En las montañas de Pérez Zeledón, el paisaje quedó marcado por una escena devastadora: una avioneta prácticamente desintegrada y, a su alrededor, sacos y ropa esparcidos. Lo que debía ser un acto de solidaridad, trasladando ayuda humanitaria para las víctimas del huracán César, terminó convirtiéndose en una tragedia que cobró la vida de cuatro personas el 1 de agosto de 1996.
El accidente ocurrió en un contexto de emergencia nacional. El huracán César había golpeado Costa Rica entre el 27 y el 28 de julio de aquel año, provocando lluvias torrenciales, inundaciones y deslizamientos, especialmente en la vertiente del Pacífico. Según registros del Archivo Nacional y la CEPAL, el fenómeno meteorológico dejó un saldo de 39 personas fallecidas y 29 desaparecidas en todo el país. La zona sur fue una de las más afectadas, con comunidades enteras incomunicadas y caminos obstruidos por el barro y los derrumbes.
La aeronave involucrada era una Cessna monomotor TI-ATJ, propiedad de Servicios Aéreos Tomás Acevedo (SAETA). El vuelo había partido a las 8:08 a. m. del hangar 64 del aeropuerto Tobías Bolaños, en Pavas, con destino a la pista de aterrizaje de San Isidro de El General. Sin embargo, el avión nunca llegó a su destino, estrellándose en San Antonio de Santa Rosa de Río Nuevo, aproximadamente ocho kilómetros al oeste de San Isidro.
A bordo viajaban cuatro personas que perdieron la vida en el impacto: Olga Patricia Fernández Rivera, Enrique Valverde Martínez, Mildred Chacón González y el piloto Víctor Piedra Mora. El hecho tuvo un fuerte impacto emocional en el país, ya que tres de las víctimas pertenecían a la familia del reconocido periodista Jorge Valverde, quien perdió en el accidente a su esposa, su hermano y su cuñada. Olga era, además, madre de cuatro niñas pequeñas.
Para los equipos de socorro, el rescate representó un desafío extremo. José Campos, especialista en montañismo, búsqueda y rescate de la Cruz Roja, recuerda la operación como una de las más duras de su trayectoria. En 1996, los rescatistas no contaban con GPS, teléfonos celulares ni WhatsApp; dependían exclusivamente de mapas, brújulas, radios y el conocimiento fundamental de los habitantes de la zona.
La ubicación de los restos fue posible gracias a que unos finqueros encontraron la aeronave y dieron el aviso a los rescatistas. A partir de esa información, el equipo de socorro emprendió una caminata de varias horas a través de un terreno convertido en un lodazal debido a los días previos de lluvia intensa. La vegetación y el barro hacían que el avance fuera lento y agotador.
Al llegar al sitio, la magnitud del impacto era evidente. Campos relata que el fuselaje estaba tan destruido que resultaba difícil reconocer que aquello había sido un avión. Tras pasar una noche bajo un frío intenso y fuertes aguaceros junto a los restos, el equipo inició al día siguiente la complicada extracción de los cuerpos. La operación requirió la participación de cerca de 100 personas, entre bomberos, policías, cruzrojistas y baquianos. Debido a la dificultad del terreno, trasladar una sola camilla exigía el esfuerzo de entre ocho y dieciséis personas. Finalmente, los cuerpos debieron ser transportados aproximadamente un kilómetro a lomo de caballo hasta donde se encontraban los funcionarios judiciales.
La conmoción nacional se manifestó en amplias muestras de solidaridad hacia la familia de Jorge Valverde, incluyendo ofrecimientos de vehículos, servicios funerarios y flores. El sepelio fue acompañado por una caravana de taxis y la iglesia católica de Curridabat recibió a numerosos allegados. Por su parte, el funeral del piloto Víctor Piedra Mora, realizado en Desamparados, contó con el homenaje de otro piloto que sobrevoló el recorrido en avioneta.
Para José Campos, el fin de este rescate no significó el término de la emergencia. Él continuó trabajando en Pérez Zeledón atendiendo las inundaciones, donde presenció escenas dantescas, como casas enteras arrancadas de sus bases y arrastradas por los ríos, o viviendas con hasta dos metros de barro y escombros en su interior. Poco después, otra tragedia golpeó la zona sur cuando un helicóptero de Seguridad Pública se accidentó en Palmar Sur mientras participaba en las labores de atención del temporal.
A tres décadas de aquellos hechos, el recuerdo permanece vivo para quienes lucharon contra el barro y la lluvia para recuperar a las víctimas. Jorge Valverde Martínez falleció posteriormente el 14 de junio de 2002, tras combatir durante 12 años el mal de Crohn, dejando tras de sí el recuerdo de una familia marcada por las condiciones climáticas adversas de 1996.






