de un relato que originalmente planeaba convertir en un audiocuento. Así nació “El bosque del hada”, una historia protagonizada por animales y seres humanos dirigida al público infantil, la cual forma parte del libro titulado “Cuentos, versos y algo más”.
Su incursión en la escritura no se detuvo en los cuentos infantiles. El médico ha explorado también el género paranormal, basándose en relatos escuchados en el entorno hospitalario. Uno de sus textos, titulado “El fantasma”, se inspira en una historia real contada por un familiar. El relato describe a un doctor que, al caminar por un hospital, interactuó con un hombre que salía de un ascensor y preguntaba por un salón, asegurando que regresaba tras haber pedido permiso para ir a su casa. El escalofrío llegó cuando el personal de enfermería informó al doctor que aquel hombre había fallecido horas antes.
A pesar de no haber tenido experiencias paranormales personales, Winston utiliza estas narrativas como fuente de inspiración. Para él, la medicina es mucho más que una ciencia técnica; la define como una responsabilidad inmensa que exige tolerancia, paciencia, ética y amor. En sus propias palabras, la práctica médica es un acto de responsabilidad, de amor y, en cierta medida, también de arte.






