La noticia de una muerte súbita suele generar un impacto profundo en la sociedad, principalmente porque se manifiesta como el fallecimiento inesperado de una persona que, a simple vista, parecía estar sana. Sin embargo, detrás de esta apariencia de salud, en la mayoría de los casos existen patologías que se desarrollaron en silencio y que no llegaron a ser diagnosticadas a tiempo.
Este fenómeno tiene, en general, un origen cardíaco. Se produce cuando el corazón desarrolla una arritmia grave, como la fibrilación ventricular, que impide que el órgano bombee sangre adecuadamente hacia el cerebro y el resto del organismo. A pesar de la extrema complejidad de estos eventos, los especialistas advierten que, si se actúa con rapidez en el momento en que se desencadenan, es posible salvar a la persona, en una situación de emergencia donde cada minuto es crítico.
Según explica el cardiólogo Alan Sigal, integrante del equipo de Cardiología Crítica del ICBA Instituto Cardiovascular, la muerte súbita cardíaca provoca entre 4 y 5 millones de fallecimientos anuales en todo el mundo. En los países occidentales, la incidencia se sitúa aproximadamente entre 50 y 100 casos por cada 100.000 habitantes al año. Si bien puede ocurrir a cualquier edad, es mucho más frecuente después de los 35 o 40 años, debido al incremento en la prevalencia de la enfermedad coronaria. En personas menores de esa edad, aunque es un evento menos frecuente, el impacto es mayor ya que suele estar vinculado a enfermedades cardíacas hereditarias. En Argentina, se estima que esta condición provoca cerca de 40 mil muertes por año.
En cuanto a los factores de riesgo, el doctor Sigal señala que son determinantes haber sufrido previamente un infarto de miocardio, presentar insuficiencia cardíaca, tener una disminución importante en la función de bombeo del corazón, o contar con antecedentes de arritmias ventriculares, miocardiopatías o enfermedades eléctricas hereditarias. Asimismo, los antecedentes familiares de muerte súbita a edades tempranas son una señal de alerta. A esto se suman los factores de riesgo cardiovascular clásicos: hipertensión arterial, diabetes, tabaquismo, obesidad y colesterol elevado, los cuales favorecen la aparición de la enfermedad coronaria.
El doctor Marcos Viruel, del Equipo de Cardiología Ambulatoria y Orientación del ICBA, enfatiza que muchas veces se habla de personas "aparentemente sanas" simplemente porque no tenían un diagnóstico previo o no habían presentado síntomas evidentes. En adultos, la causa más común es la enfermedad de las arterias coronarias, que puede avanzar durante años sin dar señales. También existen patologías que afectan la aorta, como los aneurismas o predisposiciones genéticas que debilitan su pared, aumentando el riesgo de rotura o disección.
Para prevenir estas complicaciones, Viruel destaca que una consulta médica oportuna permite realizar estudios sencillos y no invasivos. En pacientes jóvenes, es más probable encontrar enfermedades hereditarias del músculo cardíaco o alteraciones genéticas en el sistema eléctrico del corazón. Por ello, recomienda que los familiares cercanos de personas que fallecieron de manera inesperada consulten a un cardiólogo para realizar evaluaciones que pueden incluir electrocardiogramas, ecocardiogramas y análisis genéticos.
La prevención individual pasa por el control de los factores de riesgo: evitar el tabaquismo, mantener una alimentación saludable, realizar actividad física regular y controlar la presión arterial, el colesterol y la diabetes. Además, es vital prestar atención a señales de alerta como desmayos repentinos sin causa clara (especialmente durante el ejercicio o emociones intensas), palpitaciones rápidas inesperadas, dolor en el pecho, falta de aire con el esfuerzo o convulsiones sin explicación neurológica.
Desde la perspectiva de la emergencia, el doctor Leonardo Seoane, jefe de Recuperación Cardiovascular del ICBA, advierte que la rapidez es el factor más importante. Sin una reanimación cardiopulmonar (RCP) inmediata y el uso de un desfibrilador externo automático (DEA), las posibilidades de supervivencia disminuyen aproximadamente un 10% por cada minuto que transcurre. Dado que más del 70% de los paros cardíacos ocurren fuera de los hospitales, la capacitación de la comunidad es fundamental. Si la RCP y la desfibrilación se realizan en los primeros 3 a 5 minutos, la supervivencia puede alcanzar el 50-70% en casos de ritmos desfibrilables.
Respecto a la actividad física, Seoane aclara un mito común: la mayoría de las muertes súbitas ocurren durante actividades cotidianas y no necesariamente haciendo deporte. La actividad física regular, de hecho, disminuye el riesgo cardiovascular a largo plazo. Sin embargo, el ejercicio intenso puede actuar como desencadenante en personas con enfermedades no diagnosticadas, por lo que los controles médicos son esenciales antes de iniciar deportes de alta exigencia.
Finalmente, para quienes sobreviven a un episodio, es necesario un estudio exhaustivo mediante resonancias cardíacas, pruebas de esfuerzo y monitoreos como el Holter para definir un tratamiento personalizado, que puede ir desde medicamentos hasta el implante de un cardiodesfibrilador (CDI) en pacientes de riesgo muy elevado. Todas estas pautas forman parte de la Semana de la Lucha contra la Muerte Súbita, que comienza este viernes 21 de agosto con el fin de generar conciencia y reducir el impacto de esta problemática en la salud pública.






